Columna de Ignacio Figueroa: La tripolaridad

La tesis es que Trump ofrece un reparto del mundo a las potencias rivales y establece una tregua al conflicto geopolítico. Pasa desde un mundo unipolar con Estados Unidos como hegemón, hacia un mundo tripolar, en conjunto con Rusia y China.

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Por El Ágora
Actualizado el 21 de agosto de 2025 - 11:16 pm

La estrategia de Trump es acercarse a Rusia para morigerar los lazos entre rusos y chinos. / Foto: ARCHIVO

La narrativa que mantiene la prensa y los líderes occidentales durante los últimos años está marcada por una imagen del presidente de Rusia como el dictador de un país donde campea el autoritarismo y la arbitrariedad, culpable de invadir Ucrania y de los más abyectos crímenes contra los Derechos Humanos.

La reunión entre los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de Rusia, Vladimir Putin, en Alaska, fue un torpedo a la línea de flotación de la propaganda mediática occidental.

La Operación Militar Especial que comenzó Rusia en 2022 motivó un esfuerzo transnacional mediático por demonizar a Rusia. Cambió los parámetros del periodismo desde la información hacia la propaganda. Y transformó a los medios en una más de las armas utilizadas para aislar y destruir al enemigo. Los medios se convirtieron en creadores de información falsa hasta llegar a un nivel indiferenciable de las redes sociales.

El esfuerzo tenía como intencionalidad crear una opinión pública mundial (especialmente en Europa y EEUU), para que la población aceptase, sin rebelarse, los enormes gastos que el conflicto genera. Esos recursos deben pagarse por los contribuyentes que van desde el desarrollo social o cuidado del medio ambiente hacia fines bélicos.

Para la narrativa occidental, el protocolo con que fue recibido Putin en Alaska causó escozor, pues significó el reconocimiento de Trump de que Rusia es una gran potencia. Una que debe ser tratada con respeto a contrapelo de la lógica militarista europea que la ve como un enemigo irreconciliable.

Un mundo tripolar

En la reunión posterior entre Trump, Zelensky y los líderes europeos (bajo el manto de la cordialidad americana y las muestras de genuflexión y agradecimientos por la parte europea), se pudo apreciar que las posturas de estos últimos fueron diplomáticamente desechadas. No habría alto al fuego mientras se negocia la paz, y los países de Europa tendrían que hacerse cargo de las garantías de seguridad pedidas por Ucrania.

La hipocresía occidental quedó nuevamente de manifiesto cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, habló de los “niños secuestrados por Rusia”. Sin embargo, no ha dicho una palabra sobre los miles de infantes asesinados por Israel en Gaza.

En la llamada “Guerra de los 12 días” entre Israel e Irán, EEUU bombardeó las instalaciones nucleares persas y los iraníes atacaron bases estadounidenses. Ahí comenzamos a percibir el germen de la situación actual. Las represalias estadounidenses e iraníes no tuvieron consecuencias apreciables, porque se anunciaron, y así no hubo bajas o daños considerables.

El conflicto se resolvió con una negociación entre EEUU y Rusia y China (aliados de Irán), para encontrar una solución que fuera para todos aceptable.

La tesis que enunciamos es que Trump, apelando a la realpolitik, ofrece un reparto del mundo a las potencias rivales donde se establece una tregua al conflicto geopolítico, pasando desde un mundo unipolar con Estados Unidos como hegemón, hacia un mundo tripolar en conjunto con Rusia y China.

Frente a Rusia y China

Este reparto sería solamente una etapa intermedia o pausa en la disputa geopolítica. Las contradicciones no estarían resueltas, pero permitirían a Estados Unidos disponer de tiempo para superarse tecnológicamente en el plano militar. Y, también, fortalecer sus capacidades financieras mermadas por los conflictos ucranianos y en Medio Oriente, tanto como la deuda interna que amenaza la supremacía financiera estadounidense.

En este reparto transitorio se reconoce la supremacía de Rusia como potencia tecnológica militar imposible de derrotar en el campo de batalla. Y China, con su estatus de potencia industrial tecnológica imbatible. Mientras, Estados Unidos como potencia suprema financiera con el respaldo del dólar como divisa de acumulación de capital.

Esta entente está basada en la visión capitalista e imperialista de EEUU. E implica la mantención de la expoliación de los países de sus esferas de influencia tanto como su control político.

Sin embargo, la visión del mundo multipolar recoge como fundamento sine qua non, las aspiraciones del sur global por un trato justo y horizontal con las potencias hegemónicas. Por lo tanto, implica un choque ideológico entre miradas de desarrollo, complementariedad y comercio versus la visión de sometimiento y vasallaje.

La estrategia de Trump desde su primera administración es acercarse a Rusia para, al menos, morigerar los lazos entre rusos y chinos. La estrategia le permitiría enfrentar de mejor manera al gigante asiático.

Un ardid de Trump

Como afirmamos, la división del mundo en esferas de influencia tiene un carácter transitorio. Tiene como previa condición que Estados Unidos salga del conflicto ucraniano y que Europa se haga cargo de su propia seguridad, pagando a EEUU.

Sin embargo, el punto álgido de la repartición es Asia, donde se trasladó el epicentro del desarrollo mundial. Allí están los principales mercados, estableciéndose como centro gravitacional. En la estrategia trumpista, Asia es el centro nodal donde se decidirá el futuro geopolítico.

Por lo pronto, Estados Unidos refuerza su control sobre su patio trasero latinoamericano. Culpa a Nicolás Maduro de ser el líder del Cartel de los Soles y envía tres destructores con armamento avanzado a las cercanías de Venezuela. Además, ofrece una recompensa de 50 millones de dólares por el líder chavista y 25 millones por el ministro de relaciones exteriores, Diosdado Cabello.

Aparte, logra un importante triunfo en las elecciones presidenciales de Bolivia, en que dos candidatos de derecha competirán en segunda vuelta. Así pone en duda los acuerdos del país andino con China y los Brics por sus materias primas, especialmente litio y tierras raras.

La tripolaridad solamente puede ser analizada como un ardid de Trump, en búsqueda de mantener la iniciativa en el campo geoestratégico. Pero la Rusia cortejada por Estados Unidos experimentó en múltiples ocasiones (como en los acuerdos de Minsk de 2014 y 2015), los engaños occidentales, por lo que es difícil que caiga otra vez en la trampa.

China, en tanto, mantiene su política de paciencia estratégica aprovechando las amenazas arancelarias de EEUU para acercar posiciones con India, su rival histórico.