Columna de Eduardo Bruna: Nadie necesita de la derecha, Presidente Boric, para aventar tiranías que ellos apoyarán siempre
Durante su gira por Europa, el mandatario reiteró su deseo de que todos los partidos políticos, incluidos los de derecha, se comprometan a rechazar cualquier dictadura surgida de un golpe de Estado y defiendan los derechos humanos. El portazo que recibió de este sector, en este momento tan ganador como soberbio, fue obviamente sonoro. ¿Alguien esperó algo distinto?
Por EDUARDO BRUNA / Foto: ARCHIVO PRESIDENCIA
No se entiende mucho que el Presidente de la República, Gabriel Boric, pretenda que todos los partidos políticos condenen el Golpe de Estado y las atrocidades cometidas durante 17 años. Boric no es un político viejo, pero sí con la edad y trayectoria suficiente como para saber de qué calaña son, en un 90% o más, los políticos de derecha. Los conoce de sobra, porque no en vano antes de ser parlamentario, y luego mandatario, lideró los movimientos estudiantiles de este país plantándole cara a la derecha genuina tanto como a esa derecha que se disfrazaba de “progre” para embaucar incautos.
Los tuvimos durante treinta años jugando a la democracia y a las cambiaditas. Arreglándose la vida entre ellos y tirándole migajas al pueblo en una connivencia obscena que historiadores serios, como Felipe Portales, han denunciado más de una vez.
¿O es que, a sabiendas de la respuesta que tendrás, Gabriel Boric, pretendes desnudarlos frente al pueblo para que éste finalmente se dé cuenta de quienes, por defender sus irritantes privilegios, son capaces de justificar una dictadura oprobiosa y casi dos décadas de barbarie?
Te tengo una mala noticia, Boric. En realidad, más que noticia es la reafirmación de algo que, por lo demás, sabes de sobra: a este pueblo ignorante y envilecido, la honestidad, la corrección y la nobleza le importan un soberano carajo. Producto de la sociedad putrefacta que nos legó la dictadura cívico-militar, reina el sálvese quien pueda, porque el individualismo que nos metieron sibilinamente en la cabeza, majadera y machaconamente, terminó por imponerse. El resultado fue que, del país pobre pero digno que alguna vez fuimos, pasamos a ser el Chile de los pelafustanes, de los patanes, los sinvergüenzas y los caraduras.
¿Tienes claro, Gabriel Boric, que la derecha es mucho más sabia que aquellos que pretenden un camino distinto? De lo contrario, ¿cómo te explicas que hayan llevado dos veces a La Moneda a un ladrón de banco, que tengan mayoría en el Congreso, que hayan ganado una vez más con el Rechazo y que, para esta última faramalla que nos inventaron, haya arrasado un partido que hiede a nazismo y negacionismo?
“El pueblo es el único que vota por sus verdugos”, dijo alguna vez Lula, y no hay por dónde contradecirlo. Lo único que se le podría retrucar al ex dirigente sindical, hoy mandatario de Brasil, es que él está pensando en un pueblo digno, trabajador, honrado y, sin necesidad de ser culto, con la información suficiente para identificar y asumir al adversario Sólo que ese es un pueblo ideal e idealizado. Es un pueblo que ya no existe.
¿Te parece poco que una gran proporción de esos chilenos “no esté ni ahí”, como dicen todavía los jóvenes, con el patán que se creía Presidente, con su Constitución espuria y su despreciable legado de abusos y latrocinios? Hasta existen muchos, más de lo tolerable, que dicen con todo desparpajo que “a mí la política no me interesa, porque el lunes voy a tener que ir a trabajar igual”. Si alguien sabe de un candidato que en su campaña haya ofrecido que no trabaje nadie, nunca más, que por favor me avise. En Chile o en cualquier parte.
Mejor se ven callados, tropa de imbéciles.
