Deporte chileno: de protagonista a partiquino
La triste realidad muestra que a los sucesivos gobiernos el fomento y el desarrollo de la actividad física y deportiva les importa un comino. La empresa privada tampoco lo hace mal: sólo se juega por el apoyo cuando el deportista ya es famoso y puede convertirse en una buena imagen publicitaria. Resultado: su aporte apenas alcanza al 5% de los presupuestos anuales. Súmele a eso dirigentes ineptos y frescolines, la paulatina desaparición de los clubes de barrio y un sólido sedentarismo que alcanza al 89% de la población, para entender el por qué –salvo honrosas excepciones- en los Juegos Olímpicos de Río no figuramos ni en las cómicas.
En 120 años de historia de los Juegos Olímpicos “modernos”, el deporte chileno ha conquistado 13 medallas. La cosecha de dos preseas de oro, siete de plata y cuatro de bronce nos ubica en el septuagésimo séptimo lugar a nivel mundial y en el sexto entre los veinte países iberoamericanos.
A primera vista, nada mal para un país que tiene un 89% de sedentarismo, de acuerdo a cifras del Ministerio de Salud, sólo que la inmensa mayoría de esas medallas-en rigor nueve-, fueron conquistadas durante el siglo pasado, cuando estábamos lejos de ser económicamente los “jaguares” que ciertos zopencos afirman que somos para seguir emborrachándonos la perdiz y no abramos la boca ni para ir al dentista.
Más todavía: las cuatro medallas cosechadas durante este siglo tienen nombre y apellido: Nicolás Massú y Fernando González. En otras palabras, son fruto exclusivo del esfuerzo personal de ambos muchachos y de sus familias. Y tan claro resulta que ningún personero gubernamental ha tenido hasta ahora, por suerte, la desfachatez de atribuir esos
brillantes logros a los esfuerzos de los gobiernos de turno por fomentar y desarrollar el deporte.
La cruda verdad es que a los sucesivos gobiernos “democráticos” que hemos tenido post dictadura el deporte les interesa un comino.
Exculpando en cierta medida a Patricio Aylwin, que asumió tratando de recomponer un país destrozado, buscando justicia “en la medida de lo posible” y cuidándose de cada bravuconada del ex dictador, mantenido contra toda decencia y lógica como Comandante en Jefe, sus sucesores no destacaron precisamente por su preocupación por el deporte.
Eduardo Frei, salvo su reconocido hinchismo por Universidad de Chile, en este plano no muestra obras destacadas. Ricardo Lagos, en cambio, resultó aún más contradictorio: durante su mandato hizo realidad el viejo anhelo del deporte nacional, esto es, recuperar el estadio techado del Parque O´Higgins en ruinas y abandonado durante décadas, pero para entregarlo por veinte años en concesión a una transnacional que lo utiliza preferentemente para recitales. No sólo eso: pasó a la historia por ser el Presidente que impuso el nefasto sistema de las Sociedades Anónimas para el fútbol chileno, entregándoles en bandeja a los ricachones de este país la única actividad que movía dinero y de la cual todavía no se habían podido apropiar.
Qué decir del primer mandato de Michelle Bachelet: su preocupación por el deporte fue tanta, que designó directora de Chiledeportes a Catalina Depassier, sólo que esta se vio obligada a renunciar por falsear su curriculum (oficialmente aparecía como licenciada en filosofía, sin serlo), y tras un breve interinato de Ernesto Moreno –funcionario de carrera-, designó a Ana Loreto Ditzel, que duró en el cargo lo que dura un suspiro, para luego nominar a Ricardo Vorphal, que también tuvo que retirar rápidamente sus cosas de la oficina tras descubrirse que no podía acreditar que tuviera al menos completa la enseñanza media.
¿Negligencia, desprolijidad o nulo interés por un servicio que era, en ese momento, la instancia máxima del deporte a nivel gubernamental? Cualquiera fuera la respuesta, el papelón fue inolvidable y monumental.
Tras el triunfo de Sebastián Piñera en la segunda vuelta, durante el mes de enero de 2010, el primer mandatario de derecha elegido democráticamente desde 1958, prometió un gobierno “de excelencia”. En otras palabras, sus ministros y principales colaboradores iban a ser tipos de real nivel, lo mejor de lo mejor. La “creme de la creme”, como diría cualquier siútico.
Más allá de que el censo realizado durante su mandato (“el mejor de la historia”, había prometido), fuera un inmenso fiasco, y más allá de que el basculante puente Cau Cau haya resultado para la risa y provocado el jolgorio internacional, Piñera puso como director de Chiledeportes a su amigo y socio Gabriel Ruiz Tagle. Y este –al igual que otros ministros igualmente chantas- tampoco resultó un funcionario de excelencia.
