Columna de José Antonio Lizana: Sergio Larraín o el hombre que descubrió el silencio

El Larraín con el que yo me vinculaba parecía más atento al silencio que a la imagen, más preocupado del ritmo interior de un texto que del prestigio acumulado.

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Por José Antonio Lizana
Actualizado el 19 de diciembre de 2025 - 11:14 am

Sergio Larraín fue un fotógrafo de fama mundial / Foto: ARCHIVO

La vida de Sergio Larraín da para escribir un libro o hacer una película, pero no es desde ahí desde donde me resulta más nítido evocarlo. Mi recuerdo de él está hecho de sobres, de pruebas de imprenta, de la espera del correo físico y de respuestas breves que llegaban desde Tulahuén en el norte, escritas con una caligrafía escueta y precisa.

Larraín nació en el seno de una familia poderosa de Santiago, hijo de arquitecto, a los dieciocho años partió a Estados Unidos a estudiar Ingeniería Forestal, carrera que nunca lo convenció. Fue entonces cuando compró una cámara Leica IIIC y comenzó su acercamiento definitivo a la fotografía.

Viajó por Europa y Oriente Medio, se deslumbró en Italia con Giuseppe Cavalli y, de regreso en Chile, se instaló en Valparaíso, donde armó un pequeño laboratorio casero. Desde ahí inició un recorrido que lo llevaría a trabajar para O Cruzeiro, exponer tempranamente, retratar a niños en situación de calle y, poco después, a recibir un cheque firmado por Edward Steichen desde el MoMA de Nueva York.

Todo eso está documentado, escrito y publicado. Yo, en cambio, lo conocí muchos años después, cuando ya había tomado distancia de la fotografía y vivía retirado.

En la primera década de 2000, trabajé con él en varios de sus libros ilustrados de espiritualidad, poesía y reflexión. Mi tarea consistía, entre otras cosas, en enviarle por correo físico las pruebas de imprenta de sus cuadernos. Esos paquetes viajaban hasta Tulahuén, y luego venía el silencio.

Las comunicaciones se extendieron durante cerca de cuatro años. Larraín respondía poco. A veces una frase, a veces una corrección mínima, casi invisible. No había explicaciones largas ni justificaciones: una palabra bastaba. Sin embargo, en esa brevedad había una forma de cuidado. Era hermético, pero también profundamente amable y sencillo. Nunca sentí distancia ni desprecio, sino una suerte de economía del lenguaje, como si cada palabra escrita debiera ser revisada exhaustivamente.

Mientras leía sus textos, esperando sus observaciones, pensaba en el hombre que había sido el fotógrafo invitado por Henri Cartier-Bresson a integrar Magnum Photos, el que trabajó con Pablo Neruda, el único autorizado para retratar la boda del Sha de Persia con Farah Diba, el que había fotografiado Valparaíso de un modo irrepetible y había logrado, incluso, captar a un capo de la mafia siciliana durmiendo la siesta.

Y sin embargo, el Larraín con el que yo me vinculaba era otro, alguien que parecía más atento al silencio que a la imagen, más preocupado del ritmo interior de un texto que del prestigio acumulado.

Recibir sus respuestas era siempre un ejercicio de lectura entre líneas. Sus indicaciones no eran sólo editoriales, tenían algo de gesto espiritual, de desapego, de renuncia a lo accesorio. Con el tiempo entendí que ese modo de comunicarse era coherente con su vida retirada, con su decisión de apartarse del mundo y de la fama que deconstruyó.

Sergio Larraín falleció el 7 de febrero de 2012. De nuestra relación quedaron los libros, las cartas, las pruebas corregidas y la sensación persistente de haber trabajado con alguien que había elegido, con plena conciencia, decir cada vez menos para mirar, remirar y vivir cada vez más.