Columna de ReneX: La rentabilidad del pudor perdido

¿Cómo es posible que un sitio de suscripciones eróticas como OnlyFans venza de manera tan aplastante a gigantes que llevan décadas construyendo hardware, software, ecosistemas digitales y hasta inteligencia artificial?

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Por El Ágora
Actualizado el 13 de agosto de 2025 - 10:00 am

OnlyFans es grito y plata. Foto: ARCHIVO (REFERENCIAL)

La reciente comparación de ingresos por empleado en grandes compañías tecnológicas es un baño de realidad -y no precisamente con agua bendita- para quienes todavía creen que el liderazgo económico se construye con innovación pura, investigación y desarrollo, tecnología de punta y un sólido prestigio corporativo.

Ahí, encabezando la tabla con un abismo de ventaja, aparece OnlyFans, con 37,6 millones de dólares de rentabilidad por empleado. Sí, leyó bien. No es un error de impresión ni un desajuste estadístico. La plataforma británica de contenido para adultos, que democratiza el erotismo digital de pago, obtiene casi el doble que su perseguidor más cercano, Valve. Y multiplica casi por 100 veces lo que logra Amazon.

Y entonces la pregunta se instala con morbo y curiosidad… ¿Cómo es posible que un sitio de suscripciones eróticas venza de manera tan aplastante a gigantes que llevan décadas construyendo hardware, software, ecosistemas digitales y hasta inteligencia artificial?

La respuesta está en un cóctel del modelo de negocio eficiente, estructura mínima y un producto con demanda prácticamente infinita: la intimidad y el erotismo.

Márgenes obscenos

OnlyFans no necesita fábricas ni centros de datos del tamaño de ciudades ni ejércitos de ingenieros. Basta una plataforma estable, un sistema de pago seguro, marketing viral y miles de creadores dispuestos a convertir su intimidad en mercancía.

Si lo pensamos bien, no es tan sorprendente. El contenido para adultos es históricamente una de las industrias más rápidas en adoptar y rentabilizar nuevas tecnologías. Desde la venta por VHS hasta el streaming.

Lo que OnlyFans perfeccionó es la desintermediación: el cliente paga al creador, la empresa se queda con un porcentaje y el resto fluye sin fricciones. El “producto” se fabrica en la habitación del proveedor, sin costos de inventario, sin logística, sin aduanas, sin transporte, sin devoluciones. En Silicon Valley, a esto lo llamarían “modelo escalable de alta conversión”. En lenguaje llano, es vender fantasías con márgenes obscenos.

El sarcasmo surge inevitable: mientras empresas como Nvidia diseñan chips que entrenan modelos de IA capaces de simular realidades completas, OnlyFans monetiza la realidad más vieja del mundo, sin necesidad de silicio avanzado. Mientras Meta invierte miles de millones en el metaverso para que usted se reúna con avatares, OnlyFans sólo necesita que usted y su tarjeta de crédito coincidan en el mismo sitio web.

“Industria del amor”

Pero esta supremacía no es sólo un dato curioso. Es también una señal. El crecimiento sostenido de este tipo de plataformas refleja un cambio profundo en la relación entre tecnología, intimidad y economía. Vivimos en una era donde el acceso a experiencias personalizadas, inmediatas y “exclusivas” se percibe como más valioso que un teléfono nuevo o un procesador más rápido.

El cliente paga no sólo por el contenido, sino por la ilusión de conexión directa con el creador. Una experiencia que ni YouTube ni Instagram han logrado replicar sin filtros.

Claro que este éxito plantea un dilema cultural. ¿Es esta la cúspide de la economía digital o un síntoma de su banalización? Los optimistas dirán que es empoderamiento individual, que ahora cualquiera con un smartphone puede ser empresario de su propia imagen… con o sin ropa. Los críticos advertirán que cambiamos la innovación científica por la monetización del deseo, la investigación por la exhibición. Tal vez ambas cosas sean ciertas, y ahí está la ironía: en el ranking de rentabilidad, la “industria del amor” deja muy atrás a la industria del conocimiento.

OnlyFans es la metáfora perfecta de nuestro tiempo: “Máxima eficiencia, mínima infraestructura y un mercado dispuesto a pagar por una ilusión privada en un mundo hiperconectado”.

No será la empresa que envíe humanos a Marte ni que descubra la cura del cáncer, pero mientras los demás construyen el futuro, ella cobra por el presente…