La camiseta de Marcelo Ríos
En esos años la grama londinense era rapídísima y no estaba hecha para los tenistas de juego de fondo como los sudamericanos y españoles que lo pasaban pésimo y se iban tempranamente eliminados. Pese a los desalentadores pronósticos, el Chino Ríos anduvo derechito en sus tres primeros partidos (jugando todavía con ropa Adidas).
Por MARIO CAVALLA
No cabe duda que solo los fríos negocios y el marketing deportivo son capaces de lograr una cuestión tan singular como la que aconteció esa versión de 1997 del abierto inglés y que tuvo a Marcelo Ríos como protagonista. El jugador nacional, que venía empujando muy fuerte en el tour profesional ese año donde se había asentado como top ten y ganado el primero de sus cinco títulos categoría Master 1000 en Montecarlo (Súper 9 se denominaban en ese tiempo), había firmado un contrato soñado con Nike en la víspera del torneo de Wimbledon.
Tras terminar una relación con Adidas, que le reportó un cheque de 250 mil dólares por dos temporadas, cerró un acuerdo de 15 millones de dólares por cinco años con la marca estadounidense, más jugosos bonos por resultados. Era una brutalidad de plata para ese tiempo (y todavía lo es) para un deportista chileno únicamente por vestir la ropa del auspiciador. El millonario contrato empezaba a correr a partir del 1 de julio, en pleno desarrollo de la competencia sobre pasto.
Pero para que Nike viera lucir su logo en la camiseta de su nueva estrella y ante los ojos de la televisión mundial debía ganar tres partidos. Una tarea no menor para el tenista nacional, considerando que al chileno le hacía el quite a jugar en pasto, siempre fue con desgano a la competencia y de frentón nunca hizo una gran preparación. De hecho, solo participó en tres ocasiones y todavía los fans chilenos recuerdan su icónica frase «el pasto es para las vacas», que antes había viralizado el argentino Guillermo Vilas para expresar su gran fastidio por el césped inglés donde su juego creativo no lucía ante el festival de saques, voleas y puntos cortos de su adversarios que no hacían durar los puntos más que un par de raquetazos. Eso, y las rigurosas formalidades de la centenaria competencia sencillamente le cargaban.
En esos años la grama londinense era rapídísima y no estaba hecha para los tenistas de juego de fondo como los sudamericanos y españoles que lo pasaban pésimo y se iban tempranamente eliminados. Pese a los desalentadores pronósticos, Ríos anduvo derechito en sus tres primeros partidos (jugando con ropa Adidas), superó con autoridad al indio Mahesh Bhupati y a los holandeses John van Lottum y Dennis von Sheppingen para acceder en gran forma a la segunda semana de la competencia donde el calendario pasó de junio a julio y Ríos hizo el esperado cambio de vestuario.
El estreno social se produjo nada menos que en la pista central ante el tricampeón del certamen, Boris Becker quien hizo pesar su nivel en una cancha en la que declaraba sentirse “como en el living de mi casa”. No hubo mucha resistencia por parte del chileno que sucumbió al juego perfecto de su rival. Fue un cómodo triunfo para el germano por 6/2, 6/2 y 7/6. Ríos no jugó bien durante el juego contra “Bum Bum”, pero poco importaba. La rentabilidad de esas dos horas de partido dejó con una sonrisa de oreja a oreja a la plana mayor de la marca deportiva, presentes en las tribunas de la Catedral del tenis. Ocho meses después lo verían trepar al número uno mundial en Key Biscayne.
Lo que se diría una inversión redonda.
