Columna de Ignacio Figueroa: De la doctrina del shock a la crisis inventada

La decadencia imperial estadounidense aplica nuevos elementos a la doctrina de shock. Se busca activamente la invención o precipitación de las crisis. Así se obtienen las condiciones para la imposición de una realidad favorable a sus intereses.

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Por Ignacio Figueroa
Actualizado el 2 de abril de 2026 - 11:30 am

Naoemi Klein explica la estrategia para imponer el neoliberalismo aprovechando golpes de Estado, catástrofes naturales o guerras. Foto: X (TWITTER)

El plan estadounidense para frenar el imparable ascenso de China se basa en la creación de conflictos en el ámbito militar, social y político. Ante la incapacidad de un desarrollo propio de su potencia nacional, China es la primera potencia en el nuevo orden mundial.

EEUU intenta depredar en todos los rincones del orbe, para frenar su inevitable declive. Su política estratégica siempre está por la fuga hacia adelante. Preferentemente busca elevar el enfrentamiento en una escalada permanente, antes que recular o retirarse. 

En su concepción imperialista de las relaciones entre las naciones, cualquier acto de realista comprensión de los fenómenos geopolíticos queda inhabilitada como una muestra de debilidad intolerable para su principio de dominación.

En la guerra ucraniana, la estrategia del gobierno del demócrata Joe Biden estuvo por priorizar el desgaste de Rusia para obtener sus recursos naturales e intentar balcanizar el país o debilitarlo para restarlo de la ecuación de formar un bloque de poder con China. Destruir a Rusia era aislar a China. Privarla de los enormes recursos naturales del país eslavo, y de su complejo militar industrial. Y es que éste mostraba signos de recuperación claros después de los oscuros años tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Contradicciones lógicas

La guerra contra Irán busca eliminar al país persa de la complementariedad que exhiben junto a Rusia y China. Limitar a China de los recursos energéticos e imponer una amenaza vital contra Rusia, cercándola en los mares Negro, Caspio y el Cáucaso. Recuérdese las guerras promovidas por occidente en Georgia o Chechenia.

“La Doctrina de Shock. El Auge del Capitalismo del Desastre” escribió en 2007 Naoemi Klein, periodista y activista canadiense. Explica la estrategia para imponer el neoliberalismo en Chile, Bolivia, Reino Unido, Irak o Rusia aprovechando disrupciones políticas (golpes de Estado), catástrofes naturales o guerras.

La decadencia imperial estadounidense aplica nuevos elementos a la doctrina de shock. Implica una visión donde se aprovechan las catástrofes, pero se busca activamente la invención o precipitación de las crisis. Así se obtienen las condiciones para la imposición de una realidad favorable a sus intereses.

Históricamente, la izquierda radical necesitaba la crisis para construir desde lo objetivo la subjetividad necesaria para la toma del poder, insurrección o revolución. En estos tiempos, en un acto mimético, la ultraderecha crea la crisis para destruir los cimientos del Estado. Y luego lleva adelante la política del despojo de los recursos públicos para repartirlo entre la élite: rebaja de impuestos a los ricos, desregulación, privatización, desnacionalización del capital público. Como dice Noam Chomsky, “privatizar las ganancias y socializar las pérdidas”.

La doctrina imperial de invención de crisis es exportada como un modelo a seguir por los gobiernos de corte ultraderechista que proliferan en el mundo. Utilizando la creación de crisis geopolíticas, regionales o locales en una suerte aporética para los pueblos.

Menos impuestos a los ricos

El proyecto de la ultraderecha intenta combinar el poder y la violencia que crea derecho con el poder mantenedor del derecho. El primero es el poder y la violencia estructural liberada en la guerra y en la guerra civil. El último es la violencia legítima que ejercen los órganos del Estado. 

En una estrategia totalitaria y totalizadora, al llegar al poder Ejecutivo se hacen fiduciarios para ocupar las instituciones y leyes del aparato estatal. Y para reprimir legalmente a la oposición. A la par, promueven una revolución reaccionaria donde tensionan al propio Estado para imponer su ideología.

