Yo lo viví: descubrí el fútbol viendo jugar a Alfredo Di Stéfano

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Por Julio Salviat
Actualizado el 11 de julio de 2016 - 8:54 pm

En 1948, cuando tenía 5 años de edad, mi padre me llevó a ver River Plate-Vasco Da Gama por la Copa de Campeones que organizó Colo Colo y que sirvió de inspiración para la Champions League y la Copa Libertadores. Desde detrás de un arco pude ver a la Saeta Rubia y a otro gran personaje del fútbol mundial: Barbosa, el arquero del drama del Maracaná.

Cuando se habla de los mejores futbolistas de la historia, Pelé y Maradona siguen encabezando las preferencias, aunque de cuando en cuando se les acerca Lionel Messi. Pero siempre se mantienen en los lugares siguientes – inalterables- Johan Cruyff y Alfredo Di Stéfano.

Vamos quedando pocos de los que vieron jugar a Alfredo Di Stéfano. Yo lohice dos veces: cuando recién comenzaba y cuando ya era ídolo mundial. La primera vez fue en marzo de 1948, defendiendo a River Plate; la segunda, en agosto de 1961, jugando por España contra la Selección Chilena.

No puedo olvidar aquel “encuentro” porque fue el primer partido que vi en mi vida. Se disputaba el Campeonato de Campeones, organizado por Colo Colo y que sirvió de inspiración para La Champions League ypara la Copa Libertadores de América. Fue en 1948, cuando yo tenía cinco años de edad.

Mi papá, colocolino de verdad y amante del fútbol bueno, me llevó a ver River Plate-Vasco Da Gama, campeones de Argentina y Brasil, respectivamente. El Estadio Nacional tenía velódromo, y ahí se realizaban pruebas ciclísticas y motoqueras en el entretiempo de los partidos. Esa vez no hubo: estaba llena de espectadores que habían sobrepasado la capacidad del estadio.

Mi padre me tenía en sus hombros –para que pudiera ver algo- y un carabinero se compadeció.

-Señor, ¿le tengo al niño?

Papá suspiró aliviado y me puso en manos del uniformado. Y él me sacó de ahí y me instaló, sentadito, detrás del arco sur del Estadio Nacional.

De Di Stéfano supe mucho después, aunque lo vi amagando varias veces el arco brasileño. Pero, contra su costumbre, La Saeta Rubia no hizo goles: empataron a cero… La imagen imborrable de ese partido me la brindó Barbosa, el arquero de Vasco. No existían aún los pasadores de balones. Cuando la pelota salía por la línea de fondo, el arquero la iba a buscar para ponerla en el vértice del área chica y hacer el saque de valla. En una de esas situaciones, pasó de vuelta por mi lado y me hizo un cariño en la cabeza. Yo lo miré asustado: era un gigante negro de metro 90. Pero tenía cara de hombre bueno.

Pero eso me dolió tanto su tragedia en el Maracaná, cuando Brasil perdió la Copa del Mundo a manos de Uruguay y a él lo culparon por el gol de Ghiggia. Le seguí los pasos de su atribulada vida hasta que murió en el 2000.

En ese campeonato también participaron Colo Colo (organizador); Emelec, de Ecuador, Litoral, de Bolivia; Municipal, de Perú; Nacional, de Uruguay. Y quedó una anécdota para la historia: cuando jugaron River con Emelec, les correspondió partir a los argentinos. Di Stéfano tocó la pelota para Adolfo Pedernera, y aceleró hacia campo ajeno. El receptor hizo una breve pausa y envió el pelotazo largo. Alfredo capturó él balón a la entrada del área grande y sin dejarlo dar bote lo empalmó con un derechazo violento. Fue el gol más rápido de la historia, y no quedó consignado.

Años más tarde, Fernando Riera y Raimundo Infante, delanteros de Universidad Católica, se integraron al Stade Reims francés. Cuando debutaron, se acordaron de la jugada de River y decidieron aplicarla. Sonó el pitazo inicial, y el Huaso Infante partió a toda velocidad hacia el área contraria. Nunca le llegó la pelota: se le había olvidado tocársela a su compañero.

El otro partido fue durante la preparación del seleccionado chileno para el Mundial de 1962. Vino la selección española con su mejor gente. En el arco tenía a una leyenda: Antoni Ramallets. Y en el ataque, un quinteto temible: Jesús Pereda, Eulogio Martínez, Alfredo Di Stéfano, Luis Suárez y Enrique Collar. Jugaron dos partidos en la semana y fue doble boleta: 4-0 y 4-1.

Ya era un lolo de 17 años y sólo vi el primero. Alcanzamos a entusiasmarnos en la galería por el promisorio comienzo del equipo chileno, pero Di Stéfano agarró por primera vez la pelota, a los 8’, e hizo el gol. Poco después anotó el segundo. Ya era considerado el mejor jugador del mundo, y tanto en ese partido como en el siguiente respondió a sus pergaminos. Ahí pude calibrar cabalmente su enorme calidad.

Alberto Fouillioux, uno de los que jugaron ese día y que llegaron al Mundial (los otros fueron Misael Escuti, Luis Eyzaguirre, Sergio Valdés, Mario Moreno, Braulio Musso, Jaime Ramírez y Leonel Sánchez), contaba años después que en ese partido se disponía a ejecutar un centro desde muy cerca del banderín del córner cuando le birlaron el balón: era Di Stéfano, que había bajado a defender.

Me encontré con él en 1982, llegando al Mundial de España, en el aeropuerto de Madrid, Me acerqué entusiasmado y, con la intención de entrevistarlo, le dije que en mi país se le admiraba mucho.

-¡Y eso qué me importa! –dijo con gesto de desprecio. Se dio media vuelta y me dejó hablando solo. El Gordo Varela, que era productor de TVN y estaba ahí, no alcanzó a tomar la foto que inmortalizaría el momento y la conversación.

Entonces nos dimos cuenta de que era verdad lo que nos habían descrito: su calidad futbolística era inversamente proporcional a su simpatía.