Lo que de verdad necesitamos
Un tipo que tenga el arco rival en la cabeza y que vaya por todas. Que salte, que espere el rebote del arquero, que sea capaz de poner el pie en un centro bajo, que meta goles con la pierna, con la cabeza, pero también con el tobillo, la canilla, la guata y el glúteo.
Por SERGIO GILBERT J.
Cuando Chile llegó a jugar el Mundial de 1998, el orgullo de los hinchas locales era entendible: la selección nacional había llegado a Francia conducida por los dos máximos artilleros de las eliminatorias sudamericanas: Iván Zamorano y Marcelo Salas. Es decir, La Roja retornaba a la Copa del Mundo tras 16 años merced a su capacidad goleadora.
Era para estar orgullosos.
Zamorano y Salas eran atacantes de nivel mundial. Ambos, goleadores de fuste en equipos del primer mundo futbolístico. No eran compadres paleteados, no andaban juntos para todos lados. Ni siquiera eran grandes amigos. Pero en la cancha, como si fueran superhéroes, se vestían con sus disfraces y se convertían en Za-Sa, la dupla del gol que era reconocida y admirada en el mundo.

Zamorano y Salas eran un lujo para el fútbol chileno, pero estaba claro que no serían eternos. Como ya había pasado con Robledo, Sánchez, Ahumada, Caszely, Letelier y otros grandes romperredes, ambos tenían fecha de expiración y cuando se retiraron del fútbol dejaron un vacío que solo pudo llenar la nostalgia.
Costó que Chile se recuperara de la pérdida de Bam Bam y del Matador. Varios se calzaron la camiseta de la selección tratando de hacer olvidar a los ilustres e históricos goleadores -Tapia, Neira, Pinilla, entre otros- pero ninguno estuvo a la altura. Hasta que apareció Humberto Suazo.
Juvenal Olmos fue el que lo convocó por primera vez, pero fue Marcelo Bielsa el que definitivamente elevó a Chupete al máximo de sus posibilidades.
Sin ser un atacante clásico de área, conformó una dupla de ensueño con Matías Fernández lo que permitió que nuevamente Chile tuviera el máximo artillero en una Clasificatorias, esta vez, rumbo a Sudáfrica 2010.

La rueda, sin embargo, giró de nuevo y las lesiones terminaron por acelerar la partida de Suazo de La Roja. Ahí, Eduardo Vargas y Alexis Sánchez tomaron la posta y llegaron a convertirse así en los dos máximos goleadores de la historia de la Selección.
De eso ya hace 10 años. Y ellos siguen en la Selección. Aportando en lo suyo, con lo que son ahora: jugadores insustituibles en La Roja, pero no como artilleros sino que como jugadores importantes en los esquemas tácticos.
Sí, Chile ya no tiene goleadores de fuste, de esos que uno sabía que en cualquier minuto definían, aunque no la tocaran más de un par de veces. Y vaya que hace falta un tipo de esos. No uno que corra y se enganche para construir. No uno que venga desde atrás ni uno que sea capaz de ganarle la espalda al volante central rival. No a un tipo que, por no saber cómo denominarlo, le llamen “9 falso”. No señor. Lo que requiere la selección de Chile es un tipo que tenga el arco rival en la cabeza y que vaya por todas. Que salte, que espere el rebote del arquero, que sea capaz de poner el pie en un centro bajo, que meta goles con la pierna, con la cabeza, pero también con el tobillo, la canilla, la guata y el glúteo.
No es necesario que sea un virtuoso ni una lumbrera. Pero que la meta adentro a cada rato y que se gane los premios por eso y no por su “juego atildado”.
Señores, necesitamos con urgencia un “pepero” de esos de verdad.