De partida, Gabito ubicó como jefe de comunicaciones a un iletrado que, fiel a los dictados de su jefe, lo primero que hizo fue eliminar el departamento audiovisual, en circunstancias que este emitía semanalmente, y en forma gratuita,un programa de una hora a través de VTR que tenía por objeto la difusión y la promoción del deportey que contaba, además, con dos repeticiones para aquellos que se habían perdido la emisión original.
Quedó claro, de entrada, que a Gabriel Ruiz Tagle, pensando tal vez en una futura campaña política, sólo le interesaba promover corridas y cicletadas en las que las cámaras fotográficas y de televisión lo mostraran a cada rato. Los talleres y el deporte formativo fueron por completo abandonados, al punto de eliminar departamentos enteros dedicados al fomento del deporte masivo.
No sólo eso: al parecer nunca pudo sacudirse de su condición de ex presidente de Blanco y Negro, la concesionara que se apoderó de Colo Colo. Porque durante su mandato el “Fútbol Joven” del Cacique percibió millonarias cifras en proyectos presentados en el IND y financiados por generosas empresas que después descontaban aproximadamente el 60 por ciento de los impuestos que debían cancelarle al Fisco.
La guinda de la torta Gabito la puso en las postrimerías de su mandato, y cuando ya, producto de una ley, pasó a ser el primer ministro de Deportes de la historia: se le perdieron más de 4 mil millones de pesos de los dineros que el Estado aportó para la realización de los Juegos Sudamericanos de marzo de 2014.
Insólito. Pero más insólito fue que Contraloría descubriera que esos dineros habían sido depositados en un banco y que habían generado 132 millones en intereses. ¡Platas fiscales puestas a intereses…! Hasta hoy, el destino de esos dineros sigue envuelto en el más absoluto de los misterios.
Que al poco tiempo Gabito apareciera coludido con la sacrosanta Papelera en el costo de venta al público del papel tissue no podía, por cierto, llamarle la atención a nadie. Como tampoco puede llamar la atención, a estas alturas, que Ruiz Tagle y los Matte, dueños de CMPC, anden por la calle libres y muertos de la risa.
Terminado el gobierno de excelencia, por obra y gracia de la ingenua ciudadanía a Michelle Bachelet le tocó repetirse el plato, algo con lo que ella no estaba en absoluto de acuerdo. Respecto de sus subordinados, claro.
Y he aquí que la Presidenta designa comoministra de Deportes a Natalia Riffo, “experta en seguridad”, de acuerdo a su curriculum.
De partida, la flamante ministra hizo oídos sordos a la temprana alerta que le dio la Anfuchid (Asociación de Funcionarios del Instituto Nacional de Deportes, ex Chiledeportes), acerca de la turbiedad que envolvía el uso y destino de los dineros que el Estado había aportado para los Juegos Sudamericanos que, por calendario, le correspondió a ella clausurar. Nunca movió un dedo. Jamás investigó nada. Hasta que el escándalo le estalló en la cara.
No ha sido, sin embargo, el único pecado de esta ministra experta en seguridad. Cuando ya el escándalo de la FIFA había salido a la luz y era un secreto a voces que el presidente de la ANFP, Sergio Jadue, era investigado bajo fuertes sospechas de ser corrupto y ladrón, la ministra no tenía problemas para sacarse a cada rato fotos con él, departiendo de lo más amigos. ¿Será por eso que esta nulidad como ministra figure hasta hoy como una de las mejor evaluadas del gabinete?
Como para creer en la seriedad de tales encuestas. O en el conocimiento y criterio de quienes opinan tan livianamente.
Lo peor, sin embargo, estaba por venir: en su programa de gobierno la Presidenta Bachelet prometió la construcción de 30 centros deportivos integrales a través de todo el país. De esa cifra, al menos 10 debían estar concluidos el año pasado. ¿Qué ocurrió? Que entrando en la recta final de este 2016 aún no existe construido ninguno de esos centros, en circunstancias que en el presupuesto de la Nación para el año 2015 había destinados 23 mil millones de pesos para dicho efecto.
Dicho con todas sus letras: la ministra, todo un monumento a la desidia y a la ineptitud, se pasó por buena parte el programa de su jefa.
Pero ahí sigue, saliendo en los diarios muerta de la risa y viajando a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro sin siquiera sonrojarse, lo que viene a demostrar que a su jefa el deporte tampoco le interesa tanto.
