Columna de Daniel Pérez Pavez: La terapia colectiva de una fiesta sin furia ni barras bravas…
Los Juegos Panamericanos le cambiaron el semblante y el ánimo a un país estresado constantemente, que hoy participa con entusiasmo y alegría de un evento sociodeportivo de trascendencia histórica.
Por DANIEL PÉREZ PAVEZ / Foto: AGENCIAS
El impacto terapéutico de los Juegos Panamericanos en la estresante cotidianeidad de nuestro país parece insoslayable, más allá de algunos reproches por los costos de Santiago 2023 y ciertos desajustes propios de una ciudad agitada por el evento deportivo internacional más importante de la historia. La presencia de siete mil atletas revoluciona la diversidad de locaciones en las que desarrollan sus actividades y, en ese ambiente febril, el público se deja llevar por la alegría y los estímulos emocionales que, más allá de los resultados y las medallas, generan las competencias.
La presencia masiva de la gente en los estadios y flamantes centros deportivos demuestra, de paso, que una adecuada organización puede ser el mejor vínculo de compromiso con los chilenos que nunca antes vivieron un acontecimiento de esta magnitud. Y también los medios de comunicación se involucran en un magnífico despliegue informativo que, por ejemplo, copa las pantallas de los principales canales e, incluso, motiva en forma inédita la tranmisión ininterrupida de los Juegos por parte de TVN, como único eje de su programación.
La mirada del deporte como un fenómeno cercano y tangible torna todo más amable y va cautivando a la masa a través del espectáculo y, fundamentalmente, de los valores que por igual transmiten -casi subliminalmente- una prueba, un esfuerzo, un gesto, una derrota y un triunfo épico. Qué mejor modelo de valor, templanza, compromiso y resiliencia que la ciclista chilena Aranza Villalón, quien –con el corazón destrozado- besa su medalla de bronce en el ciclismo apenas dos días de perder a su hermano asesinado.
Sacrificio, responsabilidad, espíritu de lucha, solidaridad, honestidad, tolerancia, disciplina, lealtad, justicia. El principal legado de Santiago 2023 resulta incalculable, pero seguramente trascenderá a los records, las cifras de financiamiento, los nuevos y viejos campeones y los balances puramente materiales.
Y es que el público que ahora lo comparte desde su tribuna particular –frente a la TV, instalado en una butaca del polideportivo o desde este diario- lo ha sabido asimilar con una actitud ejemplar de respeto, apoyo y admiración hacia los protagonistas del continente.
En rigor, los impecables escenarios de las distintas disciplinas reciben a espectadores que sienten el deporte como una actividad lúdica y apasionante, que detona emociones y sólo reclama el aplauso para el esfuerzo colectivo. Sin violencia, agresiones ni aquellas barras bravas que -con sus termocéfalos vociferantes hacen invivible el fútbol chileno actual-, la fiesta de Santiago 2023 rescata las virtudes de un país que, según ese espíritu colectivo, hoy disfruta y valora lo que tiene…
