Columna de Eduardo Bruna: Kast, Duco y una barbarie disfrazada de deporte

Resulta a todas luces paradójico que, en tiempos de violencia desatada, nuestras autoridades apoyen una actividad que, además de cruel y clasista, le interesa sólo a un porcentaje ínfimo de nuestra población.

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Por Eduardo Bruna
Actualizado el 31 de marzo de 2026 - 10:00 am

El rodeo sigue siendo una actividad que gusta a una minoría. Foto: ARCHIVO 

Que el presidente José Antonio Kast asista a Rancagua a presenciar la jornada final del 77° Campeonato Nacional de Rodeo, denominada pomposamente “Champion”, se entiende. Aparte de que negarse sería algo así como dejar plantados a los dirigentes de la Sofofa o a los de la Sociedad Nacional de Agricultura. Y es que en menos de un mes instalado en La Moneda (literal), el mandatario deja en evidencia su casi nula percepción de la realidad, lo que le ha significado un precoz y acelerado desplome de popularidad en todas las encuestas.

Es decir, que Kast considere esta actividad bárbara y con escasa gracia “un deporte nacional”, está en plena sintonía con lo que es su postura permanente respecto de los deportes y la actividad física. Si ya el nombramiento de la ministra de su cartera (Natalia Duco), provocó polémica entre aquellos que recordaron la sanción por dopaje que afectó a la lanzadora de la bala, Kast tampoco demostró mayor conocimiento de la carrera de su elegida. Como se recordará, le atribuyó la consecución de medallas olímpicas que jamás han figurado en su currículo.

Sin salida

En la medialuna de Rancagua, Duco, como no podía ser de otra manera, no sólo se plegó a los laudatorios conceptos de su jefe hacia el rodeo, sino que anticipó todo un trabajo de promoción de la actividad desde su cargo. En otras palabras, engrosar el número de cultores del rodeo a lo ancho y largo del país.

Confiemos en que sus palabras fueron sinceras. Que estuvieron desprovistas de la demagogia habitual en este tipo de circunstancias. Porque si efectivamente fue así, desde ya le anticipamos que su tarea tiene escasas posibilidades de éxito.

Reconocido como “deporte nacional” desde 1962, de nacional, el rodeo tiene bien poco. Inexistente entre la Región Metropolitana y el extremo norte del territorio, su mayor actividad se concentra, fundamentalmente, en la zona central del país. Y es, además, por su alto costo, un exclusivo esparcimiento para la clase acomodada del campo nuestro. Un jornalero, un peón, necesitaría disponer de algo así como 60 millones para contar con el caballo “corralero” adecuado y hacerse de esos coloridos atuendos que tan bien les quedan a sus patrones. 

Díganme si es eso posible.

Dicho con toda claridad, el rodeo es tanto o más elitista que el golf o el polo. Con el agravante que, mientras en los dos deportes antes mencionados no existen víctimas, el rodeo consiste precisamente en torturar a un pobre novillo que sólo atina a correr -aterrado y por simple reflejo- en busca de una salida inexistente.

Sufrimiento ajeno

Es, además, una actividad majaderamente repetitiva y sin gracia alguna. Una y otra vez, todo se reduce a dos jinetes cercando al novillo que huye. Y que tratan de demostrar toda su “destreza” según el lugar en que finalmente logran detenerlo y de qué forma logran dejarlo bueno para nada. 

¿Exageración? En ningún caso, porque no hay que ser un experto en física para calcular lo que significa para un animal de 300 kilos, aproximadamente, ser embestido a una buena velocidad por dos caballos que lo doblan en envergadura.

De hecho, son frecuentes los casos de novillos que, tras el impacto, naturalmente no pueden ponerse inmediatamente en pie, para proseguir la “fiesta huasa”. Pero el público no tiene tiempo de aburrirse, porque si ello llega a ocurrir, existe la picana eléctrica para hacerle ver al pobre novillo que el show, la “fiesta nacional”, debe continuar.

Resulta paradójico, además, que en tiempos de preocupante y desatada violencia, no se le ponga freno definitivo al rodeo. Así como en su momento les llegó la hora a las riñas de gallos y a las peleas de perros, hoy saludablemente prohibidas. 

Y es que no son pocos los profesionales que estiman que el rodeo expone a los niños a observar escenas de abuso y crueldad en contra de los animales que podrían causar más de algún problema sicológico. Dicho en simple, que los niños podrían tomar con naturalidad el maltrato y hasta disfrutar con el sufrimiento ajeno de un ser considerado inferior.

Desatino colosal

Para peor, tampoco el rodeo goza de la popularidad que machaconamente le atribuyen los medios de comunicación, casi en su totalidad en manos de la oligarquía rural y citadina. 

De acuerdo a una encuesta realizada tiempo atrás por Criteria, sólo el 7% reconoció haber sido partícipe de algún rodeo, como protagonista o espectador.

El sondeo se realizó a través de todo el país, con la participación de mil personas mayores de 18 años. De ellas, el 63% dijo que el rodeo debía considerarse maltrato animal y el 65% se manifestó en desacuerdo con que se le considerara deporte. Más aún: el 60% está de acuerdo con su prohibición.

Por eso, no fue de extrañar la reacción casi unánime de los deportistas en contra de los dichos de Natalia Duco tras el “Champion”. Francisca Zúñiga, medallista sudamericana de tenis-playa, Paulina Contreras, velocista, y Fernanda Pinilla, futbolista, fueron algunas de las que con dureza la criticaron.

El maratonista César Díaz fue incluso más tajante. Afirmó que “señalar al rodeo como un deporte demuestra una gran ignorancia”, y le sugirió a Duco, incluso, que renunciara como ministra.

No sería de extrañar, por lo mismo, que en las próximas encuestas Natalia Duco comience a figurar, aunque no positivamente. Jugarse por el bárbaro rodeo a estas alturas se antoja un colosal desatino.