Columna de Luis Mora Obregón: La otra cara de La Serena
Antes de venir no sabía que existían Las Compañías, pequé de ignorante por ello, pero feliz porque hoy vivo en ellas. Un lugar privilegiado, con una vista de ensueño…
Llevamos cuatro días en el sector bien llamado Las Compañías Altas, en La Serena. Barrio humilde; de primera impresión uno siente cierto temor. Pero a medida que pasan los días uno ve gente trabajadora, obreros. Gente humilde que antes que salgan los primeros rayos del sol ya camina por sus calles a laborar, para poder ganar el sustento diario familiar.
Para mi sorpresa, los negocios abren sus puertas a las 7:00, sin temor. El día empieza a caminar. Se siente la música típica de barrio. Una buena cumbia y una buena canción romántica para cortarse las venas; los más enamorados escuchan a Camilo Sesto.
Aquí estoy solo, escribiendo en la penuria y el silencio que el comedor me puede brindar. Mi familia duerme, descansa luego del desvelo de ver televisión; esa televisión que a mí no me gusta y que tanto atrae a miles. Esos realities donde se discrimina tanto al ser humano, donde uno ve lo peor de nosotros mismos y eso nos atrae, ya que por esencia somos morbosos: nos gusta saber y ver qué hacen los demás, sin preocuparnos por nuestro propio entorno.
Vuelvo a Las Compañías, vuelvo a la casa que hoy por hoy me cobija. Una casa humilde construida de madera, pequeña, sencilla, pero muy acogedora. Todo queda en silencio. Por ahí se sienten los gatos en el techo, buscando comida; a lo lejos se sienten los perros ladrar. Y aquí siento el dormir de mis hijos, de mi señora, y yo sigo igual, escribiendo, solo con ustedes, con mi teclado, mi amigo fiel.
Se enciende el refrigerador, ruido molesto, constante y perturbador; sirenas a lo lejos, ladridos de perros que no cesan, se siente un avión llegar.
Gente humilde
Antes de venir no sabía que existían Las Compañías, pequé de ignorante por ello, pero feliz porque hoy vivo en ellas. Un lugar privilegiado, con una vista de ensueño, maravillosa, donde puedo ver parte del valle, ver los aviones al despegar. Y el puente nuevo que une el casco antiguo de La Serena con su gente, la verdadera. Personas que viven y trabajan con esfuerzo y sacrificio.
Mi afán es escribir, escribir, y por medio de mi escritura describir mi sentir, poder dar rienda suelta a mis sentimientos, a mi vivir. Me he dado cuenta de lo feliz que soy escribiendo. Sacando mis vivencias y plasmándolas en letras, que se vuelven frases, frases que se vuelven textos y textos que se convierten en columnas, historias. Y, mágicamente, un día salen a la luz en un hermoso libro, la biblia de todo buen escritor.
En mis recuerdos se vienen a la mente todos los lugares en los que viví y que he visitado. Lugares hermosos, paradisíacos, como también lugares humildes, pero con calor humano, propios de la esencia de una hermosa familia chilena.
No hay lugares feos; la fealdad es cuando uno quiere ver de esa manera las cosas, con maldad, con egoísmo. Donde mejor me he sentido es en los lugares donde te dan amor, calor humano, donde te reciben con los brazos abiertos, sin pedir nada a cambio; el cambio solo te lo da tu conciencia y tu corazón.
Ya se sienten los niños jugar: gritos, risas, una pelota botear. Y así, tal cual empecé mi relato, en silencio estará.
En Las Compañías, un lugar hermoso de La Serena, lleno de gente humilde, con un sueño en común: poder progresar.
