Un contrapunto inevitable: ¿Alí o Pelé?

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Por Eduardo Bruna
Actualizado el 11 de junio de 2016 - 9:12 pm

  • Los dos atletas más notables que dio el pasado siglo gozaron siempre de similar fama. Pero mientras uno de ellos trascendió las fronteras de su deporte para transformarse en ídolo intachable, el otro antepuso siempre sus intereses personales aunque ello le significara alejarse de esa gente humilde de la cual alguna vez formó parte.

Mientras millares de personas despedían acongojadas hasta el abatimiento a Muhammad Alí en su natal Louisville, a miles de kilómetros de allí Pelé, compartiendo con Maradona en París en una ceremonia previa al comienzo de la Eurocopa, sacaba literalmente la lana y los palillos para claramente congraciarse con quien ha sido, en las últimas décadas, su más empecinado rival para lucir el honorífico título de “el mejor futbolista de la historia”.

Ignorando la presencia de un indiscreto micrófono, “O Rey” le pregunta a Maradona por Messi, pero agregando que él no le encuentra trazas de los grandes jugadores de su época, balón que el “10” agarra de voleo para redondear la idea con un “es buena persona, pero no tiene personalidad para ser un líder”.

Descomunal metida de pata de los dos ídolos que en cosa de segundos estaba en conocimiento del mundo. Tan descomunal como aquella de José “Pepe” Mujica, ex presidente uruguayo, que también ignorante de la presencia de un micrófono habló de la “vieja” para referirse a Cristina Fernández de Kirchner y de su marido como el “tuerto”. ¡Menudo embrollo para el querible Mujica y la cancillería “charrúa”…!

Las palabras de Pelé y del Diego, no cabe duda, llegaron con la velocidad del rayo a la concentración albiceleste en Estados Unidos. Messi, el aludido en el pelambre, como tantas otras veces optó por el silencio y la indiferencia. El mejor del mundo prefirió hablar en la cancha: en media hora anotó un triplete en la victoria de Argentina sobre Panamá en la Copa América Centenario.

Motivos hay de sobra para considerar a Muhammad Alí no sólo el boxeador más grande de todos los tiempos, sino el deportista más grande de todas las épocas. Porque, como ya se ha dicho hasta la saciedad, aunque nunca parezca ser suficiente, trascendió el boxeo mismo para transformarse en ícono mundial de la dignidad y la consecuencia.

Pelé, qué duda cabe, es el mejor futbolista de todos los tiempos, a pesar de la incredulidad de las nuevas generaciones, que en un mundo mucho más tecnologizado quedaron maravillados, y con razón, con la clase y el talento de Diego Maradona. Y es tanto su convencimiento que años atrás, cuando la FIFA decidió elegir al mejor jugador de la historia a través de la red, el argentino superó por lejos en la votación a la estrella brasileña, que en tiempos ausentes de transmisiones vía satélite derramó su incomparable calidad y jerarquía por los cinco continentes.

No ha habido, y es difícil que surja, un jugador más completo que Pelé. Dueño de una habilidad increíble y de un dribling endiablado, el nacido en la localidad de “Tres corazones” destrozaba cualquier esquema defensivo. Tenía una velocidad de “sprint”, un rechazo formidable para elevarse por sobre los defensores más altos y fornidos y una sapiencia superlativa para echarse el equipo al hombro. Y aparte de ser un perfecto atleta, Pelé jamás arrugaba, aunque lo molieran a patadas. Al contrario: parecía que mejor jugaba cuanto peor lo trataran los pataduras impotentes ante tal muestra de talento.

En suma, fue un jugador al cual jamás se le pudo encontrar un defecto. Capaz de driblear y patear con ambas piernas con igual eficacia, incluso un periodista de deportes que hoy goza de mucho prestigio como “rostro” televisivo de nuestro medio, en sus comienzos llegó a calificar a Pelé como zurdo.

Entre Alí y Pelé como seres humanos hay, en cambio, un mundo de diferencia.

La historia cuenta que, años atrás, el gobierno brasileño promulgó una ley para ir en ayuda económica de todos aquellos jugadores que habían defendido al “scratch” en las Copa del Mundo del 58, el 62 y el 70. Muchos de ellos transitaban agudos problemas económicos. Para decirlo claro: pasaban pellejerías varias. Cada uno percibió en su momento 100 mil reales (unos 30 mil dólares al cambio actual) y una jubilación mensual equivalente a 1.200 dólares.

Si alguien pensó que Pelé, que goza de una cómoda situación, rechazaría tal ayuda, se equivocó medio a medio: no sólo recibió feliz los 100 mil reales, sino que mes a mes cobra su pensión sin siquiera sonrojarse.

