Michael Gerard Tyson, el mejor peleador callejero de la historia, viene a Chile

Imagen del autor

Por Eduardo Bruna
Actualizado el 12 de julio de 2016 - 1:48 pm

El campeón del mundo de peso pesado más joven que haya dado el boxeo, viene a Chile para presentar su Stand Up Comedy “La verdad indiscutida”, que ha sido todo un éxito de público y de taquilla en Estados Unidos. ¿Resultará? Mientras la duda permanece, bien vale saber algo más de la vida y carrera de esa máquina noqueadora que fue en sus momentos de gloria.

Mike Tyson, el mejor peleador callejero que vi en mi vida, viene por primera vez a Chile. Cerca ya de cumplir los 50 años, retirado desde el 2005, cuando ya era una sombra de lo que alguna vez había sido, quienes asistan al casino que lo trae dispuestos a pagar entre 60 y 250 mil pesos que cuesta el boleto para verlo, podrán conocer en vivo a quien revitalizó la categoría de los pesos pesados tras el adiós de un Muhammad Ali que, no siendo el mejor boxeador de todos los tiempos, kilo por kilo, es sin lugar a dudas el más grande de todos.

Lee también > Postergan visita de Mike Tyson a Chile

Lejanos los tiempos en que ganaba 30 millones de dólares por cada combate titular, Tyson, que llegó a acumular una fortuna calculada en 300 millones de dólares, hoy “sobrevive” con apenas 2 en su cuenta corriente. Alejado de los cuadriláteros, para transformarse primero en un entrenador que no hizo historia y luego derivar en poco afortunado promotor, quien fuera sinónimo de nocaut hoy se gana la vida cobrando 60 mil dólares por entrevista, filmando alguna película porno en Europa o sumándose a lo que con tanto éxito muestran en Chile una Natalia Valdebenito o un Jorge Alis: el Stand Up Comedy.

Será de su propia vida, con sus altos y sus bajos, sus triunfos y sus derrotas, de lo que Tyson hablará –dicen que con una buena cuota de humor- durante la presentación de “Undisputed Truth” (“La verdad indiscutida”) en el escenario del casino que lo trae al país para que se presente en público este 15 de julio. ¿Resultará? En Estados Unidos ha sido grito y plata, pero la duda no deja de ser válida si se piensa que esos mismos que van a aclamarlo hoy tienen encumbrado a Donald Trump como carta fuerte para ocupar la Casa Blanca a partir de noviembre. Es más: en pleno frenesí de la época electoral, el bueno de Mike se ha declarado partidario acérrimo del multimillonario que no destaca por su cultura y buen criterio para que ocupe el Salón Oval que dejará vacante Barack Obama.

Nadie podría discutirle a Mike “Iron” Tyson que lo suyo sobre un ring era éxito seguro en cuanto a taquilla y morbo. Su velocidad, poco habitual para la máxima categoría, su agresividad muchas veces irracional y su demoledora pegada lo transformaron siempre en un boxeador de gusto masivo. Era, para el olfato fino de los promotores, toda una mina de oro, a pesar de su técnica precaria y sus escasos fundamentos pugilísticos.

Fue lo que vio Bobby Stewart cuando Mike sólo tenía 13 años y lo conoció peleando en la “Tryon School”, a donde había llegado después de sumar 38 arrestos por asaltos, violencia y raterías de poca monta. Más que cumplir una labor social, el perspicaz Stewart vio en el problemático chico una buena inversión y, tras entrenarlo durante meses, se lo llevo a CusD´Amato, uno de los entrenadores más prestigiosos de Estados Unidos junto con Angelo Dundee.

D´Amato no más verlo quedó prendado de las condiciones pugilísticas del chico Tyson. Con un olfato único para captar talentos, el viejo Cus de ahí en más no sólo dedicó sus mejores esfuerzos para prepararlo y pulirlo, sino que se transformó en su mentor e incluso en el padre que Mike jamás había tenido, luego que su progenitor, Jimmy Kirkpatrick, abandonara a la familia cuando él sólo tenía dos años.

