El rodeo: una “fiesta huasa” bárbara y más pasada de moda que las polainas
Fue declarado en 1962 “deporte nacional”, pero hoy tiene menos adeptos que el Santiago National. Encuesta reveló que sólo el 7% de los chilenitos reconocieron haber sido partícipes, alguna vez, de un rodeo, ya sea apretando vacas o disfrutando con la tortura del pobre bruto desde la galucha. ¿No merece ser abolido de una buena vez, como en su momento lo fueron las peleas de perros y las riñas de gallos?
Por LAUTARO GUERRERO
Como siempre ocurre para estas festividades, en que a todos o a casi todos el espíritu patrio les brota por los poros, el rodeo, “la fiesta huasa por excelencia”, al decir de los campechanos y uno que otro gil, estuvo y seguirá estando en la polémica. Y es que mientras algunos siguen sosteniendo que apretar vacas contra un murallón de madera es un deporte, otros sostienen que tal actividad, más fome que un choque de globos en realidad, en los tiempos que corren debiera ser suprimida por constituir una muestra inaceptable de abuso y de barbarie.
Durante esta semana, sin embargo, los huasos de utilería que -como Los Quincheros- se disfrazan para practicar esta actividad, encontraron un importante aliado nada menos que en Esteban Valenzuela, ministro de Agricultura de Boric, quien salió a quebrar lanzas en defensa de la denominada “fiesta huasa”.
Dijo el bueno de Valenzuela que era una linda y acendrada tradición y que, por favor, no se les ocurriera comparar el rodeo con otros deportes en que la gracia consiste en matar a los animales. Y confieso que, con esa sabia y asertiva declaración, el ministro me dejó “off side”, porque por más que recorrí mentalmente la lista de los deportes reconocidos por el Comité Olímpico Internacional (COI), no encontré ninguno con las características del que él enunció, con una personalidad que uno quisiera para afrontar problemas más serios y acuciantes que están a su cargo, como la sequía y la crisis alimentaria que se nos viene indefectiblemente, según estudios cabezones.
¿LA LIDIA DE TOROS, UN DEPORTE?
No me quedó otra que pensar en la lidia de toros, cuya cuna se encuentra en España, pero que cuenta –increíblemente- con aficionados de otras latitudes, como México, Colombia y nuestro vecino Perú. Pero, ministro, muy golpeados estaremos todavía con el triunfo del Rechazo, pero eso no le permite a usted, de manera alguna, intentar pasarnos gatos por liebres. Porque ha de saber usted que la lidia de toros ni los españoles han tenido la audacia de elevarla a la categoría de deporte. Les gusta nomás, desgraciadamente, pero jamás se les ocurrió proponerla como una competencia más de los Juegos Olímpicos que albergaron en Barcelona 1992, por más que de haber pasado ese gol de media cancha les hubiera significado bastantes más medallas de las que lograron.
Puede que, como hombre de campo, según él mismo se ha declarado, le encante ver a una vaca asustada siendo perseguida por dos huasos sabiendo, por muy animal y bruto que sea, que no es para hacerle cariño, precisamente. O puede que, como hombre informado, esté al tanto de que el Presidente Boric, con tal de sumar votos para la segunda vuelta frente al nazi, que había ganado la primera, dijo que el rodeo estaba de lo más bien, siempre que los animales no sufrieran daño. ¡Por favor, Gabriel Boric…! Eso es como decir que está muy bien que llueva, siempre que la gente no se moje.
El sufrimiento del animal no es poca cosa: “Hay daño. Es innegable. Los dirigentes del rodeo siempre dicen que tienen reglamentos y que han ido estandarizando las formas, pero lo concreto es que el animal sufre un gran daño. Porque se trata de un novillo que pesa 200 o 300 kilos que es impactado por un animal de 400 kilos a toda velocidad contra un muro. Los animales sufren fracturas de costillas, muchas veces no se quieren parar por los golpes recibidos. Y lo que hacen es picanearlos mediante golpes de electricidad”, explicó, tiempo atrás Pablo Reyes, médico veterinario y entonces presidente de la Fundación Ceba.
Pero en esto del rodeo hemos visto incluso cosas peores.
En septiembre de 2010, y mientras Ñuñoa celebraba la Semana de la Chilenidad con un rodeo en la medialuna emplazada en el Estadio Nacional, un grupo de jóvenes activistas irrumpió en el recinto exigiendo el fin del maltrato animal y la abolición de la práctica. Todo no habría pasado de la anécdota si no hubiera sido porque algunos de los propios espectadores decidieron registrar las escenas en sus teléfonos celulares y subirlas a la red.
Los videos que se pudieron ver resultaron tan estremecedores como indignantes. Mientras un delirante locutor ladraba por los altoparlantes, gritando “¡sáquenlos, sáquenlos…, que este deporte es nuestro y no de ellos!”, se apreciaba que, mientras algunos les arrebataban las pancartas a los jóvenes protestantes, y procedían luego a agredirlos en forma cobarde, otro, disfrazado de huaso, se transformaba en el “héroe” de la tarde al lacear a una muchacha que intentaba huir para después arrastrarla inclemente por la medialuna.
