Columna de Sebastián Gómez Matus: La muerte de Pablo Neruda

Imagen del autor

Por El Ágora
Actualizado el 24 de septiembre de 2023 - 9:04 am

Hace 50 años -el 23 de septiembre de 1973- murió el poeta más reconocido de Chile a nivel mundial. Las circunstancias de su muerte siguen siendo dudosas.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

La muerte de Pablo Neruda supuso la muerte de una cultura, de un estereotipo y de un modelo de hombre absoluto. Curioso que ese deceso paradigmático haya cristalizado en un poeta, que suele ser un sujeto ambulante, centralmente periférico. Aunque no siempre fue así: Neruda junto al PC fueron poder puro, haciendo uso de lo que el crítico Justo Pastor Mellado conceptualizó como “garantía poética”.

De hecho, todos los países de América Latina tuvieron neruditos, pero el oriundo de Parral era una treta viandante. El vate nacional murió debido a la metástasis de un cáncer de próstata (dato sobre el que se ha escrito poco en clave psicoanalítica), pero sería más adecuado decir que Neruda murió de nerudosis, una enfermedad mortal.

A medio siglo de la muerte del poeta más publicado del mundo junto con Shakespeare, la obra de Neruda ofrece una retahíla de grietas por donde ha proliferado una crítica demoledora y a ratos reaccionaria, sobre todo desde el feminismo, aunque no haya una unidad bajo este término.

Pero se comete un error, o al menos no se advierte lo siguiente: el verdadero nombre de Neruda era Neftalí (que en hebreo significa “mi lucha”), y entre seudónimo y persona natural hay una complejidad sintomática. Tal vez Ricardo Eliécer Neftalí no hubiese hecho las cosas que hizo Pablo Neruda, a lo Jekyll and Hyde, de no haber sido erigido como un poeta totalizante, totalitario, por las jerarquías del poder. ¿Qué poeta se ve hoy de agregado cultural en Ceylán a los 24 años?

Un poeta menor de la generación de los 80 reparó en el hecho de que, en tanto pater familias, Neruda era un poeta que no dejaba jugar: era el gran palo encebado de la tradición. Esto abre una crítica plausible, no esa crítica policial que quiere desactivarlo en tanto hombre sin haber leído ni un cuarto de la obra del poeta, brutal desde cualquier punto de vista.

Siempre se dice lo mismo: lo mejor de Neruda es “Residencia en la tierra”. En general, la crítica contemporánea de poesía, cualquiera sea su trinchera, es feble en argumentos o ideas que abran lecturas. Más bien da la impresión de que la política de la cancelación (y su paradójica contraparte, el todovale) ha contaminado los espacios del pensamiento, también para cancelarlo.

Al respecto, Neruda no fue un gran pensador. En otras palabras, sus poemas no piensan mucho; son poemas en un sentido lato: cantan, embellecen, loan, conquistan etc. Su libro más leído es su peor libro. Al lado de sus contemporáneos, Neruda resulta un poeta convencional. Basta mencionar a Vallejo o al García Lorca de “Poeta en Nueva York” para confirmar lo que digo, además de poetas contemporáneos como Juanele o Laura Riding, prácticamente invisibles para nerudianos o nerudistas.

Sin embargo, hoy leemos poetas que, sin el afán de echarlas a competir, están a años luz de las poéticas partidistas que proliferaron en el siglo pasado. Pienso en una poeta en particular: Alice Notley, cuya poesía nos queda como poncho.

Lejos de toda convención, de todo anclaje político en el sentido ascensional, su obra podría ser considerada proporcional a la de Neruda, pero justamente esa no es su búsqueda.

Por otra parte, leer poesía supone leer a Neruda, leerlo durante años y seguramente volver a leerlo en unos años más. Esa obra destilará lo que quede de poética en ella y nuevas lectoras y lectores armarán su propio panorama retrospectivo. Leerán. Al mismo tiempo, la poesía de Neruda no se puede leer sin el insoportable calificativo de “importante”.

Habría que preguntarse seriamente qué vuelve importante a una obra, qué significa que sea importante, importante para quién. En menos de 50 años la obra de Neruda ha dado tumbos, mientras que otras escrituras, más subrepticias, menos vitoreadas, comienzan a salir de su invisibilidad.

Tampoco se ha hecho una nueva lectura de Mistral; cierto feminismo la lee desde una instrumentalización metonímica, como si Mistral hubiese sido sólo lesbiana y no poeta, no amiga, no madre, etc. Igual para Neruda hoy: sólo es un violador.

Pablo Neruda excede los parámetros culturales con los que se juzga una obra o incluso una cultura. Neruda fue un mundo que con él dejó de existir.

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.