Cruces gamadas
Hasta en un estadio japonés flamearon días atrás banderas nazis, recordándonos que el ultrismo de derecha en el fútbol está más vivo que nunca. Es muy probable que la resurrección de los nacionalismos anti globalización ayuden a su crecimiento, lo que pondrá a prueba la capacidad de la FIFA para combatirlo.
Fenómeno difícil de contrarrestar. El rechazo a la globalización expresado recientemente en las urnas por vastas capas europeas y estadounidenses es un signo inequívoco. El malestar y la indignación entre quienes se han quedado atrás sigue creciendo tal como la añoranza de aquellas ideologías totalitarias que prometen el paraíso en la tierra a cambio de odiar a los inmigrantes.
Por eso pretender que el fascismo y el nazismo permanezcan alejados del fútbol es una utopía.
Ni siquiera que haya brotes en tierras más lejanas puede sorprender. Menos en Japón, país aliado de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
A mitad de abril recién pasado el Gamba Osaka –uno de los grandes del fútbol nipón- fue multado con unos 12.400 euros, por una bandera nazi con el emblema de la «SS» colocada en las galerías por algunos hinchas en un clásico disputado en casa contra el Cerezo.
La reacción inmediata consistió en desmantelar al grupo de hinchas extremistas y prohibir indefinidamente cualquier pancarta en sus tribunas.
Pero lo cierto es que más temprano que tarde en cualquier tribuna de un país que se sienta afectado por la diversidad y la competencia flamearán banderas y lienzos totalitarios.
Para reforzar este vaticinio de Perogrullo basten algunos ejemplos especialmente duros.
Como un partido por la Copa UEFA entre el Soroki de Bosnia y el Hapoel de Israel. Esa vez varios grupos de hinchas locales repetían «Auschwitz, Auschwitz« (el nombre de uno de los mayores campos de exterminio del Tercer Reich) y «Sieg Heil« (un saludo de las tropas nazis).
Fue esa una demostración de que nadie está inmune al virus totalitario. Es que suena raro que hinchas bosnios se apeguen al nazismo, considerando que su país fue una de las víctimas más golpeadas por el totalitarismo serbio durante la Guerra de los Balcanes, en los años ‘90.
Pero la tentación nazista o fascista no solo campea en Europa y Estados Unidos. No hace mucho hubo una increíble demostración en Argentina que involucró a los hinchas de Talleres de Córdoba.
El club cordobés recibió una sanción debido a las banderas con cruces esvásticas que exhibieron algunos de sus hinchas en un partido del torneo de la Segunda División.
El árbitro se excusó de no haber suspendido el partido arguyendo que no vio las banderas. De todos modos, el entonces intendente de Córdoba, Luis Juez, reprochó duramente lo ocurrido y ordenó medidas para evitar la repetición de episodios similares a cargo de hinchas a los que calificó lisa y llanamente de “imbéciles que ni deben saber qué era lo que tenían en la bandera”.
Nunca se supo si esos hinchas eran tan ignorantes o no, simpleza que cuesta tragarse.
De lo que si no cabe duda es del extremismo de derecha anidado desde hace décadas en la hinchada del Lazio, el equipo romano al que el “Matador” Salas ayudó a reverdecer viejas glorias.
No hay partido de local en el Olímpico de Roma que no sea testigo de las demostraciones fascistas de su hinchada, que en el 70 por ciento se declara políticamente de “extrema derecha”.
Su primera gran demostración racista ocurrió en los años 90 cuando la Lazio jugó contra un equipo israelí y sus barras bravas desplegaron una bandera que decía: «Auschwitz es tu país; los crematorios, tu casa».
En febrero de 2002 los hinchas de la Lazio volvieron a llevar masivamente banderas con cruces celtas y retratos de Benito Mussolini causando un escándalo con repercusiones en todo el kfútbol mundial. Las autoridades italianas tomaron una decisión que se mantiene hasta hoy y que casi todas las ligas del mundo copiaron: los partidos de fútbol podrán suspenderse si aparecen leyendas xenófobas en las tribunas.
En Chile hemos tenido episodios racistas que no han cundido ni menos creado tendencias. Uno de los más recordados fueron los insultos raciales de la hinchada de Colo Colo contra el colombiano Faustino Asprilla durante un clásico con la Universidad de Chile.
O los más recientes insultos de un minúsculo grupo de hinchas de Deportes Iquique hacia el venezolano Emilio Rentería. Ocurrió en 2014 y provocó el desagravio presidencial hacia el delantero que reclamó con justa indignación por lo ocurrido.
Después no ha habido repeticiones, lo que demuestra que ciertas intolerancias manifestadas recientemente en encuestas hacia los inmigrantes de color no han repercutido aún en nuestros estadios.
FALSOS ÍDOLOS
Lo increíble es que a veces sean los futbolistas, llamados a dar ejemplo de tolerancia, pacifismo y deportividad, los que hayan alentado estas exacerbaciones.
En el caso de la Lazio, sus ultras tenían un instigador en la propia cancha.
Se trató del delantero Paolo di Canio, nacido en su cantera y que defendió los colores celestes entre 1985 y 1990 y luego, en el ocaso, entre 2004 y 2006.
El goleador que alcanzó a vestir la Azzurri se popularizó tristemente por celebrar sus 127 goles en toda su carrera extendiendo el brazo derecho, característico saludo fascista, para el delirio de los numerosos nostálgicos de Mussolini que abundan en su hinchada.
Su explicación de por qué lo hacía no convenció a nadie: «Soy fascista, pero no racista. Hago el saludo romano para saludar a mis aficionados y a los que comparten mis ideas. Este brazo tendido no quiere nunca ser una incitación a la violencia y menos al odio racial».
En su momento, el Comité de Disciplina lo sancionó por ese gesto con 10.000 euros de multa. Pero a los pocos partidos, Di Canio repitió su gesto.
Di Canio se retiró a los 40 años de edad sin dar, literalmente, su brazo a torcer.
Sin embargo, su caso no es único.
Uno de sus imitadores fue Pavel Horvath, del Sparta Praga, quien jugó profesionalmente hasta el año 2015, defendió 19 veces la camiseta nacional checa y alcanzó su apogeo en el Sporting de Lisboa y el Galatasaray.
Horvath varias veces desplegó el saludo nazi en el campo de juego y fue multado por la federación de fútbol de su país en 6.900 euros. Hace dos años ya que pasó a retiro y, con él, la reprochable exaltación de una ideología que nada bueno legó a la humanidad.
Hasta ahora el fenómeno se ha mantenido a raya. Gestos colectivos de notable humanidad como los reproches surgidos desde selecciones emblemáticas como la alemana -cuna del nazismo- o de la francesa –símbolo de la integración racial- han servido de antídotos convincentes.
Pero es muy probable que rebrotes más inquietantes sigan apareciendo en canchas de diversos países y hasta continentes.
Los sucesos políticos que fomentan el nacionalismo nos irán dando la pauta.
