Leonardo Puchetta: “El mural colectivo es un espacio de salud emocional”
Leonardo Puchetta reflexiona sobre el arte público como memoria viva de las culturas afrodescendientes y el valor terapéutico del trabajo colectivo. Desde Buenos Aires, Andra Alvarado nos ofrece una entrevista con el destacado muralista y músico argentino.
Leonardo Puchetta (Buenos Aires, 1977) es muralista, percusionista, acompañante terapéutico y promotor cultural. Su obra transita entre el arte público, la xilografía, la música afrolatinoamericana y el trabajo comunitario. Desde su formación con referentes como Marcelo Carpita, ha desarrollado una mirada que cruza lo ancestral con lo contemporáneo, rescatando símbolos y memorias silenciadas.
En esta entrevista, habla sobre sus inicios en el muralismo, la técnica del xilograbado en madera y cómo el trabajo grupal se convierte en una herramienta de contención y transformación social.
Rituales, símbolos y búsqueda artística
–Dentro de tus inicios en la práctica mural, ¿cómo fuiste incorporando los distintos lenguajes artísticos a la producción de imágenes sobre la ancestralidad?
“Mis comienzos estuvieron profundamente vinculados a la cultura afrolatinoamericana. Me atravesaba lo musical, la percusión, la danza, los cantos, los idiomas y también la dimensión afro-religiosa. Todo eso está muy presente en lo artesanal, en los símbolos rituales, en las formas de expresión colectiva.
Hace veinticinco años no existía el acceso a internet como hoy, así que la búsqueda era otra: libros, experiencias con compañeros, palabras de maestros y referentes. Lo que fui aprendiendo lo transformé en imagen, canción, composición. Así se fueron unificando los lenguajes. Uno no dibuja un símbolo porque sí, ni habla de una energía sin sentido. Todo está en relación con un camino, con una visión.
Cuando comencé a estudiar mural con Marcelo Carpita, él me brindó una nueva posibilidad. Yo venía haciendo otro tipo de murales, con una búsqueda más latinoamericana. Él me propuso hablar desde la ancestralidad. Creo que, a partir del tambor, empezó realmente este camino”.
El grabado en madera como medio expresivo
–A lo largo de tu trayectoria, ¿qué te llevó a inclinarte por la técnica del xilograbado para realizar murales?
“Conocí la técnica en el Taller de Muralismo y Arte Público de la Escuela Manuel Belgrano, dictado por Marcelo Carpita y Gerardo Cianciolo. Fue un flechazo inmediato. Comencé a usarla para escenografías y sentí una familiaridad directa con el instrumento musical: la madera, el tallado, la textura, todo me resultaba cercano.
Durante un tiempo dejé el mural, aunque seguí dibujando, y me aboqué más a la música. Cuando volví, me encargaron un mural en xilografía. Fue ahí donde reapareció otra mirada, más profunda. Trabajando con pocos recursos, aprendí a reciclar, a construir desde lo que había. Esa precariedad me ayudó a encontrar nuevas formas de entender los conceptos plásticos y las técnicas. El xilograbado se convirtió en un intermediario entre la ancestralidad y lo que quiero expresar”.

El tambor como raíz de lo colectivo
–¿De qué manera fuiste vinculando la cultura afrodescendiente con la práctica mural?
“La vinculo desde lo cotidiano. En la percusión, el tambor, la rítmica, todo es grupal. No podés ejecutar solo. La raíz de esos instrumentos está en lo colectivo, en los roles que cada uno cumple dentro del grupo. Eso me es inevitable compararlo con el arte público, que también se hace en comunidad, con una mirada social, popular, pensada para una comunidad específica.
Esa idea no nace de la nada. Nace de un recorrido, de conocimientos, de consejos, de enseñanzas. Cuando uno plasma una obra, esa comunidad queda reflejada. Y nosotros venimos de comunidades que han sido históricamente silenciadas. Por eso hablamos de ancestralidad viva”.
De los murales decorativos al trabajo territorial
–¿Cómo describes tus primeras experiencias de práctica mural en trabajo colectivo dentro de los territorios?
“Empecé a trabajar colectivamente hace más de 25 años, junto a compañeros de Bellas Artes como Pablo Salinas y Daniel Ilian Carozzi. Formamos el grupo Yana y comenzamos haciendo murales con un enfoque decorativo. Pero con el tiempo entendimos que el concepto de esas imágenes, y los contextos en que trabajábamos, también implicaban una toma de postura.
Muchas veces enfrentábamos a empresarios o instituciones que decidían si nuestro trabajo era válido o no. Ahí empecé a comprender lo que se nos proponía en la educación mural: pensar el mural de forma territorial, comunitaria. Como psicólogo social, entendí también que los roles —sean los que sean— son fundamentales para que el trabajo en territorio tenga sentido”.
Arte, cuidado y salud emocional
–¿Cómo vinculás tu rol de acompañante terapéutico con la práctica mural dentro del trabajo colectivo?
“Como acompañante terapéutico entendí que, más allá de lo que se haga —sea mural o música—, hay un saber que permite sostener al equipo. Evitar que se frustre, estar atento a las sensibilidades que pueden surgir. Porque una expresión artística puede movilizar muchas cosas internas.
El rol del psicólogo social o del acompañante tiene que estar atento a esas pequeñas —pero enormes— situaciones que circulan. En ese sentido, el trabajo colectivo en un mural termina siendo un gran escenario de salud. Un espacio de contención, de expresión y de cuidado mutuo”.
Más que un muro: construir comunidad
–¿De qué manera crees que los murales impactan en la comunidad?
“Para mí, lo más importante no es la imagen final, sino el proceso. Desde el primer momento en que te vinculas con una comunidad, ya estás generando algo. Estás asumiendo una responsabilidad sobre lo que quieres decir, y eso implica escuchar, estar ahí, comprender el contexto.
Prefiero construir procesos que permitan explicarle a la comunidad por qué debe cuidar ese muro, por qué es parte de él. Eso, para mí, es mucho más importante que el resultado en sí. El verdadero impacto del mural está en el lazo que se crea durante su construcción”.
