Rusia: aguas calmas, pero con un tiburón al acecho
La rebelión del grupo Wagner siembra dudas sobre los próximos pasos del presidente Vladimir Putin. ¿Cederá ante la presión de Prigozhin y destituirá a la plana mayor del Ministerio de Defensa?
Por ANDRÉS ALBURQUERQUE / Foto: TWITTER
Rusia vivió un día en calma luego de la erupción volcánica que significó el alzamiento en armas del jefe del grupo Wagner, Yevgeni Prigozhin, y su ejército de mercenarios, pero todavía quedan muchos asuntos que dilucidar en las próximas semanas.
Luego de supuestamente recibir un ataque de parte del ejército ruso, el grupo privado que combatía en Ucrania dio media vuelta y, cansado de los desaciertos de la cúpula del Ministerio de Defensa -encabezado por Sergei Shoigu- decidió reingresar a Rusia y llegó a acercarse a unos 200 kilómetros de Moscú, luego de controlar tres regiones: Rostov, Voronej y Lipetsk.
En ese avance, según informaciones de prensa occidentales no confirmadas, Wagner alcanzó a derribar seis helicópteros, incluidos tres Mi-8 MTPR especializados en guerra electrónica, así como un moderno avión Il-22 utilizado para llevar a cabo planes de batalla a gran altura. Eso, además de las víctimas mortales de esos ataques: 39 pilotos y tripulantes.
Fue entonces cuando la oficina del presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, anunció que había negociado un trato con Prigozhin, con la anuencia de Putin.
Paralelamente, la agencia de noticias TASS informó que el gobierno les ofreció a los combatientes de Wagner una amnistía si deponían las armas.
Horas después, los medios estatales rusos informaron que Prigozhin viajó a Bielorrusia y que se retirarán los cargos contra sus mercenarios tras la rebelión.
El presidente de Rusia, Vladimir Putin, aparece hasta ahora como el gran perdedor en medio del caos: de partida, Prigozhin está libre a pesar de su insurrección armada, y se retiró la investigación en su contra.
El traslado a Bielorrusia y la probable absorción de los combatientes de Wagner por parte del ejército ruso podría significar el final del sangriento equipo de mercenarios, pero se desconoce su futuro.
Nadie sabe, tampoco, qué pasará con Prigozhin luego de desafiar la autoridad de Putin, ni qué garantías de seguridad le dieron.
Según Andrew D’Anieri, del grupo de expertos Atlantic Council, con sede en Estados Unidos, “es difícil saber exactamente qué sucederá, dada la naturaleza caótica y poco clara de la información que sale de Rusia. Y, además, se desconocen los detalles del acuerdo al que llegaron el Kremlin y el grupo Wagner para bajar las armas”.
Tampoco está claro si ahora “los cerca de 25 mil mercenarios pasarán a engrosar el ejército ruso o incluso si los soldados profesionales estarán dispuestos a servir junto a ellos”.
Los observadores se preguntan cuánto control podrá ejercer el líder bielorruso sobre Prigozhin, y si las fuerzas de Wagner lo siguen, qué amenaza representarán para Rusia, Bielorrusia y Ucrania.
Lo que está meridianamente claro es que Vladimir Putin enfrentó este fin de semana el mayor desafío a su autoridad desde que asumió el poder, hace más de dos décadas. Y, según muchos, no se quedará de brazos cruzados.
Por un lado, puede destituir a la plana mayor de Defensa, especialmente a los cuestionados Sergei Shoigu (ministro) y Valery Gerasimov (máximo general), para apaciguar las aguas y calmar al tiburón que acecha al fondo del estanque. Pero también puede contraatacar, como sugiere Michael O’Hanlon, analista del centro de investigación estadounidense Brookings, y, pese a la amistad que los une, ser frío y pragmático y acabar definitivamente con la amenaza.
