Columna de Sebastián Gómez Matus: Pancho Villa, el amigo de los pobres
El pasado 20 de julio se cumplieron 101 años del asesinato por emboscada de Pancho Villa, nombre rebelde de don José Doroteo Arango Arámbula, originario de Durango y ex gobernador de Chihuaha.
Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO
En una de las cartas que el escritor William Burroughs envió a sus amigos mientras vivía en México, escribió lo siguiente: “No se preocupen: los mexicanos sólo matan a sus amigos”. La historia de la Revolución Mexicana es una historia de traiciones, de engaños y audacias rufianescas. Quizá toda revolución contenga como germen el mal porvenir. En México, y si me apuran, lo que vino fue la institución de un totalitarismo que subvierte el ímpetu de la libertad en un ejercicio del poder taimado e irreflexivo. Fue básicamente el problema que tuvo la Unión Soviética con Trotsky, que vio todo muy claro.
El pasado 20 de julio se cumplieron 101 años del asesinato por emboscada de Pancho Villa, nombre rebelde de don José Doroteo Arango Arámbula, originario de Durango y ex gobernador de Chihuaha. Para los mexicanos, era conocido como El Centauro del Norte.
Existen varias versiones de cómo llegó al seudónimo Francisco Villa y posteriormente al hipocorístico de Pancho Villa, por el que es reconocido mundialmente. Una dice de su relación con un tal Francisco Villa que, encontrándolo fugitivo de la ley, lo recogió en las montañas y lo hizo parte de una pandilla de bandidos encabezada por él. Otra versión dice que recoge el nombre de un familiar, a propósito de no haber sido reconocido por su padre. En rigor, no hay claridad respecto de dónde tomó el nombre.
Ya en 1910, Pancho Villa conoció a Abraham González, un maderista opositor del entonces presidente Porfirio Díaz. Este hombre vio los potenciales revolucionarios de Villa, “el amigo de los pobres”, para sumarlo a la rebelión que había estallado en la cara de los terratenientes.
Un año después, la Revolución Mexicana triunfaba. El ex presidente Díaz huyó a Europa, el ejército fue desarmado y se organizaron elecciones de las cuales Francisco Madero resultó vencedor. Fue cuando aparece el complemento: Emiliano Zapata, que había apoyado a Madero con la condición de que hiciera una reforma agraria mayor, se sintió traicionado al ver que el nuevo presidente no había cumplido su palabra.
A su vez, otro involucrado de peso, Pascual Orozco, también acusó a Madero de no cumplir con el Plan de San Luis, encabezando una sublevación a principios de 1912. No obstante, Villa siguió durante un tiempo fiel a Madero, hasta que este último decidió aplacar las huestes revolucionarias de Orozco con un ejército comandado por Victoriano Huerta, general porfirista, un sujeto siniestro en los anales mexicanos.
Huerta acusó a Villa de insubordinación y en un consejo de guerra que duró un cuarto de hora, decidió que debía ser fusilado. Gracias a la intervención de Gustavo Adolfo Madero, hermano del presidente, la sentencia no se cumplió y Villa fue trasladado a una prisión, donde aprendió a leer y a escribir, para posteriormente fugarse en noviembre de 1912.
Huerta seguía avanzando en sus traiciones y decisiones antirrevolucionarias, lo que colmó la paciencia de Villa y Zapata, quienes unieron fuerzas contra el régimen dictatorial de Victoriano Huerta.
“Parral me gusta hasta pa’morirme”, fueron las premonitorias palabras de Villa previo a su asesinato. Tras unos años de vida menos agitada, retirado en la localidad de Canutillo, en el estado de Durango, su estado natal, el 20 de julio de 1923 parte hacia Hidalgo de Parral, una localidad al sur del estado de Chihuahua, rumbo a Río Florido, donde asistiría al bautizo del hijo de un amigo.
Si bien es cierto que Villa sabía de las intenciones del presidente de ese período, Álvaro Obregón, no sospechó que un asesinato fuera posible, menos en un contexto dizque familiar. Craso error: para dar a entender que emprendía viaje sin animosidades, Villa prescindió de la escolta habitual de 50 hombres y sólo fue con cinco de ellos, entre los cuales estaba el general Trillo y su mano derecha, Daniel Tamayo.
El asesinato fue tramado por el presidente Álvaro Obregón y su sucesor, Plutarco Elías Calles que, se dice, respondían a órdenes provenientes de Estados Unidos, que ya comenzaba a controlar la política interna de los vecinos y que para reconocer la legitimidad del estado mexicano precisaban la muerte del revolucionario centauro. Los encargados de materializar el asesinato fueron Jesús Salas Barraza, diputado local, Melitón Lozoya y el general Joaquín Amaro.
Al grito de “¡Viva Villa!” alertaron a los pistoleros de que el objetivo entraba en el lugar de su inminente muerte. Antes de descerrajar las balas, estos gritaron “¡Viva México, cabrones!”, dando muerte al líder revolucionario con una balacera infinita.
El cuerpo de Villa fue abatido en el acto por trece proyectiles. También murieron tres escoltas, como informó El siglo de Torreón en la época, más dos heridos.
Por último, en 1926, la tumba de Villa fue profanada y decapitaron el cuerpo para llevarse la cabeza, que hasta la fecha no ha aparecido. Se dice que cada 20 de julio se ve en las calles de su país el fantasma de Pancho Villa para recordarle a su gente que fue asesinado a traición.
SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS
Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.
