Columna de Rodrigo Cabrillana: El conejo que parece malo
Del jazz de entretiempo al pop como campo de disputa política: cómo el Super Bowl pasó de ser un partido a un escenario donde la música, la identidad y el poder se enfrentan en vivo.
El primer Super Bowl se celebró en 1967 y se disputa el título de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL). Se juega cada febrero y va cambiando de ciudad periódicamente. Desde sus inicios, el entretiempo sumó bandas locales y conjuntos de jazz para agregar una dimensión distinta al espectáculo.
Con el tiempo se incorporó el patrocinio de grandes marcas (Disney, entre ellas), que le dieron un enfoque cada vez más comercial. Pero en los años 90 el giro fue definitivo. La industria del pop entró en escena y el fútbol americano pasó a compartir protagonismo con un show pensado para el mundo entero.
Michael: el punto de no retorno
Boy bands como New Kids on the Block y cantantes como Gloria Estefan le dieron un matiz abiertamente popular al espectáculo. Así, el show de medio tiempo comenzó a ganar atención propia. Sin embargo, no sería hasta la aparición de Michael Jackson cuando se romperían todos los parámetros de seguimiento. El impacto fue tal que el musical dejó de ser un complemento del partido y pasó a convertirse en un evento seguido a escala global.
Sobre todo, porque Jackson le imprimió a su presentación aquello que le hacía falta: espectacularidad y sorpresa. Michael sobre un escenario era sinónimo de magia y encantamiento, y por qué no, también de discurso identitario. Su música encarnaba la voz de la cultura afroamericana en el país del norte, llevándola -por primera vez en ese contexto- al centro de una vitrina global.
La vitrina planetaria
Con los años, el espectáculo fue creciendo y artistas como Paul McCartney, The Rolling Stones, Prince, Madonna o The Who lo volvieron cada vez más ambicioso. Así, el Super Bowl terminó por consolidarse como una vitrina privilegiada para cualquier banda o solista que aspirara a proyectarse ante una audiencia planetaria.
Hoy, el escenario político en Estados Unidos se encuentra profundamente polarizado bajo la gestión presidencial de Donald Trump. Al punto de que cualquier manifestación que exponga principios o valores capaces de tensionar el discurso oficial es leída como una amenaza.
En ese contexto, el mandatario optó por restarse cuando se anunció a Green Day y a Bad Bunny como artistas protagonistas del Super Bowl 2026. No es casual: por un lado, el histórico discurso crítico del grupo de punk californiano hacia las esferas de poder. Por el otro, la presencia del “Conejo Malo” y su narrativa musical atravesada por imaginarios latinoamericanos tan incómodos para una retórica que hizo de la exclusión una bandera.
Trump llegó al extremo de calificar el espectáculo como “absolutamente terrible, uno de los peores de la historia”. Argumento en sus redes sociales que no tenía sentido, que “nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo”. Y que la danza era inapropiada para los niños que lo veían en todo el mundo.
Grito latino en casa del Tío Sam
Ese comentario provocó una polémica enorme en la prensa internacional y en redes sociales. Justamente porque el show de Bad Bunny fue celebrado en muchos ámbitos por su mensaje de unidad y diversidad cultural. Incluso cerró con frases como “Together, we are America” (“Juntos somos América”), mientras otros lo leyeron como una afrenta a una visión más tradicional de lo que el espectáculo “debe ser”.
Lo cierto es que el “Conejo Malo” aprovechó con inteligencia sus minutos en escena. Hizo gala de su música en español (inédito en el Super Bowl), y de sus invitados sobre el escenario: Lady Gaga, Ricky Martin, Pedro Pascal, Jessica Alba, entre otros. Y de una parafernalia visual que citaba a diversas naciones latinoamericanas.
El mensaje fue claro: la diversidad no es un adorno, sino un punto de inflexión en una sociedad tan simbólica del capitalismo global como EEUU. Más allá de gustos personales, Bad Bunny se instaló como una figura relevante a la hora de producir contenido político en vivo. Y en uno de los escenarios más vigilados del planeta.
El arte como disputa
Porque si bien Green Day canalizó su crítica a Estados Unidos a través de la metáfora musical de American Idiot (una denuncia a una sociedad manipulada y desinformada), el grito de Bad Bunny fue directo y sin mediaciones.
Su mensaje deja en evidencia que Latinoamérica no es el “patio trasero” de Norteamérica, sino que irrumpe con voz propia en el centro del espectáculo. Todo esto ocurre en un contexto de una política exterior agresiva y un discurso de endurecimiento fronterizo que, bajo la figura de Trump, ha vuelto a tensar las relaciones con América Latina.
Porque el baile y la música nunca han sido solo entretenimiento: fueron y son una herramienta para construir política desde el arte. Y en eso, el “Conejo Malo” la supo hacer.
