El grito del “Rockero”
A propósito de la denuncia realizada por el ex volante Ángel Carreño a su ex amigo Jaime Valdés, nuestro columnista Sergio Gilbert se refiere a las distintas realidades que deben enfrentar los futbolistas cuando llega el momento del retiro.
No es simple para un futbolista profesional, sea cual sea el nivel que haya logrado alcanzar en su carrera, decirle adiós a la profesión que fue su sustento por un período largo de tiempo.
Tito Fouillioux así resumía el drama del retiro: “Es el momento en que te das cuenta de que ya no sirves…para lo único que sirves”. Fuerte.
Y es que a pesar de que muchos jugadores insisten en prolongar mentalmente la actividad que para ellos significó una vida (“Si tú eres periodista toda, ¿por qué yo no puedo ser futbolista toda mi vida?, me preguntó un día Iván Zamorano) lo cierto es que cuando el cuerpo, el nivel físico o simplemente la edad así lo imponen, el futbolista debe obligatoriamente poner su cabeza en frío y pensar que ya nunca volverá a ser lo que fue. “Y no es fácil, porque una cosa es con zapatos de fútbol y otra con zapatos de calle”, como reflexionó Carlos Caszely.
No todos, por cierto, dan el salto sin sufrir heridas de gravedad. Tipos conocidos y que amasaron buena plata durante sus carreras terminaron solos, en la miseria, alcohólicos o drogadictos simplemente porque se dieron cuenta, de un día a otro, que no habían aprendido más de la vida que simplemente pegarle lo mejor posible a la pelota para hacer feliz a un puñado de hinchas que venden al mejor postor el título de ídolos.
Pero el drama también alcanza al jugador común, ese que a lo mejor nunca tuvo dinero a montones ni el auto último modelo, pero que sí vivió, por alguna circunstancia, la gloria efímera y el goce breve y que fue feliz porque pudor armar su negocito o tener su casa.
Como Ángel Carreño, el “Rockero”, ese volante no muy hábil ni con ninguna destreza mayor pero que le ponía el corazón a cada disputa de balón como si la vida se le fuera en ello y que un día, en un Superclásico, convirtió un gol, el del empate albo, que desgraciadamente para él, quedó en el recuerdo no por la calidad y trascendencia de su tanto sino por el efecto que provocó: una pelea entre Johnny Herrera y Jorge Valdivia.
Carreño no hizo mucho más en su carrera -aunque igual jugó en otro grande como la UC- y poco se supo de su retiro, de su vida y de lo que la mezcla de ello le deparó. La verdad, a nadie le importaba mucho. Hasta hace algunos días, cuando el “Rockero” usó twitter para contar qué era de él.
Sorpresa desagradable. Carreño no solo resumía en unos cuantos caracteres sus miserias económicas -entre ellas, la paupérrima cantidad que recibió en la devolución de impuestos- sino que también denunciaba que ex amigos suyos lo habían abandonado o, derechamente, estafado o robado parte de su capital.
La historia, por cierto, generó ruido. Más de una nota se le hizo a Carreño para que diera más antecedentes. Fue noticia, según los cánones y elementos que componen la definición de ese concepto. Incluso dio para reacción de uno de sus ex amigos aludidos para dejar en claro que nunca fue su amigo.
Pero con el correr de los días, el drama de Carreño, el fuerte grito de desesperación del ex jugador, fue disminuyendo en cuanto a interés hasta casi desaparecer.
Es que el “Rockero” no es alguien de trascendencia. No juega a la pelota. No regala sonrisas, aunque sean cortas, en una cancha de fútbol. Es uno más. Como todos.