No pierdas tiempo, Boric. No te desgastes pretendiendo convertir burros en cebras. Los poderosos de este país, y sus lacayos que están en todas partes, siempre sacarán un conejo de la galera para defender lo indefendible. Te van a decir, como ya lo están haciendo, que “sería un acuerdo escrito con la mano izquierda”, que “el pésimo gobierno de Allende propició el golpe”, que éste “vulneró las leyes” y que “existe todo un contexto que justifica plenamente el que, el 11 de septiembre de 1973, la democracia haya entrado en receso” gracias a esos “salvadores de la patria” vestidos de uniforme.
Pamplinas, Presidente. Hasta el menos informado de este país sabe que Salvador Allende estaba condenado desde la misma noche de su triunfo en las urnas. Aunque hubiera hecho un gobierno perfecto, que desde luego no lo fue, la cuenta regresiva para su mandato, e incluso su vida, comenzó a marcar en cuanto Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos, y ese genocida llamado Henry Kissinger, en el Salón Oval de la Casa Blanca, se propusieron “hacer aullar” nuestra economía.
Todos sabemos que no es broma ser atenaceado por el más poderoso imperio que la humanidad haya conocido en poco más de dos mil años de historia. Mientras la prensa yanacona de este país recibía millones y millones de dólares para mentir y tergiversar descaradamente, lo propio acontecía con los gremios del transporte y del comercio. En plena Guerra Fría, el imperio miraba a Chile como una pieza de ajedrez al que había que someter y aplastar. “Estados Unidos no puede tolerar otra Cuba”, nos decían, pero se cuidaban muy bien de no mencionar sangrientas dictaduras que ellos habían instalado a través de toda Latinoamérica para proteger “la libertad”.
¡Qué caraduras son estos gringos…!
A uno, que ya es viejo, no le pasan tan fácilmente gatos por libre. Pudimos ver, la mañana infausta de ese 11 de septiembre, cómo en las mansiones del barrio alto se celebraba con champaña, mientras en los barrios populares cundían la sospecha, el miedo y la delación.
Tuvo ese golpe de Estado, además, un efecto milagroso. El toque de queda ese martes comenzó a las 18.00 horas; el miércoles 12, nadie pudo salir a la calle. Pero el jueves 13 los comercios, hasta ahí vacíos, rebosaban de todos esos productos que antes habían escaseado como el uranio.
Lo grave, lo triste y espantoso, es que se desató la barbarie. La quema de libros fue toda una anécdota ante la crueldad desatada. La tortura, el asesinato, la desaparición de personas o el quemarlas vivas, jamás fueron condenadas por esos mismos que calumniaban a Allende con acusaciones de todo tipo. Brutales y descaradas mentiras. Allende, aunque les pese, fue un modelo de demócrata y consecuente hasta los huesos. Un alto general, con los años, reconocería que “lo investigamos a fondo, dimos vuelta todo y no dejamos aspecto por analizar y estudiar, para al final de todo aquello concluir que el hombre jamás se había robado ni un puto peso”.
Así es que, por tu salud y por tu tiempo, no te desgastes, Boric, en pedirle peras al olmo. El negacionismo es tan fuerte y tan poderoso que, aunque sea todo un anacronismo, sigue habiendo y surgiendo nazis. El que piensa que para la defensa de sus privilegios necesario es “quebrar huevos”, va a seguir pensando y creyendo que los miles de víctimas de los derechos humanos de este país fueron sólo un “daño colateral”.
Es parte de su naturaleza.
Fueron atrocidades, sí, pero inevitables. Incluso necesarias, para todos aquellos que siguen considerando el miedo como una incontrarrestable arma política.
Lo doloroso y triste es que todos aquellos que nos sentimos ajenos, y repudiamos la barbarie, en esta eterna pelea mucho más perdemos que ganamos.
No importa, chilenos. No importa, Presidente Gabriel Boric.
En las horas de las derrotas permanentes y reiteradas, siempre hay que acudir a la frase de Ernesto Cardenal, ministro de cultura de un sandinismo aún no maleado, que dijo luego de la eventual muerte de los llamados “socialismos reales”:
“Somos soldados derrotados de una causa invencible”.
