[Opinión] Apuntes sobre Bonvallet (II parte)

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Por Marco Sotomayor
Actualizado el 23 de septiembre de 2016 - 2:47 pm

El pasado domingo 18, frente al Hotel Los Nogales, cientos de personas se congregaron para recordar la partida de Eduardo. Su nombre también estuvo presente en la pauta de la mayoría de los medios, confirmando la dimensión que adquirió con el correr de los años: la de un personaje nacional, por sobre el comentario deportivo.

Prosigo entregando algunos aspecto de su vida, los cuales, sin ser del todo íntimos o secretos, ayudan a conocer y a entender más su ideario y discurso:

¿De qué equipo fue hincha?

De Universidad de Chile. Eduardo se formó como jugador en los pastos del viejo Estadio Recoleta, bajo las potentes miradas de Washington Urrutia y Pepe Ruiz, y rodeado por los jugadores del Ballet Azul. Su enemigo natural era la otra universidad: la Católica, en tiempos en que el Súper Clásico U-Colo Colo recién estaba en una fase embrionaria.

Sin embargo, siempre guardó mucho respeto por la UC, pues sus dirigentes ayudaron a la repatriación de su familia desde Alemania, donde fue enviada por la dictadura de Pinochet. Incluso, vistió la camiseta de la franja. Pero, sin dudas, su mayor pasión se concentró en la Roja. Siempre sintió un amor fuera de lo normal por la Selección Chilena y, creo, sus mejores alocuciones y análisis fueron en torno del “equipo de todos”.

¿Qué jugadores admiraba?

A Johan Cruyff, como gran referente. Pese a reconocer la jerarquía de Pelé y de Maradona (Eduardo los enfrentó a todos, menos al brasileño), la técnica, el liderazgo y la capacidad estratégica del holandés lo ubicaban como el número 1. Creo, sin temor a equivocarme, que el mayor orgullo deportivo de Bonvallet fue cuando, al término de un partido entre ambos en la incipiente liga de Estados Unidos (fines de los ‘70 y comienzos de los ‘80), Cruyff le pidió su camiseta.

De los chilenos, Elías Figueroa (“lejos, el mejor”), Rubén Marcos, Gustavo Moscoso (su gran amigo en el fútbol), Carlos Caszely, Roberto Rojas, Arturo Vidal, Charles Aránguiz y Gary Medel. Al “Cóndor”, obviamente, jamás le perdonó el impúdico “Maracanazo”, y a Caszely -con quien sostuvo una disputa pública durante meses- siempre, íntimamente, lo consideró “extraordinario”.

¿Qué tipo de futbolista detestaba?

A los que no meten, corren y rehúyen un balón dividido. En otras palabras: a los “cagones”. Al Leo Rodríguez lo apodó “Saltarín Pirimpimpín”, por su tendencia a saltar en lugar de trabar la pelota; del paraguayo Jorge Luis Campos, que llegó a la UC y que luego fue mundialista en Francia ‘98 y Japón-Corea 2002, decía: “la Católica contrató al único paraguayo que no mete la pata…”.

Con todo, reconocía la riqueza técnica de ambos. También abrió un registro con los futbolistas “troncos”: Manuel Pellegrini, Arturo Salah y Rodrigo Gómez (actual gerente de la Selección Chilena) estaban en esa lista. Sobre sí mismo (tema para una nueva columna en la próxima edición de Cambio 21), seña- laba sin vacilar: “Fui un gran jugador”. En la revista digital www.elagora.net hay una descripción de Bonvallet como jugador, escrita por el periodista Eduardo Bruna.

Este comentario también lo puedes leer en la última edición del periódico Cambio 21.