Columna de ReneX: El espejo roto de la doble moral

En la política contemporánea, la doble moral no es un fenómeno colateral: es el núcleo de un modo de pensar que ha contaminado el debate público.

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Por El Ágora
Actualizado el 12 de agosto de 2025 - 11:00 am

El fanático no pretende convencer: sólo le importa vencer. Foto: ARCHIVO

Resulta casi un ritual escuchar a líderes y simpatizantes de ciertos sectores -en particular la extrema derecha- desatar una artillería de críticas contra el adversario. Lo hacen con una dureza casi bíblica, para luego adoptar una postura diametralmente opuesta cuando la misma situación se presenta en su propio campo. Como si existiera un diodo cerebral, las opiniones fluyen sólo en una dirección: todo vale para atacar, nada es aceptable para recibir.

Este doble estándar es una falta de coherencia y una máquina trituradora de credibilidad. Cuando la política se ejerce desde el “si lo hace el otro, es un escándalo; si lo hago yo, es legítimo”, lo que se socava no es solamente la confianza en los políticos, sino en la política misma.

El resultado: un terreno infértil, donde cualquier avance común se vuelve imposible. Porque el diálogo razonable requiere un mínimo de honestidad intelectual, y el fanatismo la destierra.

Lealtad a la tribu política

Ejemplos sobran. El mismo dirigente que clama por la libertad de expresión para sus aliados, exige censura para las voces que lo cuestionan. El que denuncia la “politización de la justicia” cuando se investiga a los suyos, celebra con entusiasmo el encarcelamiento de sus opositores.

Quien considera que manifestarse en las calles es un acto cívico si lo hace su bloque, lo llama vandalismo si lo hace otro. A iguales argumentos, opuestas reacciones. No es casualidad: es la arquitectura misma de un pensamiento cerrado, que no busca la verdad, sino la victoria.

Este fenómeno se alimenta del sesgo de confirmación: la necesidad de filtrar la realidad hasta que encaje con las creencias propias. Así, se invisibiliza la viga en el ojo propio mientras se exhibe con furia la paja en el ajeno.

La capacidad de reflexión queda relegada a un plano casi inexistente, reemplazada por una lógica de “nosotros contra ellos” que destruye cualquier puente y seca hasta el último vaso comunicante. Lo más inquietante es que esta dinámica no se vive como contradicción, sino como coherencia: la lealtad a la tribu política sustituye a la lealtad a los principios.

Ceguera cognitiva

La extrema derecha -con su carga de absolutismo y su apego a un pensamiento rígido y excluyente- convierte este mecanismo en un arma sistemática. No es un error ocasional, es un método.

Funciona como una inversión perversa de la justicia: lo que en el adversario es crimen, en el aliado es estrategia. Lo que en el otro es abuso, en el propio es defensa legítima. Este doble estándar erosiona la ética pública e instala una narrativa en la que la verdad se vuelve irrelevante. Lo único que importa es quién sostiene la bandera.

En este ecosistema, el diálogo razonable muere asfixiado. ¿Cómo discutir políticas públicas si cualquier dato, argumento o evidencia será descartado por la sola razón de provenir del “otro lado”?

La ceguera cognitiva del fanatismo no es un problema de información, sino de voluntad: no se quiere comprender, se quiere vencer.

Un bucle infértil

Y cuando se sustituye el debate por la demolición sistemática del adversario, lo que se destruye es al oponente y al suelo común sobre el que se construye una democracia.

La política, en su sentido más noble, debería ser un espacio de confrontación de ideas con un objetivo superior: el bien común. Pero cuando la ideología extrema se convierte en filtro absoluto, lo que se produce es una relativización total de la ética.

La consecuencia es tan previsible como desoladora: una sociedad atrapada en trincheras, incapaz de tender un puente. Y donde cualquier intento de diálogo se percibe como traición.

El espejo roto de la doble moral no refleja la verdad: refleja una imagen distorsionada que confirma prejuicios.

Y mientras esa sea la herramienta preferida de ciertos actores políticos, seguiremos atrapados en un bucle estéril e infértil.