Una deuda histórica: leer a José Bengoa hoy

El periodista Patricio Olavarría nos invita a reflexionar sobre una columna del historiador y antropólogo chileno José Bengoa acerca del conflicto entre Chile y el pueblo mapuche.

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Por El Ágora
Actualizado el 14 de junio de 2025 - 10:00 am

La exposición “Bajo Sospecha”, sobre el arresto del reconocido artista mapuche Bernardo Oyarzún. / Foto: FACEBOOK

Recomiendo leer la columna de José Bengoa en el número de junio de Le Monde Diplomatique: “Las tierras disputadas”. Una lectura lúcida, incómoda y absolutamente necesaria para quienes queremos comprender, aunque sea un poco más, la profundidad del conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche.

Bengoa no sólo habla de tierras usurpadas ni de títulos inconclusos. Habla de “tierras antiguas”, aquellas que no se pueden reducir a propiedad ni a papeles, porque están ligadas al corazón mismo de la existencia mapuche. Territorios donde habitan los relatos, la memoria, la espiritualidad, los lazos familiares, las prácticas agrícolas y los ritos.

Tierras que son parte del cuerpo extendido de un pueblo, no bienes transables en el mercado inmobiliario. Y cuando no se comprende esto, lo que se hace es borrar -otra vez- el sentido de una cultura sistemáticamente ignorada.

En este texto se recuerda también que no basta con crear comisiones o emitir comunicados: es urgente escuchar directamente a las comunidades. No como trámite, no como protocolo, sino como gesto político real. La reparación no puede imponerse desde una oficina en Santiago ni reducirse a mecanismos burocráticos que perpetúan la desconfianza.

Pobreza acumulada

Tiene que surgir del diálogo, del reconocimiento mutuo, del respeto y, sobre todo, de la voluntad de cambiar el modo en que se ha ejercido históricamente el poder sobre estos territorios.

Y hay una advertencia clara: no hablemos más de “pacificación”. Esa palabra arrastra siglos de violencia colonial. Fue con ese mismo nombre -la “Pacificación de la Araucanía”- que se justificaron ocupaciones militares, desplazamientos forzados y apropiaciones de tierras a fines del siglo XIX. Usarla hoy, aunque sea de forma inconsciente, sólo profundiza la herida y refuerza la lógica del control sobre la del entendimiento.

Lo que necesitamos no es una nueva “pacificación”, sino justicia territorial y reparación histórica. Y eso implica reconocer que el conflicto en el sur no es solamente por hectáreas, sino por dignidad. Por pobreza acumulada. Y por abandono cultural. Por siglos de exclusión que no se resolverán con soluciones simbólicas ni con campañas comunicacionales.

Leer esta columna es asomarse a una verdad incómoda: que seguimos siendo un país que no ha aprendido a convivir con su diversidad, ni a reconocer el daño causado. Pero también es una invitación: a pensar distinto, a escuchar más, a actuar con más justicia.