[Opinión] Colombia: la mejor receta para no beber un café amargo

Imagen del autor

Por Jorge Castillo Pizarro
Actualizado el 28 de julio de 2016 - 6:50 pm

El segundo título de Copa Libertadores logrado anoche por Atlético Nacional es el corolario de repetidas valiosas actuaciones cafetaleras en copas continentales en los últimos años. Un rendimiento así solo puede ser fruto de una potente competencia interna. Nada más lejano de lo que ocurre en Chile.

Qué envidia.

Subcampeones y campeones de la Copa Sudamericana en 2014 y 2015. Campeones de la Copa Libertadores apenas horas atrás. Hablamos de clubes colombianos.

Los nuestros, en cambio, andan por la vida dando la hora en cuanto torneo continental deben disputar.

Ya sabemos el porqué.

Pero siempre duele que desde afuera te digan cómo hacer las cosas para salir del marasmo. Anoche, en el camarín del Atanasio Girardot, embargado por la emoción y agobiado por el cansancio mental, Reinaldo Rueda, el técnico de Atlético Nacional, eludió la exultación y optó por la pedagogía, tal como lo hizo su antecesor en ese sitial en 1989, el legendario Francisco ‘’Pacho’’ Maturana. Calmo, Rueda pidió respeto para el fútbol de su país y su liga porque, remarcó, la usina en que forjó a su equipo hasta convertirlo en casi imbatible durante este último semestre fue ese torneo interno de alta exigencia en que debió bregar y bregar para superar a durísimos adversarios en Bogotá, Cali, Barranquilla, Tunja, Manizales y hasta el propio Medellín, donde debe batírselas contra su archirrival Independiente.

Es que a lo largo del año el nuevo campeón de América se ha enfrentado a rivales de la talla de Millonarios, América, Deportivo Cali, Independiente de Santa Fe, Once Caldas, Junior de Barranquilla, Atlético Bucaramanga y Boyacá Chicó, por citar solamente a los que suelen competir, con bastante éxito, en las copas del continente.

Cualquiera de esos equipos suele llegar a la Libertadores o a la Sudamericana tras haber pasado por esa “pretemporada” de alto nivel que es la liga cafetalera, donde se iguala hacia arriba y no hacia abajo, como ocurre en la chilena.

Varios fenómenos confluyen para que así suceda.

El primer factor es la geografía de ese país, cuyo territorio está separado por tres cordilleras entre las cuales hay valles independientes uno del otro y que permiten, por ende, un desarrollo igualitario a sus habitantes. Han surgido entonces ciudades con poderíos económicos parecidos y capaces, obviamente, de sostener equipos fuertes pero no invencibles porque nada más cruzar a otros valles encuentran rivales de similar estatura.

Nada que ver con Chile, donde el centralismo de todo tipo derivó en el fútbol en la concentración del poderío en los llamados tres grandes. Un cuarto que ya no lo es, Cobreloa, pudo hacerles sombra durante 25 años al amparo de la mayor compañía cuprífera del mundo. Sin ese subsidio, hoy vegeta en la Primera B.

La segunda causal es el envidiable talento de los jugadores colombianos. Amparado en una nutrida población de 48 millones de habitantes y una morfología que mezcla casi por igual a blancos, mestizos y negros, este país es capaz de producir cada año un abundante número de jóvenes promesas que van reemplazando a los que emigran. Todos son poseedores de las mismas características.

¿Y cuáles son esas cualidades?

Vamos viendo. Arqueros de gran altura y personalidad, con el mismo buen pie que el resto de sus compañeros, lo que los hace partícipes naturales de los circuitos de juego; laterales rápidos y hábiles, capaces de defender y desbordar; centrales muy altos, potentes, rápidos y, por si fuera poco, sueltos para salir jugando; volantes completos, que aúnan fortaleza física, dinámica y claridad de juego; creadores “a lo mago Valdivia”, con habilidad y clarividencia (Carlos Valderrama, Giovanni Hernández, Macnelly Torres y James Rodríguez, solo por citar a los más conocidos en Chile); delanteros muy veloces, hábiles, desenfadados, impredecibles y goleadores.

Un cúmulo de virtudes que no abunda en nuestras canchas. No olvidemos que no siempre contamos con centrales confiables por abajo y arriba, laterales eficientes atrás y adelante, creadores de nivel o atacantes sobresalientes a nivel internacional. ¿Le suena aquello de la frenética búsqueda del recambio para la Roja?

En Colombia, en cambio, la “tasa de reemplazo” no es un problema como acá (y no aludo a aquella que tarde o temprano agobiará a usted o a mí).

La tercera incidencia es el sistema de campeonato. Como en Chile, se juegan dos al año. Pero a diferencia nuestra, en que al campeón le basta con ser más regular durante 15 fechas, en Colombia el mejor de todos de entre 20 equipos debe disputar 26 partidos, separados en una fase regular y playoff.

A ello hay que sumar la primacía de lo nacional sobre lo foráneo. Quizás amparada en la prolífica cantera de talento que brota en todos lados, la liga colombiana es una de las que menos extranjeros permite. Este año se redujo a cuatro el máximo tolerado. Para mejor, ese margen solo es utilizado totalmente por cuatro equipos. Incluso hay dos –Fortaleza y Cortulúa- exentos de extranjeros. Atlético Nacional –motivador de esta columna- tiene a tres en su plantel. Y de ellos, únicamente el portero argentino Armani y el talentoso volante venezolano Guerra son titulares.

Todo ello permite que la llamada Liga Águila del fútbol colombiana sea la tercera más poderosa de Sudamérica, tras la brasileña y argentina, y la undécima a nivel mundial, según el ranking 2015 de la IFFHS.

Por añadidura (no al revés), esa fortaleza alimenta a la selección nacional, con claras posibilidades de clasificar nuevamente a un mundial por quinta vez desde 1990. Sus defecciones en 2002, 2006 y 2010 obedecieron más bien a malas designaciones técnicas que concluyeron coincidentemente en sucesivos despidos y reemplazos que ahondaron el problema.

Aprendida la lección, el acierto llamado Pekerman les permitió recuperar el buen rumbo. Y si bien es verdad que el combinado cafetalero está copado por jugadores provenientes del exterior, ello se debe a la abundancia y calidad que hay más allá de sus fronteras. Con tipos que lucen en Europa y los grandes de América las mismas virtudes exhibidas en su tierra natal. Es un tránsito más fluido y menos traumático que el de nuestros jugadores, que deben mejorar todas sus capacidades para estar a tono en sus nuevas realidades. Para que el café no sea amargo.