Columna de José Antonio Lizana: el reencuentro de dos personajes inolvidables
Aunque nuestra infancia no fue del todo feliz, porque el país tampoco lo era, estos queridos amigos, Lenteja y Samuel, se encargaron de regalarnos tardes luminosas, llenas de ingenio y valores sencillos, pero profundos como la amistad, la lealtad y el compañerismo.
El reencuentro entre el perrito Lenteja (Juan Carlos Olmos) y su amigo Samuel, personajes entrañables del programa ochentero de televisión “Patio Plum”, ha llenado de nostalgia las redes sociales. No es sólo una imagen de fraternidad, es una puerta que se abre, de golpe, hacia un patio interior donde todavía huele a colación compartida y a juegos inventados con lo que había a mano.
Y aunque en esos años la infancia no fue del todo feliz, porque el país tampoco lo era, estos queridos amigos se encargaron de regalarnos tardes luminosas, llenas de ingenio y valores sencillos, pero profundos como la amistad, la lealtad y el compañerismo. En medio de una época gris, ellos fueron colores primarios, voces que nos hablaban con ternura cuando afuera todo parecía áspero.
Fue también un verdadero quiebre a la censura cuando Los Prisioneros visitaron ese patio y cantaron desfachatadamente “La voz de los 80”, junto a Don Simón, Manolo, Pelusa, Samuel y Lenteja. En ese cruce improbable entre música y títeres, entre rebeldía y juego, muchos entendimos que la cultura también podía ser resistencia, que incluso desde un programa infantil se podía sembrar conciencia.

Hoy atravesamos una crisis profunda como sociedad. Los niños ya no socializan en sus barrios como antes, no existen esas pandillas espontáneas que se armaban después de clases ni esos clubes improvisados que, como en “Patio Plum”, eran pequeñas repúblicas de imaginación. Tristemente, ahora todo cabe dentro de una pantalla. Antes había un horario fijo para todo y así esperábamos las cinco y media de la tarde para sintonizar el Canal 11 y deleitarnos con nuestro programa favorito. La espera era parte del rito, porque nos enseñaba paciencia, nos hacía desear, nos reunía en torno a un mismo momento.
No hacía falta “optimizar” la experiencia ni capturarla en una historia efímera. Simplemente sucedía. Y cuando el capítulo terminaba, quedaba flotando en el aire una sensación dulce, como si el día hubiese valido la pena. Esperar el próximo episodio creaba un lazo emocional; hoy, en cambio, todo está disponible al instante y, por lo mismo, todo parece reemplazable.
Algunos dirán: “Ya te pusiste nostálgico”. Y sí, tal vez. Pero la nostalgia no es sólo melancolía, es un sentimiento agridulce que nos conecta con lo que fuimos. Viene de “nostos” —regreso— y “algia” —dolor—: el anhelo de volver a casa sabiendo que ese hogar ya no existe del mismo modo.
Tampoco se trata de idealizar el pasado, sino de reconocer que allí quedaron semillas que todavía nos sostienen.
Por eso el abrazo del perrito Lenteja y Samuel, repetido en Santiago y Valparaíso como un eco que cruza generaciones, conmueve tanto. Porque en ese gesto sencillo también abrazamos a la niña o al niño que fuimos, a esa infancia más lenta, más comunitaria, más “cachilupi”, que encontraba en un patio televisivo un refugio y una promesa.
Quizá no podamos volver a ese horario fijo ni a esa señal abierta que nos reunía frente al televisor. Pero sí podemos rescatar lo esencial: la capacidad de asombro, la amistad empática, colaborativa y solidaria y la alegría.
Y cada vez que Lenteja y Samuel se abrazan, nos recuerdan que, pese a todo, muchos aún llevamos ese patio dentro.
