Crónicas de Sergio Ried: Lacoste y el «Cocodrilo de Oro»
Palabra mágica que, con su famoso cocodrilo estampado en numerosas prendas deportivas y de vestir, ha cautivado a varias generaciones en todo el mundo.
Por SERGIO RIED / Fotos: ARCHIVO
Famosa es la «chemise» de piqué, pensada para el tenis y que hoy, al ser usada por la realeza europea, las celebridades del cine y el «jet set», hicieron que cualquier prenda, perfume o accesorio que lleve impreso el cocodrilo verde, sea símbolo de elegancia y exclusividad.
Como no podía ser de otra manera, la empresa Lacoste en Chile publicitaba su marca en la revista Quince Cero, la única en el país dedicada totalmente al tenis.
El año 1994, la concesionaria instituyó un premio para el periodista de tenis del año, distinción que continuaría en los años siguientes con el ski y la vela. Lo que no sucedió, por el cambio de representante de Lacoste en Chile.

El premio llamado «Cocodrilo de Oro», fue discernido por el director de Digeder y los presidentes del Comité Olímpico, la Federación de Tenis, el Círculo de Periodistas Deportivos y la propia gerenta de Lacoste y recayó por casi unanimidad (hubo un voto para un connotado periodista de fútbol) en mi persona.
En una brillante ceremonia, que reunió a más de 200 personas, en una gran carpa junto a la casa matriz de Lacoste en El Golf, con la animación de mi amigo Leo Caprile.
Y tras los discursos de rigor y una presentación digitalizada de algunos aspectos de mi vida, recibí el preciado premio de manos de Jackeline Schnetzer, la gerenta de Lacoste en Chile.
PARÍS EN COCODRILO
El premio consistía en una bandeja de plata con un cocodrilo de oro incrustado en su centro y un viaje para mí y mi esposa Frieda (QEPD) a París, con invitación VIP al campeonato de Roland Garros, visita a las oficinas de Lacoste en la Rue de Castiglione, donde nos recibió Bernard Lacoste, hijo del mítico René (foto principal), y presidente de la Societé Lacoste, un viaje a la fábrica de la famosa «chemise», en la ciudad de Devanlais, en Troyes.
Y, de regreso en París, una seguidilla de invitaciones a cenar en reputados restaurantes parisinos, al Lido, al Moulin Rouge, al Louvre y otros lugares emblemáticos de una ciudad que yo conocía muy bien por haber vivido allí varios años como becario y luego visitarlo anualmente como periodista a cubrir Roland Garros.
EL VILLAGE
Ese Roland Garros fue muy diferente a todos los que había asistido como periodista, porque esta vez, aparte de cubrir el torneo para mi revista Quince Cero, para el diario La Tercera y Radio Minería, era un invitado VIP, lo que me daba acceso con Frieda al Village y otros lugares exclusivos del emblemático estadio de tenis.
El Village es un pequeño recinto junto al ex court 1, donde los sponsors del torneo tienen un lugar íntimo donde pueden agasajar a sus invitados en pequeños locales con mesitas al aire libre, dónde reinan el salmón, el caviar, las ostras y el champaña y donde uno se podía topar con Alain Delon, Jean Paul Belmondo y famosas artistas de cine y esculturales modelos.
En mi caso, gratas conversaciones en el stand de Lacoste con Catherine, la hija golfista del patriarca y algunos tenistas que vestían con el cocodrilo. Privilegio de quienes portábamos la bendita credencial VIP.

Este increíble viaje en cocodrilo por París, perdurará en mi memoria como una de las grandes satisfacciones de mi carrera de periodista. Fuera de que aún tengo ropa con el cocodrilo hasta que muera.
¡Merci, «crocó»!
