¿Y si le aplicáramos el VAR a la vida misma?

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Por Ele Eme
Actualizado el 15 de julio de 2021 - 10:37 pm

La nueva polémica instalada por los videoasistentes arbitrales en la dolorosa derrota de local de Católica ante Palmeiras por la Libertadores me lleva a pensar qué pasaría si esa plataforma nos permitiera corregir, en el acto, nuestros errores existenciales más flagrantes. 

Por ELE EME

¿Qué me dice del penal que le costó los tres puntos a Católica en la ida de su llave de octavos de final de Libertadores contra Pameiras? La pelota pegó en una pierna de Lanaro y luego dio en una mano suya. Más encima, el central argentino se había dado vuelta, por lo que conscientemente no se puede decir que buscó detener el esférico de manera ilegal. Para mala suerte de los cruzados ahora el reglamento determina que eso amerita sancionar la pena máxima. Hace unos días no; ahora sí.

El uruguayo Andrés Matonte revisando la acción de Germán Lanaro.

Al margen de lo poco serio de estos detallitos y de lo que la para muchos distorsionadora intromisión de este mecanismo en la esencia del fútbol sulfura a algunos de nuestros periodistas deportivos más lúcidos y criteriosos (y a Solabarrieta también), me puse a pensar qué pasaría si el VAR regulara nuestras existencias fuera de la cancha, en el día a día.  

Lo primero que me salta a la vista tiene que ver con asuntos del corazón. Pongo un caso mío. Cierta vez yo tenía una relación con una chica que, al constatar que un servidor era la billetera más rápida del Oeste cuando se trataba de complacerla, optó por renunciar a su trabajo para, mientras fuera apoyada por la beca “Ele Eme”, buscarse otro donde se sintiera más a gusto. Así las cosas, empezó a tirar… déjeme terminar… a tirar currículos como condenada. Cuento corto: cierto día en que me apersoné en su casa DE SORPRESA recibió una llamada a su celular estando conmigo. Miró la pantalla, dejó que siguiera sonando y me dijo “nunca contesto números desconocidos” (sin mostrarme el celular). Empotado como estaba, encontré su decisión de lo más razonable.

¿Apliquemos VAR? Los jueces asistentes me habrían dicho por “la muela” (comunicador que lleva el referí en una oreja): “algo no nos calza acá arriba. ¿No contesta números desconocidos ni siquiera estos días en que ha enviado muchos CV y debiera estar atentísima a recibir alguna llamada de uno de sus potenciales futuros empleadores, que precisamente provendrá de un número desconocido? Sospechosa la h…”.

Yo habría escuchado y sopesado ese argumento, se lo habría transmitido a mi bella “peoresná” y, de no haber obtenido una explicación satisfactoria, habría finiquitado en ese mismo minuto nuestro pololeo. El VAR me daría la razón con el tiempo: más adelante descubriría que se veía a espaldas mías con el que entonces era mi mejor amigo. Mi carnal, el que coincidentemente, tuvo acceso carnal a mi ex.  

Otra instancia en que sería de utilidad un VAR es la interacción social cotidiana. Hoy, sin ir más lejos, salía de mi edificio (bueno, es mío, pero lo comparto con 96 propietarios y/o copropietarios) y una señora mayor que yo (todavía quedan) me sujetaba la reja del complejo habitacional. Conmovido por su amable gesto, solté la puerta de madera que separa la conserjería del exterior y corrí como un rayo para que no sostuviera más tiempo la pesada estructura de fierro, ya que además cargaba unos paquetes y bolsas. Tomé la reja y cuando ingresaba al recinto residencial, le dije “gracias”.

¿Todo bien? El VAR me habría dicho que no. Puedo escuchar a los Gamboa y Deischler que me guiarían hacia la luz desde su justiciero cubículo: “Mal, mal, mal. Debiste decirle que dejara de sujetarte la reja y tú abrirle de par en par la puerta de entrada al edificio. Incluso ofrecerte para ayudarla a cargar sus compras. O, al menos, lograr que te dejara apretarle el botón del ascensor”. Ahora que lo pienso la cara de la dulce veterana al ver que no hice todo lo que me indican de mi VAR interno imaginario era la de alguien que dice “ya no quedan caballeros”. Por lo bajo. 

Una tercer área y final en que, a vuelo de pájaro, detecto una utilidad incuestionable de esta herramienta fuera del fútbol dice relación con la alimentación extracuchitril. Cuando salgo a comer con familiares, parejas o amigos y sin importar lo que escoja del menú, siempre pero siempre soy el único de la mesa que termina disconforme con su elección. Puedo optar por un sándwich de mechada completa, por ejemplo, pero a poco andar y masticar recuerdo que el chucrut es para mí más un suplicio que un aderezo, que la mechada todas las veces la encuentro más seca de lo normal y que los tomates blancos por dentro de vista ya me patean.

¿Qué me diría el VAR? De partida, que sólo vaya a comederos calados, que sean sinónimo para mí de satisfacción garantizada. Que si eso no fuera posible, que me tome todo el tiempo del mundo para revisar la carta, preguntar y contrapreguntar al garzón respectivo y hasta dilatar mi pedido hasta chequear qué aconsejan o desaconsejan ordenar el resto de los comensales con lo que estoy compartiendo.

Conclusión: para el fútbol el VAR será el peor de los mundos, una maldición que atenta en cada partido contra el espíritu romántico, fortuito y humano de este deporte. Para la vida es la solución definitiva, la llave de la felicidad.