¿A quién podría extrañarle, entonces, que en los Juegos Olímpicos nuestros deportistas participen, pero en ningún caso compitan, salvo honrosas excepciones?
Desde hace años, el Estado viene invirtiendo más de 30 millones al año en el deporte competitivo. Y de esa cifra, entre 10 y 12 millones van hacia los deportistas del denominado Alto Rendimiento.
Si para 2016, año de Juegos, el gobierno destinó $ 7.086.633 para el Alto Rendimiento, $ 861.695.773 estuvieron destinados a los 42 deportistas que clasificaron para Río, a lo que hubo que sumar otros 225 millones para solventar el viaje y la estadía de la delegación, es decir, atletas, entrenadores, cuerpos médicos y dirigentes.
Cifras que, en frío, parecen más que respetables. Coherentes con lo que gastan otros países latinoamericanos que no se creen jaguares, pero que son la nada misma respecto de aquellos que ven en el deporte una actividad que hay que cuidar, promover y desarrollar.
Un solo dato para marcar diferencias: la última clasificación de un boxeador chileno para Juegos Olímpicos la registra Ricardo Araneda, quien concurrió a los Juegos de Barcelona 1992 y a los de Atlanta 1996. Sólo que mientras la Federación Chilena de Boxeo dispone de aproximadamente 10 millones de pesos para llevar a cabo durante el año dos torneos nacionales (Juvenil y Todo Competidor), la Federación Brasileña dispone de un presupuesto anual de 2 millones de dólares que le entrega la estatal Petrobras.
Así se explica que pugilismo brasileño cosechara en Londres 2012 tres medallas (los hermanos Yamaguchi y Esquiva Falcao Florentino y la peleadora Adriana Araujo), retornando al podio olímpico después de 44 años, cuando Servilio de Oliveira obtuviera la presea de bronce en los Juegos Olímpicos de 1968, en México.
Para ser justos, tampoco el mundo privado se vuelve loco por ir en ayuda del deportista chileno. Se calcula que de todo el dinero que el Alto Rendimiento percibe, apenas el 5% tiene como origen el generoso aporte de la empresa nacional.
Las grandes compañías, la poderosa empresa privada, sólo se meten la mano al bolsillo cuando el atleta nacional, gracias a una conjunción de circunstancias en que el aparato estatal tiene muy poco que ver, logra superar las fronteras del anonimato y se convierte en una imagen reconocida, famosa y, por lo tanto, “vendedora”. Si un chico, por muy bueno que sea, por muchas condiciones que muestre, cree que obtendrá auspicio o apoyo económico siendo un completo desconocido, el choque con la dura realidad puede resultarle muy doloroso y hasta frustrante.
Nada contribuye, pues, a que el deporte nacional levante cabeza en el alto nivel competitivo.
Son cada vez más escasas las áreas verdes para el esparcimiento y el deporte, los colegios públicos –salvo excepciones- carecen de canchas y gimnasios adecuados y la calle es un peligro porque ha sido tomada por el flaiterío y la delincuencia.
La vorágine tecnológica que hoy vivimos también nos juega en contra. Así como nuestros niños y jóvenes cada vez leen menos, así también el computador y los celulares “inteligentes” le ganan por paliza la batalla a la actividad física. Acaso por lo mismo, cuando uno se entera de que el cabrerío sale a dejar los pies en la calle a la caza de pokemones, no sabe si llorar de angustia por la precoz estupidez humana o alegrarse de que al menos estén caminando en lugar de apoltronados frente a un televisor o un video juego.
Si los potenciales deportistas escasean, tampoco tenemos los dirigentes de antes. Esos que, incluso con menos recursos que los que existen hoy, lo entregaban todo por amor a su deporte, en agudo contraste con los de ahora, que salvo contadas excepciones asumen sus cargos para ver qué de provecho pueden lograr. ¿Qué federación no ha sido protagonista, en los últimos tiempos, de algún escandalillo por dinero o por prebendas?
La propia Marlene Ahrens, jabalinista medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956, señaló una vez que “el deporte chileno se envileció luego que, a partir de 1976, el sistema de pronósticos deportivos Polla Gol, que fue un boom en sus primeros años, le entregó al deporte recursos que nunca antes había visto. A la dirigencia, entonces, llegó gente con sospechosas intenciones. Se acabaron casi aquellas personas que, por amor a su actividad, entregaban buena parte de su tiempo sin pedir ni esperar nada a cambio”.
Y aunque la Polla Gol fue languideciendo, hasta morir, los juegos de azar siguen entregando el 12% de sus ingresos al Ministerio del Deporte. El año 2014, en que la cartera contó con un presupuesto anual de 160 millones de dólares, 25 de ellos fueron aportados por la Polla Chilena de Beneficencia.
