Oasis en Santiago: un país en el universo Gallagher

La conexión entre Chile y el britpop de Oasis volvió a quedar en evidencia en un Estadio Nacional repleto, donde miles celebraron un regreso que parecía imposible.

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Por Rodrigo Cabrillana
Actualizado el 20 de noviembre de 2025 - 9:45 pm

Oasis se presentó en el Nacional ante un público especialmente entusiasta. Foto: DG MEDIOS

El britpop tiene un eco increíble en Chile. Las grandes bandas asociadas a aquel supuesto movimiento han desfilado por nuestros escenarios durante los últimos dos años, siempre con una respuesta entusiasta del público. Al punto de hacernos creer -con cierto candor- que somos una especie de enclave perdido de la cultura inglesa en Latinoamérica.

Oasis volvió a Santiago en un Estadio Nacional repleto hasta las banderas. Miles de asistentes lucían camisetas con la leyenda de la banda, celebrando un regreso esperado por 16 años. Las entradas se agotaron un año antes, lo que confirma que la fiebre mundial por la reunión de los hermanos Gallagher también arrasaba aquí.

Un país que no olvida

Es curioso: la última disolución de Oasis ocurrió en 2009 y, unos meses antes, en mayo de ese mismo año, también tocaron en Santiago. Un Movistar Arena rendido a sus pies, casi con la misma formación que ahora resucita en esta gira 2025. Ese eco del pasado resonaba fuerte antes de que sonara la primera guitarra.

Desde temprano Ñuñoa se transformó en un pequeño “Manchester austral”. En redes sociales abundaban las fotos de fans madrugadores buscando un lugar privilegiado frente al escenario. Muchos de ellos nacieron cuando Liam y Noel ya no compartían tabla, pero crecieron entre playlists nostálgicas, discos heredados de sus padres y la mitología interminable de la banda noventera más popular del Reino Unido.

Llegué temprano al estadio, justo para ver a Richard Ashcroft, ovacionado como si The Verve nunca dejó de sonar en las radios chilenas. Media hora de repertorio cargado de hits -Sonnet, Lucky Man, The Drugs Don’t Work- que dejó a más de alguno con lágrimas. Y cuando irrumpió la orquesta de Bitter Sweet Symphony, el estadio entero vibró con la elegancia de un himno que no envejece.

Devoción casi religiosa

Concluyó Ashcroft y la nostalgia quedó suspendida en el aire, como un preludio perfecto. La noche caía mientras comentaba el ambiente con una amiga bogotana. Ella, criada entre cumbias y melodías tropicales, observaba con extrañeza este fervor chileno por un pop melancólico, heredero directo de los Beatles y de un clima emocional que en Latinoamérica parece, a primera vista, ajeno.

A las nueve en punto comienza a sonar Fuckin’ in the Bushes. El Nacional ruge. Oasis entra con Hello y el concierto se transforma en una tromba. La imagen del público saltando con cada nota es sobrecogedora. La alternancia de voces entre Liam y Noel emociona hasta el hueso en Acquiesce, pero la presencia de Bonehead es el elemento que vuelve todo épico: la trinidad original frente a nuestros ojos, algo que hace unos años parecía impensado.

Morning Glory y Some Might Say avivan esa nostalgia adolescente de los tiempos analógicos. Luego vienen Bring It On Down y Cigarettes & Alcohol, con su esperado “poznan”. El público se gira, se abraza y celebra con una devoción casi religiosa. Yo también lo hago, sin pensarlo, porque en un concierto de Oasis nadie permanece inmóvil.

Clásicos que no se marchitan

Fade Away, Supersonic, Roll With It… el estadio se convierte en un coro multitudinario. Ver a Bonehead junto a los Gallagher es un regalo improbable, y la solidez del resto de la banda -Gem Archer, Andy Bell, Joey Waronker- sostiene un sonido poderoso, lleno de capas, lleno de historia.

Luego llega la pausa necesaria. Talk Tonight, Half the World Away y Little by Little, con Noel en el micrófono y recordándonos por qué es uno de los mejores compositores de su generación. La emoción, en este punto, ya es parte de la atmósfera.

Be Here Now revive con D’You Know What I Mean?, seguido de Stand by Me y Cast No Shadow, dedicada por Liam al mismísimo Ashcroft. Slide Away y Whatever nos devuelven al debut fundacional y las gráficas beatlescas iluminan la noche con un guiño elegante.

Live Forever (con el solo de Noel Gallagher que te hace emocionarte hasta el alma) y Rock ’n’ Roll Star cierran la primera parte del show. En el encore, Noel brilla con The Masterplan, y luego el momento que define generaciones: Don’t Look Back in Anger, coreada por todos. Después Wonderwall. Y finalmente la legendaria Champagne Supernova, entre fuegos artificiales y un Estadio Nacional que parece levitar.

El eco después del ruido

Salimos del estadio. Mi amiga Vanessa sigue impresionada por lo que acaba de ver. Nos abrazamos entre la multitud que abandona el lugar, aún incrédulos por un espectáculo que esperamos tantos años. Para mí, sin duda, el mejor concierto de Oasis en Chile.

Pero hay algo más íntimo: yo sigo alucinado con Bonehead. El día anterior un amigo me consiguió su autógrafo, y fui feliz como si tuviera 15 años. Quizás también escribo esta columna desde ese lugar, más cercano al fan que al periodista.

Y está bien. La música no siempre exige distancia: se vibra, se respira, te desarma y te recompone. Oasis, con sus tensiones, su belleza y su desparpajo, sigue siendo eso. Un recordatorio de que a veces las canciones son más grandes que quienes las interpretan.

Por eso, mientras la multitud se dispersa y la noche vuelve a ser noche, pienso en algo simple: hay grupos que se escuchan, y otros que se sienten. Oasis -para muchos de nosotros- siempre ha sido de los segundos.

Gracias por volver. Y por seguir existiendo.