Debutó como peleador aficionado con 15 años y unos pocos meses. Apodado «El tanque» en sus comienzos, su accionar sobre el encordado no dejaba a nadie indiferente, aunque pocas veces disfrutó de la unanimidad. Es decir, o gustaba a rabiar o planteaba enormes dudas acerca de su futuro, cuando no un irrestricto rechazo. En lo único en lo que todos coincidían en que desde los tiempos de SonnyListon o George Foreman que no aparecía un tipo que pegara con la precisión y violencia con la que él lo hacía.

Que fuera sumando victorias tan breves como contundentes fue, por lo mismo, de lo más natural. Que fuera considerado en el equipo olímpico de Estados Unidos para los Juegos de Los Angeles, 1984, también. Sólo que dos derrotas frente a Henry Tillman lo sacaron definitivamente de la nómina y tanto Tyson como D´Amato estimaron entonces que el único camino posible era el profesionalismo.

Sin poder lograr la medalla de oro con la que soñaba, Tyson entrenó duro para su debut como púgil rentado: el 6 de marzo de 1985, en el Convention Center de Albany, Estados Unidos, dio cuenta fácil de Héctor Mercedes en el primer asalto y a partir de allí fue encadenando una serie impresionante de victorias hasta sumar 27 (25 antes del límite), 15 de ellas en el primer round.

Con su cabeza rapada, botas desprovistas de calcetas, un pantaloncillo negro que fue su característica durante toda su carrera y una mirada que más de algún rival definió como “digna de un sicópata”, Mike Tyson era sobre el ring un huracán desatado. El tañido de la campana marcaba el comienzo del fin para todo aquel que se animara a enfrentarlo. Ni siquiera la muerte de su entrenador y mentor, CusD´Amato, tras el undécimo combate, pudo frenar a esa máquina demoledora que después de cada triunfo parecía que ni siquiera había necesitado sudar demasiado.

En medio de la manifiesta mediocridad en que había caído la categoría de los pesos pesados tras el fin de Ali, el 11 de diciembre de 1981, cuando perdió en Bahamas frente a Trevor Berbick, Tyson era el peleador justo para tomar la posta. Y quiso el destino que fuera ese mismo Trevor Berbick quien, al darle una oportunidad por la corona de todos los pesos reconocida por el Consejo Mundial de Boxeo (CMB) que era de su propiedad, catapultara a Tyson a ese título del mundo con que muchos ya lo ungían por anticipado.

El 22 de noviembre de 1986, en el Hotel Hilton de Las Vegas, Tyson cumplió con los pronósticos que le otorgaban un amplio favoritismo y en apenas dos asaltos destrozó a un Berbick que poco pudo hacer frente a ese vendaval de golpes que se le vino encima. “Iron”, de paso, se convirtió en el campeón del mundo de peso pesado más joven de la historia, al ganar la corona con 20 años y cuatro meses, rompiendo el record de Floyd Patterson, que se había consagrado como el mejor con 21 años y 10 meses de vida.

En la cúspide del boxeo mundial, Tyson no estuvo nunca dispuesto a compartir su trono. Tenía tal confianza en su invencibilidad que, en lugar de hacer defensas opcionales de su corona, prerrogativa que tiene todo campeón para elegir en sus dos primeras defensas a quien enfrentar de entre los diez primeros del ranking, fue por desafíos en el papel mucho mayores. A su corona del Consejo sumó la de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), cuando el 7 de marzo de 1987 venció por puntos a James “Bonecrusher” Smith. Y el 1 de agosto del mismo año la de la Federación Internacional de Boxeo (FIB), al derrotar mediante las tarjetas a Tony Tucker, a esas alturas uno de los pocos que habían logrado la hazaña de terminar en pie.

