Columna de Marco Sotomayor: ¿Por qué tanta polémica? Plaza de los poetas y punto

A despecho de un amplio abanico de autoridades e, incluso, de algún sector de la ciudadanía, que sienten una obsesión patológica por los uniformes (sobre todo del Ejército), la famosa estatua que se instalará en la ex Plaza Italia no debiese prestarse para un debate tan encendido como el actual.

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Por Marco Sotomayor
Actualizado el 9 de junio de 2025 - 6:05 pm

La Plaza Italia o Plaza Baquedano está hoy en plena remodelación / Foto: ARCHIVO

Por alguna misteriosa razón, la historia de Chile está conectada con la poesía desde su conquista por las huestes hispanas. Más allá del maltrato y de las atrocidades cometidas por los soldados españoles, Neruda dio un giro a la leyenda negra escrita por lo acontecido en esos siglos: «Se llevaron el oro, pero nos dejaron la palabra».

El vate apuntaba no sólo a un aspecto vertebrador de cualquier cultura -como es el lenguaje-, si no a una verdad histórica: esta «larga y angosta faja de tierra» fue bendecida por la poesía desde el siglo XVI en adelante.

No hay otro país en Latinoamérica que tenga un relato poético y épico sobre su conquista: ni Perú, Argentina, ni Brasil, ni México, ni… Sólo acá llegó Alonso de Ercilla y Zúñiga y sólo acá se escribió “La Araucana”.

Ojo, eh, éramos apenas un territorio perdido, ríspido y aislado por un desierto, una cordillera y los hielos australes. Por eso, una capitanía general. No, un virreinato. Empero, en Chile se creó una tradición poética que, para reafirmar su calidad artística y su trascendencia, ya cuenta con dos premios Nobel, amén de los Reina Sofía obtenidos por Raúl Zurita, Nicanor Parra y Gonzalo Rojas, y de otros galardones igualmente importantes a nivel internacional.

Chile, en tal sentido, se sitúa en la misma categoría que Francia y su “Cantar de Roldán”; Alemania y su “Cantar de los Nibelungos” (doblemente inmortalizado, luego, por Richard Wagner), y Portugal y “Los Lusiadas”, de Luis de Camoens.

Todos, textos épicos y de connotación universal.

Este mero argumento debiese ahorrar cualquier polémica respecto de qué queremos ver en un punto tan neurálgico de nuestra capital. De paso, convencernos y, también, mostrarles a los millones de turistas que atrae este país, que nuestra tradición está mucho más cerca de las letras, del lenguaje, que de los fusiles y de los uniformes. Y sin embargo.

Aquí nos metemos en un terreno muy pedregoso, pero que, al final del día, resulta fácil explicar: la obsesión patológica, como escribí más arriba, de algunos sectores por los uniformes y los militares.

¿Por qué fácil? Si contextualizamos, las Fuerzas Armadas chilenas tuvieron un papel fundamental en el siglo XIX durante las guerras contra la Confederación peruana-boliviana y, más tarde, en la del Pacífico, con actos tan heroicos como el sacrificio de Arturo Prat y de su tripulación de la Esmeralda, por citar el de mayor connotación.

Después de 1884, año del término de dicha conflagración, el Ejército nacional sólo ha entrado en guerra con otras facciones del propio ejército y, derechamente, contra el pueblo chileno. El apoyo militar a los sucesivos golpes de Estado, mayoritariamente de origen oligarca, dan cuenta de esta triste realidad.

De hecho, hay quienes sostenemos que el Ejército es el brazo armado de la extrema derecha y de los peores sectores reaccionarios del gran empresariado y de intereses extranjeros, que buscan llevarse nuestras riquezas naturales a precio de huevo.

Más que una hipótesis, es una verdad histórica que usted puede confirmar abriendo cualquier tomo de una enciclopedia de la historia de Chile. Los proyectos político/sociales de Manuel Balmaceda y de Salvador Allende dan cuenta de aquello.

Pero también hay un factor más subjetivo: el miedo a la libertad. Sectores sociales (individual y colectivamente) calman sus fantasmas internos bajo la excusa de aumentar la seguridad ciudadana con mayor dotación policial… pero, también con militares en las calles.

Los uniformes, casi como terapia, como símbolo de una sociedad distópicamente ordenada y, por consiguiente, manipulable…

Si pensamos que en el exterior, Chile es conocido por Mistral, Neruda, Parra, Zurita, Huidobro, De Rokha, Teillier, Rojas, Hahn, Bertoni, Vicuña, Berenguer y tantos (tantas) más, que este debate estaría de sobra en cualquier otro país, pensando, también, que -si nos situamos en mismo plano- el uniformado chileno que más conoce el mundo fue un genocida y ladrón, como Augusto Pinochet.

Hagamos lo correcto, aunque sea por una vez.