Si algo faltaba para contribuir al oscuro panorama de nuestro deporte actual, imposible resulta soslayar la paulatina desaparición de los clubes. De atletismo, básquetbol, ciclismo, hockey patín o boxeo, en décadas pretéritas se encontraban diseminados por todos los barrios del territorio nacional y constituían el germen –junto a los colegios- de una actividad deportiva masiva que fue raleando producto de la modernidad, la despreocupación y la indiferencia de aquellos organismos que debieron velar por su multiplicación y fortalecimiento.
Julio Rojas, padre de Freddy Rojas, campeón de Chile de boxeo, en loable quijotada transformó un viejo galpón ubicado en el corazón de la Población La Legua en un gimnasio que, gratuitamente, acogió por 11 años a niños y niñas vulnerables del sector: el Club de Boxeo Freddy Rojas.
Desprovisto de la ayuda que pidió y le fue negada por los mandamases de Chiledeportes, porque él mejor que nadie entendía que la actividad física es incompatible con una deficiente o incluso nula alimentación, estuvo a punto de irse a la ruina. De su flota de grúas quedó reducido a una. Hasta que, desilusionado de la indiferencia gubernamental, cansado de ver que no llegaba a fin de mes, tomó la dolorosa decisión de cerrar ese modesto pero completo gimnasio que, en los pocos años que funcionó, hasta entregó un campeón de Chile de boxeo: Jonathan Márquez, monarca de peso gallo en el Torneo Nacional de Iquique de 2007.
Cuenta Julio Rojas:
“Cerrar el gimnasio para mí fue una decisión muy triste. Sobre todo cuando vi las caritas de esos aproximadamente 50 niños que mañana y tarde venían a practicar. Yo nunca le pedí a Chiledeportes plata para montar el gimnasio y comprar los implementos. Eso lo financié yo demi propio bolsillo. Sólo quería una pequeña cantidad mensual de dinero que me permitiera solventar la compra diaria de leche, yogurt, fruta y pan para los niños, porque sin nada en el estómago es imposible exigir esfuerzo. Pero la burocracia, y sobre todo la indiferencia, terminaron por derrotarme. Fíjese que en estos pocos años mi situación mejoró tanto, que hoy he vuelto a tener una completa flota de grúas. Con el inmenso parque automotriz que existe, el trabajo nunca falta, pero siempre que pasó por el 3373 de Toro Zambrano, en plena población La Legua, no puedo evitar sentir una inmensa nostalgia. A veces hasta he sentido ganas de llorar”.
Si deportes menos populares y con poca difusión pública fueron viendo desaparecer indefectiblemente esos clubes que antes eran parte infaltable de los barrios, hoy hasta el fútbol ve cernirse sobre él una similar amenaza. Los clubes, antes Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro, transformados en Sociedades AnónimasDeportivas quedaron, en la práctica, reducidos al equipo que compite profesionalmente bajo la égida de la ANFP. Porque para los regentes actuales de las instituciones invertir en las series menores es una apuesta que no están dispuestos a afrontar. Y ni hablar de poner plata en otras expresiones deportivas, como el básquetbol, el voleibol, el atletismo o el boxeo.
Y así es como hoy estamos. Con la inmensa mayoría de nuestros deportistas transformados en simples partiquinos de la cita máxima del deporte mundial que constituyen los Juegos Olímpicos.
Nos falta poco para salir a celebrar a Plaza Baquedano cuando alguno de los muchachos nuestros salva una primera ronda, y para qué decir si alguno logra pasar a una final.
Y duele. Sobre todo porque en el pasado fuimos competitivos por lo menos a nivel continental y hasta nos dimos el gusto de ocupar podios en Amsterdam, Helsinski, Melbourne, Seúl y Sidney.
Duele, además, porque incluso países latinoamericanos tanto o más pobres que nosotros, desde hace rato vienen alcanzando mejor figuración. Colombia y Ecuador son dos ejemplos. Ni hablar de Cuba, que desde que se muere de hambre tras el triunfo de la Revolución, se ha transformado en toda una potencia deportiva que acumula 209 medallas olímpicas (72 de oro, 67 de plata y 70 de bronce). La discusión acerca de si ellos progresaron y nosotros nos estancamos es, a estas alturas,tan inútil como superflua.
Un último dato para graficar el mal momento que vivimos: con la mitad de la población que posee Argentina, a nivel panamericano sumamos apenas el cuarto de las medallas que han conquistado sus atleta.