Tyrrel Biggs, Larry Holmes, Tony Tubbs, Michael Spinks, Frank Bruno y Carl Williams, con mayor o menor dramatismo, nada pudieron hacer frente a un Mike Tyson convertido en un “monstruo” del ring, instalado por la maquinaria publicitaria estadounidense en el Olimpo junto a los mejores de todos los tiempos.

Y en tales alturas, Tyson terminó por marearse y perder las perspectivas. Lenta, pero inexorablemente, como casi todo boxeador surgido del arroyo, fue confiando demasiado en su potencia, en su demoledora pegada, al punto de estimar que, más allá de si se entrenara bien o mal, de cuanto hiciera con su nueva vida de millonario mimado, en contraste con su pretérita existencia miserable, no había rival capaz de enfrentársele con ciertas posibilidades.

La demostración de que la caída duele más en cuanto mayor es la altura, Tyson la tuvo el 11 de febrero de 1990, en Tokyo. Con las apuestas a favor de 42 a 1, subió a enfrentar a James “Buster” Douglas, un peleador más lento que él, pero con parecida dosis de dinamita en los puños. Y cuando el campeón, sin la velocidad ni agresividad de sus mejores momentos, derribó a Douglas promediando el 8° round, seguramente pensó que para seguir botando palitroques ni falta que le hacía sacrificarse tanto. Sólo que, contra todo pronóstico, Douglas se paró de la lona y en la décima vuelta le metió a Tyson un nocaut terrible, dándole de su propia medicina ante el asombro de todo el mundo.

El desenlace fue tan sorpresivo como polémico. Don King, el promotor de Tyson, y uno de los que con más entusiasmo contribuyó luego a escamotearle su fortuna, alegó que el resultado estaba viciado, porque según él el árbitro del combate, el mexicano Octavio Meyrán, había aplicado una cuenta excesivamente lenta tras la caída de Douglas, dándole el tiempo suficiente para recuperarse y retornar al combate.

No hubo reclamo que surtiera efecto. Tyson se tragó la frustración y se dio a la tarea de recuperar lo suyo. El primer paso lo dio el 16 de junio de 1990, cuando en el Caesars Palace, de Las Vegas, se cobró revancha de quien lo había dejado fuera del equipo olímpico estadounidense para Los Angeles 1984: Henry Tillman, a quien le propinó un nocaut estremecedor. Alex Stewart y Donovan Ruddock, en dos oportunidades, iban a ser los siguientes peldaños en su camino para ir otra vez por la corona.

Sin embargo cometió, el 19 de julio de 1991, un delito que le costaría caro. En la suite 606 del Hotel Canterbury de Indianápolis, violó a Desiree Washington, una estudiante de 18 años aspirante al título de “Miss América Negra”. Esto era grave. Mucho más grave que agredir a un “papparazzi”, haberles dado una paliza a dos tipos en moto que tuvieron la mala ocurrencia de insultarlo o el haber golpeado a un policía de tránsito que quiso pasarle una multa.

Tyson, como en sus mejores tiempos de delincuente juvenil, volvió a vivir tras las rejas durante tres años y ocho meses, escapándole a la condena de seis años que el juez le había aplicado sólo porque dentro del penal tuvo el buen tino de no pelearse con nadie y exhibir, por el contrario, una conducta de reo ejemplar.

Volvió al ring para vencer a Peter McNeely y a BusterMathis, tras lo cual los promotores, ávidos de esos espectáculos que a esas alturas escaseaban con los boxeadores por entonces vigentes en la categoría máxima, le consiguieron una opción por la corona frente al británico Frank Bruno, exponente fiel de la absoluta mediocridad de ese momento. En el MGM de Las Vegas, Tyson no tuvo problemas para volver a vencer a Bruno y recuperar, de ese modo, la corona del Consejo Mundial de Boxeo.

