Columna de Nicolás Henríquez: Cambiemos el enfoque de la educación técnico-profesional

Mantener un sistema de educación técnica-profesional que tenga el foco exclusivamente en la empleabilidad, podría seguir teniendo un impacto negativo en el bienestar de los estudiantes y de la sociedad en general.

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Por El Ágora
Actualizado el 1 de marzo de 2025 - 3:28 pm

La educación técnico-profesional es criticada por no estar suficientemente alineada con las necesidades del mercado laboral. Foto: ARCHIVO (REFERENCIAL)

En el actual contexto educativo de Chile, la educación técnico-profesional (TP) enfrenta desafíos y debates cruciales sobre su rol en el país y la economía. La formación educacional de jóvenes en diversas especialidades técnicas y profesionales históricamente se pensó como una pieza clave para el crecimiento económico.

Sin embargo, la medición de este impacto sigue estando -en mi criterio- en la nebulosa. Se necesita con urgencia, entonces, utilizar la perspectiva del consecuencialismo.

Esta teoría valora las acciones en función de sus consecuencias. Es decir, si las consecuencias de una acción son buenas, la acción se considera buena. Y si son perjudiciales, la acción se considera mala. Por lo tanto, el consecuencialismo mira las acciones por sus resultados.

En este caso, la ética de las decisiones educativas debería basarse en los resultados de esas decisiones.

En concreto, deberíamos considerar en la educación técnico-profesional el cuestionarnos si las diversas especialidades, los planes y programas realmente preparan a los estudiantes para un futuro laboral acorde a los requerimientos económicos y culturales del país.

Medio para expandir las capacidades

Desde la academia y en particular John Stuart Mill en línea con el consecuencialismo desde el pensamiento utilitarista y en su obra Utilitarianism (1863), sostiene que “la acción correcta es aquella que produce el mayor bienestar para el mayor número”.

En el contexto de la educación TP, esto se traduce en garantizar que los programas educativos no sólo proporcionen habilidades técnicas, sino que también contribuyan al bienestar general de los estudiantes y la sociedad. Así se acerca al desarrollo del principio de justicia educativa tantas veces señalado.

Si los programas TP no fomentan el desarrollo de habilidades críticas y de adaptación a un mundo laboral en constante cambio, la empleabilidad seguirá siendo parcial. Y los beneficios sociales y económicos, limitados. Amartya Sen, en “Desarrollo como libertad” (1999), nos recuerda que “la educación debe ser entendida como un medio para expandir las capacidades humanas”.

Si la educación TP en Chile no se ve como una oportunidad para empoderar a los jóvenes, sino como una opción “de segunda”, sus consecuencias apuntarán a perpetuar condiciones hoy ya preocupantes.

Adaptarse a los cambios

El consecuencialismo, por tanto, nos obliga a evaluar si estamos ofreciendo a los estudiantes un camino que realmente amplíe sus oportunidades. O si estamos condenándolos a una limitada movilidad social.

Aparte, la educación técnico-profesional en Chile es criticada por no estar suficientemente alineada con las necesidades del mercado laboral, lo que limita su efectividad. En este sentido, es fundamental que las políticas educativas TP se diseñen con una visión holística, que considere las demandas del mercado. Pero también el bienestar general de los estudiantes y la comunidad.

La falta de flexibilidad en muchos programas, las eventuales discreciones en la formación docente TP que se enfocan en áreas técnicas muy específicas sin ofrecer una formación más integral o adaptativa, es un ejemplo claro de un enfoque que podría tener consecuencias negativas.

Si no se apunta al desarrollo de diversas habilidades propias del mundo laboral, como la resolución de problemas, la utilización correcta de tecnologías, el trabajo en equipo o el pensamiento crítico, corremos el riesgo de formar trabajadores que no puedan adaptarse a los rápidos cambios tecnológicos y económicos.

Velar por el bienestar colectivo

Eso afectará tanto su desarrollo personal como la competitividad de la economía chilena. En el caso de la educación TP, esto implica formar no sólo buenos técnicos. También ciudadanos comprometidos con su entorno y capaces de contribuir a una sociedad más equitativa y justa.

Mantener un sistema de educación TP que tenga el foco exclusivamente en la empleabilidad, sin considerar el desarrollo de otras habilidades, la calidad del trabajo ni el desarrollo de valores y habilidades humanas, podría seguir teniendo un impacto negativo en el bienestar de los estudiantes y de la sociedad en general.

La educación técnico-profesional debe pensarse como una herramienta poderosa para transformar tanto la vida de los estudiantes como al país en su conjunto. Aplicar desde ahí el factor del consecuencialismo aseguraría que las políticas y prácticas educativas no sólo generen beneficios a corto plazo, sino que construyan un futuro mejor para todos los involucrados. La ética de la educación debe ser guiada por el bienestar colectivo, mirando siempre los resultados a largo plazo.

Nicolás Henríquez Suazo. Profesor de Estado en Historia y Geografía. Magister en Educación.