“No estoy conforme, pero me siento feliz”: ¿Y a qué fuimos a los Juegos Olímpicos de Río?

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Por Daniel Pérez Pavez
Actualizado el 16 de agosto de 2016 - 3:57 pm

Sin récords ni medallas, las principales figuras se Chile acuñaron una curiosa reflexión luego de sus decepcionantes desempeños en Brasil, como si la honesta autocrítica por las marcas deficientes pudiera resultar amenazante para los intereses de sus auspiciadores o respectivas carreras.

Entre el 5 y el 21 de agosto los Juegos Olímpicos de Brasil han conseguido concentrar la atención de la audiencia televisiva nacional en un acontecimiento deportivo que, para Chile, deja a la luz más contradicciones que motivos de celebración. Si una de las tremendas virtudes de la transmisión de TVN había sido sepultar definitivamente el moribundo “Buenos Días a Todos” -una eutanasia que agradecen los televidentes matinales-, las cifras de rating reflejan el interés que fue generando masivamente la cita de Brasil que consagra por enésima vez el poderío de los campeones de siempre: Estados Unidos, Rusia, China, Japón y otras comparsas tradicionales.

La limpieza de la emisión y la belleza impactante de incontables imágenes de esfuerzos y destreza terminaron cautivando a los televidentes ocasionales de TVN, que de esa forma impensada demostraron que cualquier programa de cierto nivel resulta un significativo factor de audiencia en vez del espacio revenido y agotado que conduce ad-eternum la inefable Karen Dogenwailler.

Con todo, el discurso posterior a la participación de algunas figuras chilenas en Río fomenta la paradoja de que “no estoy conforme por la marca, pero me voy feliz por mi presentación”, como lo expresaron Isidora Jiménez, Tomás González y Kristen Kobrich, entre otros.

Es curioso, al menos, que sin haber conseguido medallas ni logrado actuaciones resonantes -como fue excepcionalmente la del arquero ariqueño Ricardo Soto, por ejemplo- las figuras olímpicas criollas envíen un mensaje teñido de conformismo. Acaso sea por conveniencias comerciales -como no perder los auspicios que les permiten prepararse- o una fórmula intermedia para suavizar un concepto tan duro como el fracaso, pero aquellas voces no reflejan la decepción que produjo en el público ese tipo de resultados.

Precedida de una terrible historia familiar que reveló poco antes de su aventura en Brasil, la fondista chilena Erika Olivera terminó en la posición 105 de la maratón, a pesar de lo cual “quedé feliz por haber alcanzado el récord mundial de completar cinco maratones en igual número de Juegos Olímpicos”, según su confesión posterior.

En suma, su balance quedaba satisfecho solamente con terminar la carrera. Y en otros casos, los atletas se conformaban con simplemente haber llegado con la delegación a Río. Curiosa reflexión la suya, de Gonzàlez y los demás que desdeñan la saludable autocrítica sobre los bajos registros para impedir que los sponsor se espanten frente a tanta honestidad…