Columna de Rodrigo Lister: La terca costumbre de vivir bajo amenaza

Hace casi cinco meses dejé Chile para instalarme al otro lado del mundo, en Israel. Tal vez, en el fondo, siempre supe que mi vida pasaría por aquí, aunque por distintas razones, incertidumbres o prioridades, el viaje se fue postergando, o esperando tal vez su momento correcto.

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Por El Ágora
Actualizado el 17 de marzo de 2026 - 10:00 am

Beersheva está a 108 kilómetros al sur de Tel Aviv y tiene una población de cerca de 200 mil habitantes / Foto: ARCHIVO

Actualmente, mi hogar es la ciudad de Beersheva, en el centro sur de Israel, conocida como la capital del desierto del Néguev. Es un lugar de contrastes marcados, donde la aridez choca con una ciudad en desarrollo.

Sin embargo, al mirar el panorama geopolítico actual, me asalta una certeza ineludible: sin importar en qué momento de la historia reciente hubiera decidido tomar ese avión desde Santiago, probablemente me habría encontrado con este mismo escenario. Estar bajo la amenaza real e inminente de una guerra parece ser una condición inherente a esta geografía, un eco histórico que se niega a silenciarse.

Que quede claro: esto no es ni por asomo la postal que vine a buscar, ni lo que nadie en su sano juicio desearía para su vida diaria. Nadie empaca sus maletas anhelando sobresaltos, mucho menos despertar con alarmas de misiles. Pero el tiempo aquí te enseña rápidamente a mirar la realidad de frente, sin filtros anestésicos.

Sé que el conflicto es algo que, lamentablemente, va a ocurrir o a escalar; es una tensión palpable, una sombra silenciosa que te acompaña mientras eliges verduras en el shuk (mercado) local, mientras esperas el autobús en la “tajaná” (estación), o cuando simplemente miras por la ventana del dormitorio antes de dormir.

Y aquí es donde radica la mayor paradoja para quien lo observa con ojos extranjeros. Lo que más desconcierta al llegar no es la tensión, sino la terca, casi obstinada normalidad. Muy por el contrario de lo que podríamos pensar desde la distancia —o lo que redactan los titulares alarmistas en los noticieros de Occidente—, la vida en Israel hace un esfuerzo al límite, coordinado y cotidiano por seguir su curso. Si uno caminara por las avenidas de Beersheva sin leer las alertas en el teléfono, difícilmente adivinaría que éste es un país en estado de alerta máxima. Las terrazas de los cafés siguen llenas, las personas salen a los malls, y el tráfico fluye normalmente.

No se trata de negación psicológica ni de una ceguera voluntaria ante el peligro. Es el resultado de una resiliencia aprehendida casi a la fuerza; como sociedad, hemos internalizado que el miedo prolongado paraliza, pero la vida, por definición, exige movimiento.

La rutina diaria se convierte en nuestro escudo más efectivo: sentarse a tomar un café, ir al trabajo, o sumergirse en la difícil tarea de tratar de dominar la compleja gramática del hebreo —es el caso mío que estoy estudiando hebreo para lograr una mejor absorción a la vida israelí—, son, en sí mismos, pequeños pero poderosos actos rebeldes contra la amenaza constante. Sabemos que el peligro está acechando en nuestros cielos, pero también sabemos, con una convicción férrea e innegociable, que el miedo no puede, ni va a dictar el pulso de nuestra existencia.

En mi departamento, como en la inmensa mayoría de las viviendas modernas aquí, existe el mamad, una pieza de seguridad blindada diseñada para resistir impactos. Para quienes caminan por la calle o viven en edificios más antiguos, las veredas y los espacios públicos disponen de refugios accesibles en cuestión de segundos. Se genera una coreografía cívica donde todos saben a dónde ir y a quién ayudar. Pero esa red de contención va mucho más allá del hormigón armado, de la alta tecnología antimisiles en el cielo o de las pesadas puertas de acero. Radica en la presencia de un Estado que prioriza, por encima de cualquier otra agenda, la protección de la vida civil.

Y no digo esto desde una tribuna política, ni pretendo romantizar un conflicto doloroso. Cuando hablo de protección no me refiero a las ideologías de izquierdas o derechas, al actual gobierno, ni intento hacer juicios de valor moral sobre este conflicto en particular. Lo digo estrictamente desde la experiencia humana diaria, desde la calle. Es palpar, en tiempo real, cómo frente a la adversidad aflora un tejido social absolutamente inquebrantable. Aquí se respira la sensación de que, al final del día y cuando las sirenas callan, todos viven para y por «la comunidad».

Y es precisamente ahí, en ese abrazo colectivo, en la mirada cómplice del vecino en el refugio y en la taza de café que retomas minutos después, donde uno encuentra la verdadera e inexpugnable seguridad, junto a los tuyos, dispuestos a vivir bajo amenaza.

Rodrigo Lister

Fotógrafo