Columna de José Antonio Lizana: Una vela por Andrés Bobe

Este viernes se cumplieron 32 años de la muerte de Bobe, fundador y el artífice del sonido de La Ley, una de las bandas más exitosas de Chile.

Imagen del autor

Por José Antonio Lizana
Actualizado el 11 de abril de 2026 - 11:17 am

Bobe falleció al chocar contra un árbol en La Reina. Tenía 32 años. Foto: ARCHIVO

La noche cae con ese aire tibio y melancólico del otoño. En el escenario del gimnasio de Conchalí, Andrés Bobe Quinteros, fundador, compositor, guitarrista y arquitecto sonoro de La Ley, entrega sus últimos acordes. Nadie lo sabe, pero algo en la atmósfera parece suspender el tiempo.

El concierto en beneficio de Gabriela Robles, hija del futbolista Héctor Robles, termina entre ovaciones. La música aún vibra en el aire, como si se resistiera a desaparecer.

Horas más tarde, Bobe ya se habrá transformado en un eco, en una presencia invisible.

Fue un creador de atmósferas. Ahí están sus composiciones: “Desiertos”, “Prisioneros de la piel”, “Tejedores de ilusión” y “El duelo”, latiendo todavía en la memoria colectiva del rock chileno. Antes, su huella ya se había dejado sentir en proyectos como Aparato Raro y La Banda del Pequeño Vicio. Allí comenzó a delinear esa sensibilidad única, elegante y melancólica que luego definiría a una generación.

Historia anclada al suelo

Tras ese concierto en 1994, la noche se prolonga y algunos integrantes de la banda se dirigen al restaurante de comida mexicana Santa Fe. Risas, conversaciones, esa calma engañosa que suele anteceder a los momentos irreversibles. Todo sigue su curso.

Son cerca de las tres de la madrugada. Bobe toma camino hacia la casa de su novia, Constanza Piwonka. Tal vez recorrió Américo Vespucio, quizás avenida Francisco Bilbao. Nadie puede afirmarlo con certeza. Lo que sí sabemos es el destino final de esa ruta.

En la intersección de Ortega y Gasset y Monseñor Edwards, en La Reina, una curva cerrada, traicionera y silenciosa, cambió la historia. Su moto enduro perdió adherencia y su vida se apagó la madrugada del 10 de abril.

Este año, el lanzamiento del disco 1988 de La Ley volvió a tender un puente invisible entre él y sus seguidores. Como si el tiempo se plegara sobre sí mismo, como si su obra siguiera encontrando nuevas formas de respirarse.

Hoy, esa misma esquina donde todo ocurrió, ya no es sólo un punto en el mapa, es un lugar de memoria. Una plaza que lleva su nombre, un espacio de recogimiento y reflexión.

Ahí, junto a la placa que alguna vez instaló un fanático, un gesto anónimo y profundamente humano, su historia permanece anclada al suelo. Y yo, como admirador de su obra, no paso de largo. Me bajo, me detengo y prendo una vela.