Columna de Ignacio Figueroa: El “rebaño negro”de Lenin

El odio vertido en las redes sociales moviliza, crea un “rebaño negro” que muestra su insatisfacción apoyando políticamente a la ultraderecha.

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Por Ignacio Figueroa
Actualizado el 11 de febrero de 2026 - 10:27 pm

Las cárceles de Bukele y su mensaje subyacente: los reos lo merecen. Foto: ARCHIVO

El avance de los movimientos y partidos de ultraderecha en el mundo tienen un lugar común. Encontraron y usaron mecanismos psicológicos para que ciudadanos se decanten por expectativas que destruyen su propia fe en un futuro de comunidad de intereses. Es decir, los hacen creer en la individualidad como centro, optando por la disociación de lo social.

Este estado mental de las masas pasa por el trauma de vivir en un sistema que los oprime, sin concederles escape a sus miedos primarios. Allí donde el terror se convierte en determinante de la existencia. El miedo a la pobreza que lleva a la pauperización de la vida. O miedo a la delincuencia, que precipita en la desesperación de ser víctima, ya no de la explotación del capital, si no del lumpen que puede arrebatar los bienes, pero también la propia vida.

Este miedo es llevado al extremo por la repetición viciosa de actos delictuales hecho por los medios de comunicación corporativa. Así logran hacerles creer que el único rol trascendente de la política es la seguridad pública.

La utilización del miedo lleva a la fase siguiente de la manipulación psicológica. Es decir, al odio que se multiplica a través de opiniones cada vez más radicalizadas de desprecio a las clases sociales menos favorecidas. 

El paso desde el miedo, como reacción pasiva; al odio, como reacción activa, corona los esfuerzos políticos de la derecha. El grupo ve la oportunidad de ofrecer un escape a este sentimiento totalizador con slogans de fácil digestión.

Apuntan al inmigrante

Es una simplificación que no pasa de ser un engaño de situaciones altamente complejas en sociedades que han sido abiertas a la globalización. Sí, la misma que destruye las creencias y el sentido cultural particular.

La ultraderecha se presenta como un movimiento sin ideología cuando la propia elección de no tener ideología es una forma elemental de tenerla. Buscan mantener y acrecentar los privilegios de la élite por sobre cualquier consideración.

El odio fanático crea la masa necesaria del “rebaño negro”, como lo definió Lenin en un poema escrito en 1905. El poema expresa los sentimientos de Vladimir Ilich después de la derrota de la revolución de 1905:

“Se esfumaron los días de luz,

Los reemplazó una serie interminable y maldita de días negros.

La luz de la libertad y el sol se extinguieron.

Una mirada de serpiente acecha en las tinieblas”.

El aprovechamiento político de una situación que el propio capitalismo creó es la comprensión esencial que hace la ultraderecha para canalizar las condicionantes que permiten su elevación al poder.

La explotación política del odio se basa en utilizar el enfrentamiento entre clases. Lo hace representando a los sectores medios resentidos, absorbiendo el rencor para multiplicarlo con una dirección determinada, azuzando a la clase media contra el proletariado.

Desprecio al pueblo

Las clases medias se sienten abusadas por el Estado al no percibir beneficios de este, y, además, son las víctimas más frecuentes de la delincuencia. Apuntan al inmigrante como el favorecido por las políticas públicas.

En contraposición, la izquierda -derrotada en su afán de llevar adelante la revolución social- solamente ofrece respuestas focalizadas. Intenta asistir a quienes se encuentran en los últimos eslabones del consumo. 

En el mundo tecnológico actual, las redes sociales son la herramienta necesaria para la vehiculización del odio. En estas campea el desprestigio de las ideas de izquierda; se enaltece el individualismo como superior al colectivo.

El odio vertido en las redes sociales moviliza, crea un “rebaño negro” que muestra su insatisfacción apoyando políticamente a la ultraderecha. Históricamente, el fascismo se sostiene en la pequeña burguesía y el desprecio que sienten esta hacia los sectores populares. Ven al pueblo como una amenaza a su propia condición de clase más beneficiada.

Sociedad del odio

El grotesco espectáculo de las cárceles de Bukele, donde se justifica el horror, pero donde campea la arbitrariedad, muestran las imágenes del abuso de los presos como si fuese algo natural al indicar que son “autores de crímenes terribles”. El nacionalsocialismo decía lo mismo de quienes eran prisioneros en los campos de exterminio. El judío, el gitano o el comunista eran catalogados por el partido/Estado como perpetradores de delitos de lesa patria.

El Estado sionista hizo lo suyo en el genocidio de los palestinos en Gaza. Naturalizar el horror, hacerlo cotidiano. No fue azaroso que al inicio de la campaña genocida se bombardeara un hospital y se asesinara a 500 personas. Se comienza con un crimen de tal proporción que los venideros parecerán inferiores.

La construcción de una sociedad del odio trae consecuencias dramáticas, la animadversión no solamente actúa al interior de las naciones. También genera un movimiento que lleva la agresión hacia el exterior.

Vemos cómo Occidente construyó, sobre el odio consuetudinario de los nacionalistas ucranianos contra lo ruso, las condiciones para una guerra de características industriales. Los políticos que basan sus propuestas en el odio son absolutamente irresponsables: no pueden prever hasta dónde llegará el fuego que prendieron en la sociedad.

El “sabio-ignorante”

El marxismo llamó ideología al conjunto de creencias de quienes no profesaban el socialismo, mostrando la oposición dialéctica entre ideología e idea. La ideología es una falsa conciencia de la realidad que justifica los intereses de la clase dominante. Mientras, las ideas están basadas en la reflexión científica, en el poder de la razón. En una inversión epistemológica, la ultraderecha acusa de ideológica a la izquierda. 

Para el “rebaño negro” se promueven como valores constitutivos de la sociedad la envidia y el egoísmo en contra de la solidaridad y la equidad. Se regocijan con lo que ocurre en Venezuela, Cuba, Palestina o Irán.

Las ciencias sociales e incluso la cultura son mostradas como inútiles, ocupaciones que sirven para que “parásitos” del Estado puedan desenvolverse como operadores políticos. Buscan crear un régimen de técnicos, donde los liderazgos son apolíticos y provienen de un sistema corporativo donde fueron los gerentes. Quieren crear un mundo de individuos que no cuestionen la esencia del capitalismo, donde cada sujeto logra la buena fortuna que merece.

Cómo detener al “rebaño negro”, cómo hacer ver a las personas que su odio es instrumentalizado por la ultraderecha. Debemos volver a la reflexión sobre los fenómenos sociales, construir interpretaciones de la realidad basada en el círculo virtuoso de la razón. 

El filósofo español José Ortega y Gasset, en su libro “La Rebelión de la Masas”, advirtió de las consecuencias de sociedades de tecnócratas. El “sabio-ignorante”, ungido con la aceptación social se cree un experto en todos los aspectos políticos, sociales o culturales, aún los más complejos.