Columna de José Antonio Lizana: Chile merece memoria y respeto
Mientras en otros países se rinde homenaje a quienes hicieron historia en el deporte y llevaron el nombre de la nación a niveles superlativos, en Chile los menospreciamos y si a alguien se le ocurre, le ponen su nombre a una placita escondida o a un rincón que nadie visita.
No deja de ser irritante ver cómo la política utiliza el deporte como moneda de cambio.
Sí, todos los homenajes son merecidos para Nicolás Massú y Fernando González, pero ponerle el nombre de una plaza escondida detrás del Estadio Nacional no es reconocimiento, es cumplir con lo justo para la foto.
Massú no sólo fue un símbolo como jugador; en once años como capitán de Copa Davis le devolvió categoría y orgullo al tenis chileno, llevándolo tres veces al grupo mundial. ¿De verdad nadie en la política deportiva entiende que ahí hay liderazgo probado? Nadie podría dirigir mejor que el único doble medallista de oro olímpico en la era moderna del tenis.
Y lo de González roza lo absurdo. Un deportista intachable, triple medallista olímpico, -algo que muy pocos en el mundo pueden decir-, con prestigio internacional incuestionable, nunca fue considerado seriamente para liderar el deporte chileno desde el Estado.
¿Qué más necesita alguien para ser ministro del Deporte? ¿O es que en Chile los méritos deportivos pesan menos que las redes políticas?
En Vitacura, el cambio de nombre a Plaza Marlene Ahrens se resuelve con dos carteles discretos y casi tímidos, como si su historia no tuviera grandeza.
Mientras tanto, en Buenos Aires, específicamente en Puerto Madero, existe un parque con estatuas de los grandes deportistas argentinos. Allá entienden algo básico, el deporte es identidad.
Ellos no hacen homenajes “tipo colegio”, no reducen a sus ídolos a placas o esquinas. Construyen símbolos y memoria.
Acá ojalá todo sea bonito, pero barato. Que alcance para el titular, pero no para trascender.
Lo mínimo sería asumir que figuras como Ahrens, Massú y González, no solamente fueron “deportistas destacados”, son parte del patrimonio cultural de Chile. Merecen estatuas, espacios centrales, presencia en lugares como la Plaza de la Ciudadanía, Plaza Italia o el Estadio Nacional. No rincones secundarios que nadie visita.
En Argentina, Diego Maradona es religión, identidad y relato colectivo. Hay murales, estatuas, memoria viva en cada barrio. Acá, en cambio, ni siquiera somos capaces de llenar nuestras ciudades con la imagen de quienes nos dieron gloria olímpica.
¿A quién estamos dispuestos a reconocer de verdad? ¿O el deporte sólo sirve cuando hay que sumar puntos políticos?
Para mí, estos no son homenajes, son trámites. Y Chile no necesita más trámites, necesita memoria, respeto y grandeza.