En los países donde han logrado el triunfo electoral, la ultraderecha aprovecha la crisis existente, como ocurrió en la Argentina de Milei. En un país con una economía estable e institucionalizada como la chilena, José Antonio Kast, debe inventar un estado de crisis. Llegó al extremo de declarar, a través de mecanismos de comunicación gubernamentales, “que el Estado está en quiebra”.

Al instalar la idea de la crisis en la opinión pública, se pide o exige a los ciudadanos sacrificios para superarla. Es decir, pagar por el aumento del precio de los combustibles y aceptar el inevitable aumento de la inflación. 

Mientras, presentan políticas públicas extremas, basadas en recetas que nunca tuvieron éxito. Como desregular el trabajo, privatizar empresas del Estado descritas como ineficientes, disminuir los impuestos a los más ricos y a las corporaciones. Para ellos, es la forma de “reactivar la economía”.

Todo es utilidad

La crisis es vista como una oportunidad para realizar su ideología basada en el favorecimiento de la élite. Para los trabajadores, imponen que el Estado no debe subvencionar y ni siquiera focalizar su ayuda. En sí mismo, crean la abolición del Estado como benefactor y regulador de las desigualdades. Una ley de la selva donde predominan, sin contrapeso, quienes detentan el dinero, el capital nacional o transnacional.

La posible revuelta de los trabajadores precarizados es vista también como una oportunidad para aplastar la organización desatando la bestia negra de la represión. Como enunció Walter Benjamin, sus ideas extremistas manifiestan el concepto de que el “capitalismo es una religión sin liturgia”. Los símbolos mesiánicos están presentes en los líderes ultraderechistas, como Donald Trump con el nacionalismo evangélico, o Javier Milei con las corrientes ortodoxas judías. O José Antonio Kast, con su ultraconservador catolicismo del Movimiento Apostólico de Schoenstatt.

El peligro fundamental de la ultraderecha está en su búsqueda de socavar el Estado de forma permanente, para que a futuros gobiernos les sea difícil o imposible volver a recuperar su potencialidad.

En el mundo actual convergen una serie de catástrofes: la crisis medioambiental por el cambio climático, la sucesión de conflictos armados promovidos desde occidente. O los problemas de suministro energético por la guerras en Rusia e Irán, el encarecimiento y el desabastecimiento de alimentos por la falta de acceso a fertilizantes para la agricultura. El poder político y del capital no busca corregir los elementos entrópicos, sino que, aprovechar las posibilidades de utilidad.

Manipulación mediática

Trump dijo que terminaría la guerra en Ucrania en cuestión de días, pero pasó más de un año sin que tenga visos de acabar. Más aún, Trump se jactó en repetidas oportunidades de vender armas a Europa para que les sean suministradas a Ucrania. Y obligó a los países pertenecientes a la OTAN a aumentar el gasto en defensa hasta llegar al 5% de PIB.

Recientemente, el secretario de Guerra de EEUU, Pete Hegseth, presentó la nueva estrategia de seguridad denominada la “Gran América del Norte” (en consonancia con la doctrina del Gran Israel de los sionistas cristianos y judíos). En ésta se establece: “Todas las naciones y territorios soberanos situados al norte del Ecuador […] constituyen nuestro perímetro de seguridad en este gran vecindario”. Se incluye a Canadá, Groenlandia, México, los países centroamericanos, el Caribe, Venezuela y Colombia.

En los países situados al sur del Ecuador, se busca “un mayor reparto de responsabilidades en seguridad”. Esto implica, al igual que en el caso europeo, un aumento en la compra de equipamiento bélico de su propio complejo militar industrial. 

Para el convencimiento de la opinión pública de un mayor gasto en defensa existen los mecanismos de creación de crisis como atentados de falsa bandera, la manipulación mediática del temor al espionaje chino o la actuación del crimen organizado y el narcotráfico. Aprovechando que las estructuras simbólicas están consumidas y gastadas, y desprovistas de sus funciones imperativas.