El Ágora Libros: Antonio Díaz Oliva
El escritor chileno radicado en Chicago, Estados Unidos, lanzó recientemente “Se supone que hay una revolución”, libro en el que aborda la contracultura chilena de la década de los ’70, desde su trabajo inicial sobre “Piedra Roja”.
A fines de 2010, en la Feria Internacional del Libro de Santiago, Antonio Díaz Oliva presentó a los lectores el texto “Piedra Roja”.
El libro profundizaba sobre “el Woodstock chileno” que se celebró en la precordillera de Santiago, en octubre de 1970. Edición que también se acompañaba de imágenes históricas tomadas en el evento por el fotógrafo Paul Lowry.
Quince años después, el escritor originario de Temuco vuelve a retomar la historia. Producto de esa ampliación pudo dar vida a un segundo escrito en formato de historia oral. En “Se supone que hay una revolución”, aporta una nueva dimensión de los acontecimientos contraculturales que estaban sucediendo en el Chile de los ’70. En plena época de la Unidad Popular de Salvador Allende. Conversamos con el autor y esto fue lo que nos contó.
-Antonio, ¿cómo nace la propuesta de investigar sobre la contracultura chilena de los ’70?
-Este libro surgió de otro libro: “Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno”, que publiqué en 2010. Al final de ese libro puse un e-mail por si había gente que quería compartir sus experiencias sobre el festival y el hipismo en Chile. A lo largo de los años me llegaron varios, así como personas que leían el libro me mandaban correos, a veces largos.
Eventualmente, cuando la tercera tirada del libro de acabó (ahora va por la quinta) quise hacer una edición nueva y mejorada. Pero a medida que lo revisaba lo fui rescribiendo y salió este otro libro, que es sobre la contracultura en Chile durante esos años.
“Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno” es mi libro sobre el hipismo durante la UP. Y “Se supone que hay una revolución” es mi libro sobre la contracultura durante la UP. Son como libros-primos.
-¿Cómo fue el proceso de investigación, escritura y publicación del libro?
-Escribir libros como es como volverse adicto. Una vez que estás metido en el libro, en su escritura, cuesta salir. Cuando ya me decidí a que este sería otro libro, me puse a hacer entrevistas y a investigar nuevamente. Fueron un par de años. Me lo pasé muy bien y pude, no sé, hablar con Ariel Dorfman, quien era cercano a Allende. Conversamos sobre su visión de la contracultura (y hace una suerte de mea culpa interesante). Así como Sergio Trabucco, quien estuvo trabajando en la adaptación de “Palomita blanca” y fue cercano a Raúl Ruiz, entre otros.
Entonces vino el desafío de armar este libro, en el que no hay un narrador que unifique todo. Es una labor de montaje, tal como una película o un documental, más bien. Es entretenido, pero puede que te vuelvas loco. Terminé saturado con el libro y con el tema, pero creo conseguí mi meta.
El Chile contracultural de los ’70
“Se supone que hay una revolución” es una historia oral donde no se emite un juicio general, sino que se recoge las experiencias mismas de esa época y su reflejo en la memoria de muchos que estaban apretados entre la derecha (que se volvería autoritaria y sanguinaria con Pinochet) y una izquierda fragmentada (porque, si bien tenía Allende como líder, no se ponía de acuerdo) y por momentos dogmática.
El año pasado gané el premio Escritura de la Memoria por el Ministerio de las Culturas. Gracias a eso hablé con la gente de Pez Espiral, que tiene una línea de libros de música.
–¿Con qué sorpresas se encontró?

-Muchas sorpresas. Gracias a esas sorpresas pude seguir investigando y trabajando en este libro, pese a que, en un principio, a ninguna editorial le interesó (especialmente las editoriales grandes: Planeta y Penguin). Pero muchas sorpresas, como te digo, porque ese período (fines de los 60 e inicios de los 70) fue efervescente en lo cultural y político.
Por eso me interesaba escribir este libro: todavía no se ha explorado bien esa etapa, en parte porque el trauma de la dictadura sigue ahí. Pero se sabe poco de cómo la contracultura ha influido en la construcción de Chile, de su identidad, de sus hitos y relatos.