Debía, entonces, enfrentar a Lennox Lewis, el número uno del ranking, pero él quería recuperar también la corona de la AMB y desafío a Bruce Seldon, el campeón vigente del organismo. Su triunfo resultó pírrico: ganó, efectivamente, el cinturón de la Asociación, pero el Consejo le quitó el suyo, cuestión que, al cabo de unos meses, aprovechó Evander Holyfield para hacerse con la corona.

Con Tyson reinando en un organismo y Holyfield en el otro, la pelea unificatoria fue siempre inminente. Tenía todos los ingredientes para convertirse en otra “Pelea del Siglo”, destinada a romper todos los records de taquilla en la venta de boletos, la transmisión vía satélite, la exhibición en cines y el “pay per view”. Era el eterno duelo de estilos entre el boxeador cerebral y el peleador sanguíneo; entre la técnica y la fuerza; entre la inteligencia y el instinto.

Y como suele suceder en el boxeo, el cerebro, la inteligencia y la técnica siempre pueden más. La historia está llena de tales ejemplos. Gene Tunney le ganó a Jack Dempsey, tal como lo hizo luego James Braddock (“CinderellaMan”) con el brutazo de Max Baer o el mismo Muhammad Alí frente a George Foreman. En otras palabras, Holyfield, un pugilista con mayúsculas, le dio a Tyson una lección de boxeo por partida doble, porque primero le dio un paseo y en la revancha lo estaba sacando a pasear de nuevo cuando Mike, disminuido pugilísticamente y frustrado hasta la exasperación, cometió la barbarie de arrancarle en un “clinch” un trozo de oreja de un mordiscón.

A partir de allí, la ya desfalleciente carrera de Tyson se vino por el tobogán. Insultado, despreciado, vilipendiado, estuvo un año y medio sin combatir. Y cuando volvió a hacerlo ya estaba lejos de ser lo que alguna vez había sido. Su último intento de recuperar pasadas glorias tuvo lugar el 8 de junio de 2002, cuando por la disputa del título del mundo fue noqueado por Lennox Lewis. Como en el tango, era “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

No puedo negar que Tyson me entretenía y en ocasiones hasta me gustaba, pero nunca llenó mi paladar de aficionado. Pienso en una hipotética pelea Tyson-Marciano, Tyson-Liston o Tyson-Foreman, y, sin que por cierto ninguna haya ocurrido jamás, se me aparece clarísimo el argumento: un choque de trenes a toda velocidad. Pienso en una pelea Tyson-Alí, también destinada a quedar en el terreno de la especulación pura, y veo a “The Greatest” dándole una lección de boxeo a un pobre Mike que no habría podido cazar nunca a ese Alí que entró en la historia no sólo como el peso pesado más veloz de cuantos hayan existido, sino como aquel que renunció a los mejores años de su carrera y de su vida, a bolsas millonarias, por negarse a ser utilizado por el Imperio como un combatiente más en VietNam.

Tyson entró con justicia en 2011 en el “Hall de la Fama” del boxeo mundial. Pero yo me quedo con tipos como Alí, Miguel Canto, Salvador Sánchez, Evander Holyfield y, obviamente, con “Sugar” Ray Leonard, el boxeador más extraordinario y completo que pude ver jamás, con el perdón de “Sugar” Ray Robinson, a quien sólo he podido apreciar gracias a añosas películas en blanco y negro que de tanto en tanto exhibe la televisión.

Ese es el hombre que nos tiene anunciada su visita para este fin de semana. Un tipo que, producto de su medio y su crianza como chico negro y pobre de Brooklyn, ha transitado por la vida en un precario equilibrio entre lo que es correcto y la grosera vulneración de la ley.

Un tipo tan contradictorio que, apoyando con toda su alma a Donald Trump, admira a concho a Mao Tse Tung y al Che, al punto de tatuarse en el pecho, en sus momentos de máxima gloria, al mítico guerrillero asesinado en Bolivia y cuya imagen se agranda más y más a medida que se va engrosando la lista mundial de sinvergüenzas y a la cual Chile viene aportando con un entusiasmo digno de mejor causa.