VACAS O NOVILLOS, ME DA LO MISMO
Si a una persona se le trata de forma tan cobarde, abusiva y violenta, ¿qué queda para las pobres vacas? Y digo vacas, aunque sé que no va a faltar el purista que me acuse de ignorante, aclarándome que se trata de novillos. Vacas o novillos, amermelao, me da lo mismo. Como sea, se trata de un pobre animal que nunca tuvo la menor intención de ser partícipe de esa fiesta tan sin gracia como cruel y bárbara.
Porque, ¿en qué consiste este mal llamado deporte? Básicamente, en una disputa al interior de un recinto, llamado medialuna, cuyo objetivo es detener a un novillo en una zona determinada. Para ello, un par de jinetes deben arrear al animal en tres oportunidades consecutivas, mientras el jurado evalúa la postura de los huasos, la actitud del caballo y el lugar de los golpes, con puntuación diferenciada de acuerdo a las zonas del animal que son objeto de todo tipo de “caricias” por parte de los inocentes equinos.
Esa única acción, reiterada una y otra vez por los participantes, se convierte al final en una imagen tan repetitiva y tan sin variantes, que cuesta encontrarle el mérito y la gracia. Mucho menos si se considera que se trata de dos huasos correteando y tratando de encerrar a un pobre animal que, lo que es mucho peor, no tiene ninguna posibilidad de escapatoria de la tortura que le espera.
Pero, seamos claros: es altamente improbable que esta actividad finalmente sea abolida en el país, como en su momento lo fueron las riñas de gallo o las peleas de perros. Los huasos platudos y prepos tienen mucho poder e influencia y es bueno tenerlo presente. Y me refiero específicamente a esa gentuza porque no cualquier patipelado del campo, por muy apegado a las “tradiciones” que sea, puede ser primer actor o aspirar a ganar esa tontería denominada pomposamente “Champion”.
“DEPORTE” EXCLUSIVO PARA HUASOS PLATUDOS
Porque apretar vacas, muchachos, sale bastante caro. Un buen caballo corralero puede costar hasta 30 millones de pesos, y el atuendo completo para disfrazarse de “huaso caballero” entre 6 y 8, aproximadamente. ¿Un simple peón, jornalero o temporero llegando en el rodeo a las alturas de un Vidal o un Alexis en el fútbol? ¡Jamás, viejo! A otro perro con ese hueso.
Sicólogos, además, se han manifestado reiterada, aunque inútilmente, en contra de esta barbarie. Sostienen que no se trata de un espectáculo familiar, como aseguran sus publicistas. Señalan que el rodeo expone a los niños a observar escenas de abuso y crueldad en contra de los animales que podrían causar más de algún problema sicológico. De hecho, algunos estudios señalan que el visualizar y practicar conductas violentas hace que los menores sean más propensos a su repetición. A tomar con naturalidad el maltrato y no tan sólo eso, sino que a disfrutar con el sufrimiento ajeno de un ser que es considerado inferior.
Pero tanto es el poder de los huasamacos palogruesos que, al final, se salen siempre con la suya. Años atrás, con la acostumbrada parafernalia, el entonces senador Guido Girardi, apoyado por Patricia Cocas, presidenta por aquellos años de la organización Proanimal, anunciaron la presentación de un proyecto de ley para abolir esta práctica absurda. ¿Qué pasó con él? Que, como era de esperar, la mayoría de los “honorables”, que por nada del mundo quieren perder el favor de los huasos platudos, lo dejaron hasta hoy bien al fondo de un cajón, durmiendo lo que bíblicamente se llama “el sueño de los justos”.
De nada han valido, hasta ahora, incluso encuestas que señalan a las claras que los chilenitos vibramos con el rodeo tanto como vibramos con el béisbol o con el fútbol americano. O sea, la nada misma.
UNA ENCUESTA MÁS QUE REVELADORA
Recién el pasado jueves, se dio a conocer un sondeo de Criteria respecto de la opinión de los chilenos acerca del rodeo, llevada a cabo entre el 26 y el 30 de agosto a través de todo el país y con la participación de mil personas mayores de 18 años.
De ellos, el 63% dijo que el rodeo debe ser considerado maltrato animal, al paso que el 65% señaló estar en desacuerdo con que se le considere un deporte.
No fue todo: el 75% manifestó no sentir identificada esta práctica como algo típico chileno y el 60% dijo estar en desacuerdo con que esta actividad siga existiendo. Peor aún: sólo el 7% señaló haber sido partícipe de un rodeo, ya sea apretando vacas o disfrutando con su tortura desde la galucha.
Como dijo el recordado periodista Miguel Merello en una oportunidad, cuando escribía su columna titulada “¡Eh, jefe…!”, en el diario Las Ultimas Noticias, “yo voy a ir al rodeo el día que anuncien que a la medialuna van a tirar a un huaso para que lo aprieten las vacas”. Del despido se salvó por un pelo. Sólo porque lo querían todos y era muy chistoso. En su justiciero entusiasmo olvidó que el “Dunny” Edwards, dueño de la empresa, se hacía un billetito extra con la venta de caballos corraleros.
Todo demuestra que los tiempos cambiaron, muchachines amantes de las “tradiciones rurales”. Hoy, el rodeo está tan pasado de moda como el vendedor de motemei, el afilador de tijeras o cuchillos y el organillero que recorría los barrios con su música tan hermosa como nostálgica.
