Columna de Aníbal Figueroa: La sociología de un corredor de maratón
Correr es un acto liberador, de nuestras obligaciones y del trabajo, pero al mismo tiempo nos esclaviza, nos sumerge en la misma lógica meritocrática que vivimos día a día en búsqueda de distinción.
Es un martes por la noche. Se acercan las últimas semanas de preparación para el Maratón de Santiago. Como ya viene siendo un acto intransable del diario vivir, me equipo y salgo a correr. En ese lapso del día alcanzo los verdaderos momentos de introspección, que me permiten una breve reflexión sobre lo que significa correr.
Primero que todo, me doy cuenta de que, gracias a las redes sociales, correr ha dejado de ser una actividad antisocial. Si bien hay largas horas de entrenamiento en solitario, todos los entrenamientos se monitorean y se comparten.
La introspección análoga tiene como resultado la sociabilidad digital. Por lo tanto, el misterio de la preparación que se deja revelar (o no) en la carrera, ahora es de escrutinio público. Todos pueden tener acceso a los entrenamientos y juzgar al resto en su estilo de preparación.
Siguiendo esa idea, cuando corremos no sólo nos jugamos nuestra autovalía y respeto propio, también nos jugamos una identidad y una reputación dentro del deporte. Corremos por amor y por vergüenza… sí, vergüenza de abandonar, de mostrar debilidad en un mundo que premia el esfuerzo y que castiga a los flojos. Por eso, en la mente del corredor habita ese pudor, que al fin y al cabo es el motor para ganarle a la inacción.
Correr es un acto liberador, de nuestras obligaciones y del trabajo, pero al mismo tiempo nos esclaviza, nos sumerge en la misma lógica meritocrática que vivimos día a día en búsqueda de distinción.
Parece no haber salida a este problema, más que aceptarlo como un hecho, parte de las reglas del juego. Por eso, el corredor contemporáneo debe sacarse los ojos y fagocitarlos. Sólo este ejercicio de quedarse ciego puede evitar que el corredor se queme tratando de imitar las marcas y los ritmos de los iluminados influencers y los atletas de élite. Asumir el nivel que se tiene es el primer paso para lograr una buena preparación y no arder en el intento.
Empezar a correr puede ser una actividad engañosa; parece abierta para todo el mundo, ya que sólo se necesitan unas zapatillas para empezar ¿Quién puede prescindir de un par de zapatillas? Pareciera imperar las consignas de una revolución pretérita: libertad, igualdad, fraternidad. Pero el elemento realmente distintivo a la hora de hablar de un maratonista es otro: el tiempo. Ese elemento tan trascendental y al mismo tiempo un constructo tan trastocado por el ser humano. Velocidad, ritmo, cadencia. Hasta el más mínimo detalle es capturado por algunos corredores, pensando que con esos datos lograrán sus ansiadas marcas.
No sólo hay una gran diferencia entre quienes dominan las sutilezas del tiempo, sino también entre quienes lo poseen y quienes no. Recordemos que la preparación de un maratón requiere una elaboración acuciosa, con una planificación semanal y una importante cantidad de horas de entrenamiento.
El diseño de las jornadas laborales y el trabajo repercute directamente en quienes pueden ser maratonistas y quienes apenas pueden practicar. Lo veo constantemente en mis expediciones por calles y parques; personas que luego de extenuantes jornadas laborales caminan (o se arrastran) a sus hogares. ¿Ellos poseen el tiempo, o el tiempo los posee? La verdad es que en el mundo actual esa diferencia marca realmente quien puede ser capaz de aguantar los 42.195 metros.
De ese modo, hay una estructura de clases que se refleja en los corredores. Lo importante es el control del tiempo, el esfuerzo y la distancia. La única forma de adquirir la tecnología que permite un monitoreo exitoso se logra a través del dinero. La única forma a través de la que se pueden interpretar esos datos y reflejarlos en una planificación exitosa es a través del dinero. La única opción de mejorar la nutrición de cara a los cambios fisiológicos que se están generando es comprarla a través del dinero. Por lo tanto, la planificación y los resultados que se pueden ver en la carrera se reflejan en quienes tienen mayor poder adquisitivo para costear todas estas operaciones.
No obstante, también aparecen quienes, sin tener directamente para adquirir estos bienes, acceden a través de créditos. Los veo por todos lados. Portan relojes de alta gama, zapatillas de gran potencia y ropa técnica de marca. Están sorprendentemente felices, totalmente equipados creyendo que están un paso más cerca de sus ídolos, los corredores de élite. Quizá realmente lo están. Pero evidentemente hay algo más allá de sólo poseer el equipamiento para saltar al siguiente nivel.
El mundo nunca es tan mecánico ni tan predecible. Correr es sobre todo un ejercicio de la voluntad, y con voluntad me refiero a la motivación por superarte a ti mismo. Esas ganas por superar los límites de tu cuerpo y de lo que creemos que es posible. Eso es algo connatural del corredor de maratón… transformar el cuerpo para competir al máximo nivel posible. Sea quien sea y tenga el equipo que tenga.
Cuando se corre con muchas personas se crea un vínculo de complicidad… todos somos de los mismos locos que afrontan lo imposible. La existencia de esa voluntad hasta cierto punto desafía todas las diferencias entre los corredores.
Así como se hacen estudios sociológicos de movimientos sociales, de fenómenos sociales emergentes, de outsiders de todo tipo, quizá algún día se haga una sociología de estos alucinados por el pavimento; guiados por una adicción vesánica por derrotar la distancia y salir victoriosos en el intento.
Aníbal Figueroa Moulian. Sociólogo. Sus investigaciones giran en torno a los fenómenos migratorios contemporáneos, políticas públicas y la medición de la pobreza en Chile.
