Columna de ReneX: La comedia y el estúpido

El problema no fue la mediocridad del número, pecado frecuente y hasta perdonable en el circuito del stand-up. El problema fue la reacción. Ante una audiencia crítica, Arturo Ruiz-Tagle optó por el insulto.

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Por El Ágora
Actualizado el 14 de febrero de 2026 - 4:24 pm

Arturo Ruiz-Tagle sobre el escenario del festival de Puerto Montt. Foto: CAPTURA

En Puerto Montt, ciudad de lluvias persistentes, paciencia oceánica y una tolerancia cultural bastante más alta que el promedio, ocurrió un fenómeno digno de observación casi etnográfica: un escenario, un micrófono y la convicción íntima -siempre peligrosa- de que la grosería puede suplir la falta de ingenio. 

Allí compareció el autodenominado comediante Arturo Ruiz-Tagle. No a dialogar con el público (eso exige oficio y lucidez) sino a enfrentarlo, como si el humor fuera un combate cuerpo a cuerpo y no un delicado acuerdo implícito de inteligencia compartida.

El problema no fue la mediocridad del número, pecado frecuente y hasta perdonable en el circuito del stand-up. El problema fue la reacción. Ante una audiencia crítica, Ruiz-Tagle optó por el insulto, creyendo -quizá sinceramente- que la agresión podía revertir el fracaso. Nada más patético que un chiste que, al no funcionar, muta en berrinche. Nada más revelador que un humorista que confunde la réplica con la pataleta y la ironía con el exabrupto.

Para analizar el episodio sin caer en el simple ajuste de cuentas, conviene desempolvar a Carlo Cipolla y su célebre ensayo “Allegro ma non troppo”. Allí, el italiano disecciona con elegancia quirúrgica las leyes básicas de la estupidez humana. La tercera es particularmente iluminadora: estúpido es quien causa daño a otros sin obtener beneficio propio, o -peor aún- perjudicándose a sí mismo. No hay definición más ajustada para quien quema su reputación en tiempo real, convencido de que el incendio ilumina el escenario.

Mugre verbal

Cipolla, además, nos ofrece un mapa moral simple y devastador: inteligentes, incautos, malvados y estúpidos. El malvado, señala, al menos redistribuye algo; su daño mueve bienes, recursos o poder. El estúpido, en cambio, no produce nada: ni risa ni ganancia ni aprendizaje. Solo pérdidas. Es un agujero negro de utilidad social. En términos utilitaristas (y aquí aparece la sombra del filósofo inglés Jeremy Bentham), la estupidez es la forma más costosa de la nada.

La escena de Puerto Montt encaja con precisión incómoda en ese cuadrante. El público recibió improperios; el comediante perdió crédito, futuras convocatorias y algo mucho más difícil de recomponer: autoridad simbólica. Porque el humorista que insulta al público renuncia, sin saberlo, a su único capital real. Nadie ganó. Ni siquiera el ego, que suele sobrevivir a estas escaramuzas con sorprendente resiliencia. Fue una transacción en rojo, una comedia convertida en externalidad negativa.

Habrá quien alegue que el humor debe ser provocador, incómodo, incluso brutal. Cierto. Pero la transgresión exige puntería, no descontrol. Insultar no es subvertir: es abdicar del ingenio. La sátira necesita altura para caer; la grosería, en cambio, se arrastra por sí sola. El público no pide corrección política ni delicadeza moral: pide inteligencia. Y cuando falta, el sarcasmo se vuelve ruido y la mordacidad, simple mugre verbal.

Contrato nefasto

Así, sin necesidad de ataques personales ni diagnósticos psiquiátricos, la teoría hace su trabajo con una crueldad casi matemática. Ruiz-Tagle no fue víctima de la censura ni del “público difícil”, ni de una sensibilidad exagerada. Fue víctima de una ley económica elemental: causar daño a terceros y a la vez dañarse a sí mismo es la forma más pura de la estupidez.

Cipolla lo advirtió hace décadas: el estúpido es más peligroso que el malvado, porque su daño no responde a lógica alguna. Ruiz-Tagle, quizá sin saberlo, decidió ilustrar la tesis desde el escenario. Y lo hizo con notable coherencia: no provocó risa, no ganó respeto ni dejó aprendizaje. Salvo este recordatorio incómodo, pero necesario: el humor, cuando carece de inteligencia, deja de ser humor y pasa a ser simplemente ruido amplificado.

Ese fue su chiste más largo. Y también el único verdaderamente efectivo, porque Puerto Montt finalmente no pactó con un humorista, sino que contrató a un estúpido.