Claudio Bravo y su automarginación de La Roja: el precio de ocultar la verdad
Una simple explicación o una mentirilla bien dicha le habría evitado al capitán de la Selección Chilena de fútbol la desconfianza de los hinchas y las versiones casi injuriosas de medios españoles. Desertar en circunstancias importantes no es nuevo, pero siempre trae consecuencias.
“Felicidades, mijito. Lo quiero mucho… Pero no se me taime más, ¿ya?”.
Claudio Bravo quería decir “felicitaciones”, y no “felicidades”, cuando se acercó a Alexis Sánchez en Nueva York para congratularlo por haber recibido el premio al mejor jugador de la Copa Bicentenario.
Pero la licencia idiomática es lo de menos. Lo que importa es el sentido que le quiso dar a la palabra. Y, por encima de todo eso, lo que deseaba decir. En ese momento era como un padre reprochando cariñosamente a un hijo del que se siente orgulloso.
Esa manera de ser del arquero, y la influencia que alcanza con sus compañeros de equipo, fue lo que se echó de menos el jueves pasado en Asunción. Con él en la cancha, la Selección Chilena no habría estado en desventaja de 0-2 antes de los diez minutos de juego. Con la jineta de capitán ceñida a su brazo izquierdo, el equipo no se habría desbocado tanto buscando revertir su suerte. Con él por ahí cerca, no habrían expulsado a Gary Medel.
El ascendiente de Claudio Bravo sobre sus compañeros es innegable. Y extremadamente valioso. Por eso pesó tanto su ausencia, aunque sus compañeros y el entrenador sigan diciendo que lo importante es el grupo, y no las individualidades.
Fenómeno antiguo
En el campeonato sudamericano de Montevideo en 1942, equivalente a la Copa América actual, el arquero indiscutido de la Roja era Sergio Livingstone, considerado en esa época como el mejor del continente en su puesto. Aduciendo “motivos personales”, el entonces capitán de la Roja rechazó la nominación.
La dirigencia y el entrenador le quitaron dramatismo al asunto, igual que en la actualidad. Tampoco les inquietó que se lesionaran el zaguero Humberto Roa (como sucedió esta vez con Gonzalo Jara) y el volante Manuel Arancibia (como ahora con Marcelo Díaz).
Fue un desastre
En el primer partido, contra Uruguay, el arco fue defendido por Mario Ibáñez, de Universidad de Chile. Le hicieron tres goles en un ratito. El entrenador, Francisco Platko, reaccionó en el descanso y le entregó la responsabilidad a Hernán Fernández, de Unión Española. ¡Le hicieron otros tres!
El partido siguiente era contra Brasil. La titularidad en la portería fue para Fernández. Le hicieron seis, pero no hubo cambio.
Y de la dirigencia salió un grito desesperado, que se tradujo en un telegrama enviado con carácter de urgente a Santiago: “¡Manden a Livingstone!”
Los argumentos y una prima especial convencieron a él “Sapo”, que viajó a la capital uruguaya, se puso las rodilleras y se instaló bajo el travesaño sin haber entrenado con sus compañeros. ¡Se acabaron las goleadas! Y no sólo eso: fue determinante en el empate a cero que Chile logró frente a Argentina, que por esos años tenía la mejor delantera del mundo, integrada por los cinco titulares de la “Máquina de River Plate”.
Livingstone hacía sentir su ascendiente como líder y calidad como jugador. Situaciones como ésa demuestran que hay jugadores que no se pueden reemplazar. Y en el caso de Bravo, que no pueden renunciar.
Misterio profundo
Todavía no se sabe por qué no concurrió el capitán chileno a los compromisos correspondientes a la 7ª y 8ª fechas de las Clasificatorias para Rusia 2018. Nadie ha querido -o podido- dar una explicación sobre su sorpresiva automarginación.
El único que rozó una respuesta fue Arturo Vidal, cuando seguramente aún no estaba enterado del pacto de silencio sobre esa materia. “No hay que hacer dramas al respecto. Es un tema (del) que no me gustaría hablar. Si no está, es por algo (…) El problema de Claudio no es por el cambio de equipo: me he cambiado de equipo varias veces, y nunca he faltado”.
Algo debe saber Vidal, para asegurar que la ausencia no se debe el cambio que significa salir del Barcelona español al Manchester City inglés. Pero tampoco lo dice.
Las primeras especulaciones hablaban de un supuesto agravamiento de la salud de su hija, una enfermedad que mantuvo al arquero indeciso antes de asistir a la Copa Centenario. Nadie ha podido confirmar que haya sido así.
Después se habló del problema de encontrar casa en Manchester y de la propia mudanza. Era posible que la esposa del jugador no se sintiese capaz de realizar esas diligencias sin su marido. Tampoco se confirmó esa versión.
Otro motivo posible era la necesidad de acelerar los trámites de residencia y la visa de trabajo, temas que se complicaron para los sudamericanos después del Brexit, la marginación de Gran Bretaña de la Comunidad Europea. Para variar, ningún desmentido ni confirmación.
De ese modo el misterio dio paso a versiones más atrevidas, casi injuriosas, una de ellas publicada por periódicos españoles que propagaron la versión de un amorío con su cuñada.
Bravo, que había permanecido en silencio, estalló: “Qué manera de querer destruir en base a cahuines y falsedades…! Cada día nuestra sociedad (está) más enferma”.
Cuando continuaron las especulaciones en Chile, otra vez reaccionó con dureza: “Los que más hablan son los que menos le han entregado al país. Solo sirven para criticar y destruir. No dejen que hagan de Chile una mierda”.
No paró ahí. Dirigiéndose a personas que lo habían criticado en las redes sociales, mandó su mensaje: “¡Qué pena, para algunos, que la historia ya esté escrita… Y ustedes, que hablan tanto, ¿qué le han entregado al país?”.
Todo eso se habría evitado con una simple explicación. Con una chiva, por lo menos.
Prefirió guardar el secreto, y está pagando las consecuencias.
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