¿Una mentira?
O sea, imagínate que en el libro Sebastián Piñera dice que fue a Piedra Roja y que era hippie, cuando hay gente que dice que probablemente el ex presidente miente. Él que sí fue es su hermano: el Negro Piñera. Pero cuando hablé con él no me dijo nada interesante. Lo cual me recordó esa frase: “Si recuerdas los ’60, es porque no estuviste ahí”.
También esto de explorar la contracultura sirve para matizar los años de la UP, donde hubo muchas cosas interesantes desde la izquierda. Pero asimismo desde grupos y sectores que no eran necesariamente comprometidos con los valores de esa izquierda allendista. Eran cabros y cabras en otra onda. Y eso también es Chile.
Y otra de las cosas que encontré es que luego del Golpe se hace en Nueva York “Friends Of Chile Benefit Concert”. Allí tocan Bob Dylan y otros próceres de la contracultura. Era como que la misma izquierda chilena, que despreciaba al rock y el folk, ahora era recibida por sus próceres.
Capturas del pasado
–¿Cómo accedió a las fotografías de Paul Lowry?
-Estaban en Flickr. Las encontré por azar, allá por 2010, cuando estaba investigando para “Piedra Roja”. Luego me enteré que yo conocí a Paul. Mi familia, o parte de mi familia, es de Temuco. Nací allá y estuve hasta los siete años. Mis viejos, en la dictadura, eran parte de distintas organizaciones que luchaban para derrocar a Pinochet, o grupos de apoyo a familias de detenidos desaparecidos. Bueno, Lowry era el hijo del pastor de la iglesia metodista, los que financiaban la ONG donde mi mamá trabajaba. Muy sincrónico todo. Muy a la chilena: todo muy chico.
–¿Qué piensa acerca de la participación de bandas históricas como Los Jaivas en Piedra Roja?
-Me encanta ver las fotos, especialmente las de los Blops, que son como borrosas, súper sicodélicas. Y las fotos de Los Jaivas donde aparece Gabriel Parra, gran baterista. Pero seamos honestos: la música en Piedra Roja sonó pésimo. Esto no dejó mucho en lo musical. Eso lo dicen en el libro todos los músicos.
Pero eso es lo interesante de los eventos socioculturales. Piedra Roja fue la primera vez en que muchos jóvenes no volvieron a dormir a sus casas. Algunos, incluso, nunca más volvieron a sus casas: se fueron a vivir en comunidades. Y años más tarde algunos de los asistentes a Piedra Roja se militarizaron o se acercaron a la izquierda. Esa misma izquierda que los odiaba, como se puede ver en la entrevista que Patricia Politzer le hace a Los Jaivas, donde básicamente los tildan de vagos por no unirse al proyecto del compañero Salvador Allende. La contracultura a veces tiene más impacto por la onda que transmite; no por lo musical. Lo mismo luego pasó, no sé, con los primeros conciertos de Los Prisioneros. Con sonidos dudosos, pero una parada sobre el escenario, en plena dictadura, que era increíble.
El primer gran hito del rock nacional
–¿Cómo siente que envejeció el libro “Piedra Roja” después de haberlo editado hace 15 años?
-Bien y mal. O sea, cuando el libro salió, yo tenía 23 años. Super chico. La escritura no me convence, a ratos, pero al mismo tiempo estoy agradecido de él. Pude viajar, pude conocer gente, y pude seguir interesado en este tema.
Con los años, y con las lecturas, me di cuenta de que había paralelismos entre esa época y hoy. 
Creo que en ambas épocas sucede una guerra cultural. La cultura está al centro de la política, ya sea la juventud en los setenta (en el libro se puede leer sobre cómo se legisló sobre la juventud, el ocio, las drogas). Igual que ahora, en donde la cultura está en un proceso de cambio debido a discusiones sobre género, medios de comunicación, AI, etcétera.
Y creo que ambas épocas se pueden representar con el título del libro: “Se supone que hay una revolución”. En los ’70 era la revolución de Allende, el socialismo con vino y empanadas que democráticamente llegó al poder (lo que les duele a los conservadores hasta hoy). Pero también era la revolución de las flores, de los hippies, de las nuevas formas de vivir… Y hoy estamos ya finalizando lo que se suponía sería la revolución post-estallido.
