Columna de Ignacio Figueroa: Del optimismo al pesimismo histórico
Kast debe dar garantías de gobernabilidad a los inversores. Pero con su promesa de campaña de recortes, despidos en el aparato público y baja de impuestos para las empresas, se ve dificultosa una pacificación de los ánimos populares.
Tras el triunfo, José Antonio Kast, quien había mantenido en segundo plano sus afinidades con el movimiento internacional de ultraderecha, se sacó la máscara. Viajó inmediatamente a visitar a Javier Milei a Argentina. Y mostró su verdadero rostro, al aparecer posando con Milei junto a la motosierra que cercenó los derechos sociales de los argentinos.
La campaña electoral del candidato del Partido Republicano se basó en materias de seguridad pública, evitando entrar en conflicto en los temas económicos. En ese ítem indicó que recortará seis mil millones de dólares en el gasto público. Nunca entró en detalles que pudieran ponerlo en aprietos por cercenar los derechos sociales adquiridos.
En los hechos, la campaña se basó en una serie de promesas, muchas de ellas de difícil o imposible concreción. Un engaño a los diferentes sectores de la población que creyeron y creen que el presidente electo solucionará sus vidas.
El engaño hubiese sido imposible de realizar sin la obsecuencia de los medios de comunicación corporativos. Estos, incumpliendo con su deber de informar, dejaron que el candidato siguiera su guion electoral refugiándose en el mantra del “depende”. Eso le permitió evadir cualquier emplazamiento directo.
La alta votación del candidato de ultraderecha crea enormes expectativas en la población. Sin embargo, los ciudadanos votaron por un presidente y no por un sheriff. Y, por lo tanto, las medidas enmarcadas solo en la seguridad pública son insuficientes para mantener el apoyo de la opinión pública, aun teniendo el soporte mediático que será más cooperativo a la hora de los tratamientos de la cobertura de los actos delictuales.
“Clivaje”
Muchas personas lo apoyaron pensando que la derecha es el sector indicado para reactivar la economía atrayendo inversiones de empresarios chilenos y extranjeros.
Porque desde el estallido social y el inicio del gobierno de Gabriel Boric, las principales inversiones de capital chileno fueron en el extranjero. “Las inversiones en el exterior representan el 50% de nuestra economía: 161 mil millones de dólares. Mientras el año 2018 era solamente un tercio”, reportó Emol.com el 13 de octubre.
El estallido social fue el primer evento que puso en jaque los privilegios de la oligarquía desde el gobierno popular de Salvador Allende. La rebelión de 2019 creó temor en la derecha y sus apoyos. Basta recordar la conversación telefónica de la primera dama, Cecilia Morel, filtrada a la prensa: “Disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”.
El estallido social con el trauma emocional en la derecha es crucial para analizar el comportamiento de los sectores conservadores. Posterior a la elección, los medios corporativos incluyeron entrevistas a analistas políticos que matizaron sus opiniones con el concepto de “clivaje”.
Señalaron que la elección terminaba con el “clivaje dictadura versus democracia” (Kast es un fervoroso admirador de Pinochet), donde la derecha era derrotada por la carga negativa de los abusos del pinochetismo. Los dos triunfos electorales de Piñera son de un personaje que votó contra el dictador en el plebiscito de 1988.
Según estos analistas, el “nuevo clivaje estaría entre estallido social versus orden” (apruebo o rechazo en el plebiscito constitucional de 2022). La ciudadanía se decanta por el segundo, favorable a la derecha por los abusos de la llamada “delincuencia popular”.
Garantías de gobernabilidad
Sin embargo, la disyuntiva real estaría en la oposición dialéctica entre ultraderecha versus proyecto popular transformador. Los aspectos que llevaron al estallido social no fueron resueltos. Por lo que quedó la insatisfacción ciudadana convertida en ira hacia quienes se eligen para hacer algo y terminan administrando el modelo sin transformar las injusticias generadas por el neoliberalismo impuesto a sangre y fuego por la dictadura.
Los cinco millones de votos obtenidos por Jeannette Jara no es una cifra menor para una candidata militante del Partido Comunista. Para un país donde los esfuerzos permanentes del establishment con su poder mediático y financiero está dirigido a demonizar las alternativas populares.
Tras el plebiscito de 2022 -aplastante derrota de la alternativa apruebo a la nueva Constitución- el gobierno de Boric, elegido por la promesa de transformación, toma la decisión política de ser un administrador del modelo. En los hechos, se convirtió en un gobierno que no intenta amagar los privilegios de la oligarquía. Si bien existieron avances, fueron marginales, más bien perfeccionando los roces producidos por el neoliberalismo.
Las promesas de campaña de Kast se dirigieron al populismo penal (expulsión de más de 300 mil inmigrantes ilegales) y combate a la delincuencia. Las medidas punitivas contra el delito son insuficientes para lograr un gobierno exitoso, además de una lenta posible realización.
Kast debe dar garantías de gobernabilidad a los inversores, sean chilenos o extranjeros. En este momento, con su promesa de campaña de recortes, despidos en el aparato público y baja de impuestos para las empresas, se ve dificultosa una pacificación de los ánimos populares, que rápidamente podrán mostrar su descontento.
Justicia popular
Para el regreso de los capitales que abandonaron el país o atraer nuevos inversores, Kast puede ofrecer certeza jurídica para sus cuatro años de administración. Esto tiene dos implicancias fundamentales.
Por un lado, la ultraderecha necesita a toda costa mantenerse en el poder en el siguiente período electoral (peligro autoritario). O sea, necesita destruir la resistencia política de las organizaciones sociales y populares que puedan crear condiciones que amaguen el modelo. Y en un proceso que -sin duda- traerá desorden e incluso caos.
Por el otro, los capitales que pueden aceptar la certeza jurídica de un período electoral son solamente los especulativos. Lamentablemente, estos crean riqueza rápida para unos pocos y no generan empleo.
En estos cuatro años, el desafío para la izquierda es crear poder real en los territorios, sin caer en la trampa de los ciclos electorales donde se decide el ganador por el marketing político, promesas de campaña, el poder financiero y el apoyo mediático corporativo.
Se debe transitar desde el concepto de optimismo histórico que ve como inevitable el triunfo de los trabajadores hacia el pesimismo histórico, que tome en cuenta que la crisis mundial política, social, medioambiental y el ascenso de la ultraderecha, acotan los tiempos para lograr un mundo de justicia para las clases populares.
La izquierda debe mantener la mente fría y hacer suya la máxima realista del escritor Henry Miller: “Vivir sin esperanza, pero no desesperado”. Es decir, volver a estar y sufrir junto a los trabajadores, los pobladores y los estudiantes.
Es necesario para la izquierda volver a promover el pensamiento crítico descarnado sin temor a herir susceptibilidades. Volver a la reflexión teórica. Marx enseñó que “sin teoría no hay práctica”. De este modo se podrán diseñar las formas de resolver los grandes problemas que aquejan a las complejas sociedades actuales.
