Columna de Julio Salviat: La U, una tumba para los dotados
En las cinco temporadas que siguieron al último título conseguido por los azules, 30 jugadores de grandes condiciones han sido un fracaso. ¿Pesa la camiseta o hay otro factor que explique tamaña realidad?
Por JULIO SALVIAT / Foto: ARCHIVO
El hincha de Universidad de Chile no puede entender que Yonathan Andía, el mejor lateral chileno del campeonato 2021, no haya podido refrendar las brillantes actuaciones cumplidas con la camiseta de Unión La Calera. Tampoco comprende cómo Federico Mateos, el líder del equipo que llevó a buenas alturas a Ñublense en la temporada pasada, no pueda pegar un grito conduciendo a los azules. Le cuesta también aceptar que Juan Pablo Gómez, eficientísimo en Unión Española, no pueda siquiera disputarle el puesto al decaído Andía. Además, no sabe qué hace ahí Jeison Vargas o qué le pasa.
No es nuevo el fenómeno: desde que la U consiguió su último título en el campeonato nacional, el Clausura de 2017, han sido más los que fracasaron que los que lograron conformidad. Son al menos 30 los jugadores que están o se fueron sin haber respondido a sus antecedentes.
En 2018 hubo dos casos sintomáticos: Felipe Saavedra y Armando Cooper. El primero, por entonces figura en San Luis y seleccionado nacional sub 21, no dejó huella alguna en el equipo; el segundo, volante panameño con paso en Argentina, Rumania, Alemania y Canadá, jugó dos partidos en toda la temporada. Con ellos llegaron otros que destacaron, Angelo Araos y Jeferson Soteldo, y dos que cumplieron medianamente, el brasileño Rafael Vaz y Franz Schulz.
Al año siguiente el desastre fue total. Ninguno de los nueve incorporados dio el ancho. Sergio Vittor, un central argentino que había sido figura en la U. de Concepción, jugó apenas ocho partidos y nunca convenció; Diego Carrasco, figuraza en Coquimbo Unido, parecía encaminado a lucirse como central y terminó como lateral sin mucha gloria. Augusto Barrios, Jimmy Martínez y Pablo Parra también tenían un lindo futuro cuando se pusieron la camiseta azul, y no lo aprovecharon; los tres siguen en el medio nacional sin muchas luces después de sufrir más que gozar en el sentimiento de los hinchas.
Lucas Aveldaño, otro central argentino con buenos pergaminos (cuatro temporadas en el fútbol español) fue titular, pero sin capacidad para solucionar los problemas defensivos que abundaban desde entonces. Tampoco hizo huesos viejos Nicolás Oroz, volante de Racing que vino a préstamo. Y tal vez el más decepcionante fue el goleador Marcos Riquelme, argentino, que se había cansado de meter goles en Palestino y Audax, y que venía de convertir medio centenar en el Bolívar de La Paz; con la camiseta azul sólo celebró tres goles en los diez partidos que alcanzó a jugar.
En 2020, el balance de los contratados fue de nuevo desastroso. Pablo Aránguiz era en Unión Española una de las promesas más rutilantes del fútbol chileno y se adujo que no logró adaptarse en el fútbol de Estados Unidos para que se instalara en la U, donde anotó siete goles en tres temporadas y donde ni siquiera la compañía de Walter Montillo pudo sacarlo de la mediocridad.
Otras figuras refulgentes en el medio local llegaron al CDA y salieron sin hacer historia: Sebastián Galani, proveniente de Coquimbo Unido, y Fernando Cornejo, formado en Cobreloa y con sangre de crack; cuando se fueron de la U recuperaron sus niveles y siguen destacando por ahí.
Ninguno de los tres extranjeros se adentró en el alma azul. Con bombos y platillos llegaron Luis Del Pino Mago, integrante de la selección venezolana; Reinaldo Lenis, colombiano que se había lucido en Banfield; Cristián Barros, veinteañero puntero uruguayo al que se le vislumbraba gran proyección, lo mismo que Brandon Cortés, volante argentino con sangre chilena que jugaba en Boca Juniors. Todos salieron con la cola entre las piernas.
Se repitió el fenómeno en 2021: cinco refuerzos y cinco fiascos. Ya está mencionado Yonathan Andía. A los otros pajaritos nuevos les fue peor: Nahuel Luján vino con promesas de gol desde Argentina y se fue sin convertir ninguno en 26 partidos; Thomas Rodríguez llegó con las ganas de reeditar las hazañas de su papá, el Leo, y no despegó nunca; Mario Sandoval, que había mostrado muchos méritos en Unión Española, los escondió en la U y los recuperó cuando apenas se fue.
Pero el caso más patético fue el de Marcelo Cañete, el argentino-paraguayo que las hacía todas en Cobresal y no pudo hacer una que fuera con la camiseta azul.
El año pasado, lo mismo: caras nuevas prometedoras y resultado final lamentable: ¿Alguien podía desconfiar del central Álvaro Brun, uruguayo para más señas? No vio una. Igual sucedió con José María Carrasco, seleccionado boliviano. Se esperaba un montón de Ronnie Fernández, y lo único que pudo mostrar fue su notable espíritu de lucha; de fútbol, poco y nada. Tampoco ha sido destacado el aporte de Cristian Palacios.
Y nada se puede decir de dos elefantes que vinieron a su cementerio y se despidieron con harta pena y poco aplauso, Felipe Gallegos y Felipe Seymour, y de una promesa de Huachipato, Ignacio Tapia, en cuyo caso el entrenador prefiere cambiar su sistema antes que incluirlo cuando ha faltado algún titular en la defensa.
Buenos jugadores, malos resultados. Da lo mismo si los trajo Sergio Vargas, Rodrigo Goldberg, Ronald Fuentes, Luis Roggiero o Manuel Mayo. También da lo mismo si el técnico que los dirigió fue Guillermo Hoyos, Frank Kudelka, Alfredo Arias, Hernán Caputo, Rafael Dudamel, Santiago Escobar, Diego López, Sebastián Miranda o Mauricio Pellegrini. A casi todos les va mal y cabe preguntarse el porqué.
¿Será un maldición, una camiseta que pesa o grupos que boicotean a los nuevos?
La respuesta la tienen en la U.