Al final, este libro plantea discusiones sobre la memoria cultural de un país. Y hoy creemos que se puede forzar esa memoria cultural, cuando es súper azaroso. El concepto de la memoria de un país es algo muy elástico y lo que me gusta de una historia oral es que incentiva esa elasticidad. De otra forma, podemos caer en registros innecesariamente académicos, supuestamente serios, alejados de la calle, que es donde la memoria está gestándose y en disputa.
Un nuevo viaje escritural creativo
–¿Cómo nació esta nueva propuesta de reescribirlo y convertirlo en una historia oral?
-Me fascina el género de la historia oral. Soy muy fan de libros como “Por favor, mátame: la historia oral del punk” y “Nos vemos en el baño: Renacimiento y Rock and Roll en Nueva York, 2001-2011”. Y en Chile hay un par de buenos ejemplos, como el librazo de Rodrigo Fluxá sobre la Blondie, y “Es difícil hacer cosas fáciles”, de Javiera Tapia y Daniel Hernández, donde se mapea la escena musical independiente. También me gusta mucho, y creo que debería haber alcanzado más lectores, el libro sobre ese experimento llamado “Canal Rock & Pop: Nunca cumplimos 30”, de María Ignacia Pentz y Javier Correa.
Es decir: siempre me fascinó el género y siempre, cuando escribí la crónica que se volvió en “Piedra Roja”, quise escribir una. Y a medida que me metí más y más en “Se supone que hay una revolución” se me hizo evidente, ya que es un libro sobre grupos y comunidades socioculturales, que tenía que ser una historia oral.
En medio de su escritura pude leer, además, un libro clave: “La noche de Tlatelolco”, de Elena Poniatowska. Escrito en los setenta, usa el formato de historia oral (es decir: deja que los protagonistas hablen). Pero asimismo incluye lo que dijeron los medios de comunicación, así como hasta los grafitis y rayados de Ciudad de México. Es casi como un collage literario.
Y en “Se supone que hay una revolución” también dejo que los medios “den su testimonio” y asimismo pongo extractos de libros (“Palomita Blanca”, “Mala Onda”, “Nocturno de Chile”, una novela de Hernán Rivera Letelier y “Papelucho”).
Un Chile musical que resuena en la escritura
-¿Considera que en Chile existen otros mitos en la música que sería interesante que pudieran convertirse en una investigación?
-Creo que en cuanto a la música chilena hay mucho que escribir y explorar y contradecir. Yo vivo en Chicago, y acá la producción de libros de musical es inmensa. Hay libros sobre todos los temas musicales e historias. Igual, a la distancia, en esta década y más que llevo fuera de Chile he visto que el interés por la música chilena ha crecido desde los mismos chilenos. Y eso está salpicando un poco a los libros. Fui a Chile en diciembre y me traje el libro de Los Prisioneros de Alejandro Tapia. Es un excelente complemento a ese increíble podcast de Nicolás Alonso sobre Jorge González.
Pero bueno, ahora estoy terminando un libro que recopila todas mis entrevistas a escritores de Estados Unidos. Más de dos décadas de ejercer periodismo en medios de Chile, América Latina y España. Escritores que he tenido la suerte de entrevistar, como Margaret Atwood, Don DeLillo, John Irving, etcétera.
No tiene muchos puntos en común con “Se supone que hay una revolución”. Pero me gustaría escribir otra historial oral, una sobra la música funk y bailable en Chile. La música disco, durante la dictadura, era la música que los torturadores de la CNI escuchaban. Y luego en los ’90 llegan los Tetas y los Chancho en Piedra, y luego lo bailable se vuelve indie con Dënver y Alex Anwandter…
Me encantaría, para este libro, encontrar un partner y hacer el libro a dos manos, en parte porque tengo dos hijas, un trabajo a tiempo completo, y además como tres proyectos literarios al mismo tiempo. Bueno. Ahí la dejo, por si alguien se interesa…