Durante un tiempo, además, Pelé fue entrenador de las series menores del Santos, su equipo de toda la vida, donde tuvo bajo su mando a chicos como Robinho, Diego y Elano, entre otros. El director de fútbol del club era Zito, campeón del mundo en Suecia 58 y Chile 62, que jamás cobró un centavo por su labor. Con Pelé, sin embargo, fue distinto: el directorio le fijó un salario mensual de 4 mil reales, suma más bien simbólica, pero al cabo de unos pocos meses “O Rey” pidió un sustancial aumento.Por estos días, Pelé tiene embargado el estadio Urbano Caldeira, más conocido como Vila Belmiro, por supuestos derechos de imagen a los cuales él cree tener derecho.

Como personalidad social,tampoco Pelé ha significado un aporte. El derrocamiento del presidente constitucional de su país, Joao Goulart, en 1964, con el desembozado apoyo de Estados Unidos, y la consiguiente dictadura militar liderada por Castelo Branco, no fue capaz de sacarle el más mínimo comentario al que tiene derecho todo ciudadano. Pelé, cuya voz habría tenido un indudable peso y una enorme influencia, optó por silbar mirando al cielo. Como siguió silbando y mirando al cielo mientras miles de sus compatriotas eran apresados y torturados en las mazmorras brasileñas con la supervisión de militares formados en Fort Brag o en la Escuela de las Américas.

Alí en cambio, ya lo sabemos, no fue nada de domesticado y dócil. Por el contrario: fue siempre una piedra en el zapato para el “establishment”, un permanente dolor de cabeza para el gobierno y para el Pentágono. Defensor a ultranza de los derechos de su raza, fue un pacifista que antepuso siempre sus principios y sus convicciones a sus propios intereses. “¿Quieren mis coronas de campeón del mundo? Ahí las tienen, pero yo no voy a ir a Viet Nam a matar gente inocente. ¿Me van a quitar los millones de dólares que podría ganar en mis siguientes defensas? Quédenselos. Prefiero volver a ser un hombre pobre que un pobre hombre. ¿Quieren encarcelarme? Aquí estoy para ser un negro más en sus cárceles construidas por los blancos”.

Nunca se negó a compartir con ese pueblo que él estimaba el suyo. Mientras previo a “Rumble in the jungle”, en Zaire (actual República Democrática del Congo), George Foreman se recluía en su hotel y se trasladaba al gimnasio protegido por cuatro insobornables y feroces perros Dobermann, Alí hacía el “footing” matinal seguido por centenares de chicos que veían en ese tipo corpulento y grandote a todo un redentor de sus miserias y desesperanzas.

Ya retirado, mientras le dieron las fuerzas y se lo permitió el Parkinson, Alí fue protagonista permanente de cuanta obra social necesitara de su fama y de su imagen. Hasta creó una fundación para ir en ayuda de todos aquellos que soñaban con una mejor calidad de vida a pesar de ese temblor incontrolable que poco a poco se había idoapoderando de su cuerpo y de sus manos.

Por eso, su funeral no podían ser sino multitudinario. Absolutamente democrático, además, como de seguro a él le habría gustado. Porque con parecida tristeza lo lloraron y le dieron su último adiós desde Bill Clinton hasta el campesino más humilde de Kentucky, pasando por Will Smith, Billy Cristal, Jesse Jackson, Mike Tyson, el presidente turco Tayyip Erdogan y Yusef Islam, antes conocido como Cat Stevens, entre muchos otros.

Alí y Pelé. Pelé y Alí. Dos ídolos excluyentes del deporte mundial del pasado siglo y que siguen vigentes porque la nueva centuria está aún en pleno proceso de entregarnos tipos dignos de ponerse a esas alturas para ubicarlos también a ellos en el Olimpo.

Sólo que mientras Pelé fue siempre un acomodaticio, un alcahuete del poder, Alí fue un ser humano íntegro en todo el sentido de la palabra.

De las miles de anécdotas que rodearon la vida de Muhammad Alí preciso es quedarse con una, por su inmenso significado. Detenido por negarse a ir al sudeste asiático, recibió una llamada desde la Universidad de Oxford, Inglaterra. La historia cuenta que Alí tomó el auricular y, tras el habitual “aló”, escuchó del otro lado de la línea una voz flemática y absolutamente británica. Su interlocutor entonces se identificó: “Soy Bertrand Russell y lo llamo para felicitarlo. Usted me hace sentir orgulloso de la condición humana”.