Columna de ReneX: Delincuencia más allá del castigo

Chile desarrolló un modelo de crecimiento que benefició a muchos, pero que dejó a otros completamente marginados. Y mientras premiemos la ostentación, los jóvenes seguirán aspirando a lo inalcanzable por vías rápidas.

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Por El Ágora
Actualizado el 2 de agosto de 2025 - 12:35 pm

Hoy el castigo para el delincuente es desproporcionado y muchas veces ineficaz, opina nuestro columnista. Foto: ARCHIVO

En tiempos donde la delincuencia es protagonista de la conversación pública, resulta común escuchar acusaciones cruzadas entre gobierno y oposición. La tentación de culpar al adversario político es fuerte. Pero se trata de una forma torpe y reduccionista de enfrentar un problema que tiene raíces mucho más hondas que la administración de turno.

Porque, seamos honestos: no hay política pública capaz de predecir cuándo un individuo decidirá asaltar a otro en plena calle. Un celular robado no es culpa del ministro del Interior, así como un portonazo no responde a la voluntad del Congreso.

Lo que sí es responsabilidad de un país entero -no sólo del gobierno de turno- es construir las condiciones para que ese joven que hoy asalta no vea en la delincuencia su única vía de progreso. Chile desarrolló un modelo de crecimiento que benefició a muchos, pero que dejó a otros completamente marginados.

Un joven con escaso capital social, educación deficiente y escasas oportunidades laborales, sabe de antemano que, incluso cumpliendo con todas las reglas, difícilmente accederá a los bienes que la sociedad premia: ropa de marca, autos de lujo, tecnología de punta.

Para ellos, el delito no es sólo una tentación: es una estrategia racional. Un par de celulares robados al día pueden rendir más que un mes de trabajo honesto. Y sin las barreras de entrada que tiene el mercado formal.

Efectividad policial

Mayoritariamente, la derecha se benefició del modelo social, también de la concentración de la riqueza y de la inequidad asociada. Pero es el mismo modelo que generó una brecha brutal, tal, que la única manera que algunos ven para poder cruzar es el delito. Luego, los responsables son los que han defendido este modelo amparado en mirar sus propios beneficios, incapaces de entender que el bienestar y la prosperidad del otro, es también la nuestra. La otredad como valor cívico de convivencia no existe.

¿Qué hacer, entonces?

Tres líneas de acción son urgentes.

Primero, igualar el acceso a oportunidades reales. Finlandia y Noruega lograron tasas bajísimas de criminalidad invirtiendo en educación de calidad y sistemas integrados de apoyo social. Sin embargo, no basta con escolarizar; hay que garantizar trayectorias educativas exitosas y vínculos con redes de empleo. El delito pierde atractivo cuando el camino formal ofrece estabilidad y dignidad.

Segundo, modificar la estructura penal. Hoy el castigo es desproporcionado y muchas veces ineficaz. No se trata de castigar más, sino de castigar mejor. Si robar un celular implica una pena significativa (sin equivalencias absurdas, pero con proporcionalidad), el incentivo cambia. Uruguay, por ejemplo, logró disminuir los robos con violencia endureciendo penas específicas y aumentando la efectividad policial, y no necesariamente su violencia.

Igualdad de oportunidades

Tercero, revisar nuestro modelo valórico y cultural. Vivimos en una sociedad donde el “tener” vale más que el “ser”. El éxito se mide en bienes, no en méritos. Mientras premiemos la ostentación, los jóvenes seguirán aspirando a lo inalcanzable por vías rápidas. En Japón, la cultura comunitaria y el honor personal operan como frenos sociales al delito. En cambio, en nuestras ciudades, la validación se consigue con zapatillas importadas y celulares de última generación.

La delincuencia crece cuando el modelo de vida es inalcanzable, cuando el mérito no garantiza movilidad, y cuando el castigo es visto como improbable. No es culpa exclusiva de un gobierno, sino del sistema completo, de una sociedad que naturaliza la desigualdad y la exclusión como efectos colaterales del éxito.

Si queremos disminuir la delincuencia, necesitamos más que cárceles y policías. Requerimos cohesión social, igualdad de oportunidades, castigos proporcionales y un profundo cambio cultural.

El resto es ruido político.