Estadio Seguro nos sigue metiendo el dedo en la boca a los futboleros
Para intentar desmentir de que se trata de un organismo público que nunca ha servido para nada, Pamela Venegas y sus boys igual impidieron que se jugara este domingo el Colo Colo-Universidad Católica, aduciendo razones de seguridad a esas alturas inexistentes. Con ese mismo argumento, ¿por qué se permitieron los dos conciertos finales del reguetonero picante que se hace llamar Daddy Yankee?
Por LAUTARO GUERRERO
Estamos de acuerdo que, desde hace varios años, el fútbol ha venido dejando bastante que desear desde el punto de vista de la civilidad y la disciplina. Que, cooptado por hordas de simios, que se dicen hinchas, ha llegado a un verdadero estado terminal. A un estado tan crítico que, jugarlo sin público y exclusivamente para la televisión, es una alternativa que al parecer tarde o temprano tendremos que entrar a considerar, por absurda y aberrante que a primera vista parezca.
Y es que, ¿qué otra solución nos resta cuando la batalla frente al lumpen y al flaiterío la venimos perdiendo hace tiempo, y cada vez con más expresivas goleadas?
En el breve lapso de dos días tuvimos la más patente prueba de que el lumpen hace lo que quiere. A todo nivel, pero especialmente en el fútbol, donde sus desmadres logran una resonancia que en otros ámbitos no alcanzan. El partido Universidad Católica y la U, por la Copa Chile, tuvo que suspenderse luego de escuálidos dos minutos de juego de tiempo real, porque un par de delincuentes de la barra “cruzada” no hallaron nada mejor que practicar tiro al blanco con bengalas utilizando la humanidad de Martín Parra, arquero azul. Dos días después, los macacos albos dieron la nota alta, una vez más, abatiendo techos y estructuras publicitarias del Monumental de puro amor y pasión por el Cacique, como suelen decir estos inadaptados tan poquita cosa y tan pobres de espíritu, que sólo en el rebaño y en el anonimato buscan una manera de validarse y de ser alguien.
Las consecuencias de ambos actos, se conocen de sobra: deberán jugarse, sin público, los más de 80 minutos que aún le restan al partido de cruzados y azules, de modo de conocer al cuarto semifinalista de la Copa Chile, al paso que el partido de Colo Colo-Universidad Católica, con suerte se jugaría este martes, si es que las autoridades gubernamentales, y los chantas de Estadio Seguro, no dicen otra cosa.
Y es que, en esta pasada al menos, algo de razón les encuentro a los usurpadores de Blanco y Negro. Porque es cierto que nada de esto habría ocurrido de no haber permitido que el lumpen prácticamente se tomara el Monumental para el habitual “arengazo” de pacotilla al plantel de jugadores, pero tras apreciar que habían metido la pata hasta la rodilla, decidieron que el error había que enmendarlo y, trabajando a ritmo forzado, incluso de noche, a la mañana del sábado ya no quedaban indicios de los estropicios provocados por los inefables “garreros”.
Más de 26 millones de pesos le costó a Blanco y Negro la gracia del flaiterío albo. Pero he aquí que la Delegación Presidencial para la Región Metropolitana, según se dice por recomendación de Estadio Seguro, decidió que el partido de todos modos no iba a poder jugarse en la fecha y hora programada, es decir, domingo 2, a las 15:00 horas, por “razones de seguridad”.
¿Por qué, si los daños ya no existían y por lo demás no afectaron nunca las aposentadurías de la denominada Tribuna Cordillera? ¿Qué peligro podía correr esa gente, si las estructuras metálicas descalabradas de la publicidad ya habían sido retiradas? El timonel de Blanco y Negro, Alfredo Stowing, habló de “discriminación” para referirse a esta medida y, a pesar de no ser santo de mi devoción, como no la ha sido ninguno de los pillastres que alguna vez ha ejercido ese cargo, no dejaba de tener razón, y tenía incluso el argumento a la mano: ¿cómo es que se permitieron entonces los dos últimos conciertos de ese picante apodado Daddy Yankee, si el primer día el Estadio Nacional había sido escenario de hechos gravísimos, delictuales y vandálicos, al interior y en el exterior del recinto?
No pasó nada. El cantorcillo de peso veinte cantó (es un decir) como estaba programado y se fue forradito de Chile gracias al mal gusto que hoy impera. Hasta una estatua le hicieron al rasca reguetonero.
Por lo demás, y como señaló el mismo Stowing, el sábado ningún burócrata de Estadio Seguro estuvo dispuesto a ver las condiciones en que había quedado el Monumental. Deben haber estado agotadísimos luego de una semana extenuante. Resultado: se mantuvo a firme la decisión de que el partido este domingo no se jugaba.
Sabedores de que Estadio Seguro es un fraude, un gastadero de plata inútil y que se prolonga increíblemente por 12 años y cuatro presidencias, la jefa de esta entelequia –Pamela Venegas- encontró el pretexto justo para demostrarnos que ellos son un servicio público de la mayor importancia y que, sin su aporte, el fútbol estaría por completo a la deriva y sumido en el más grande de los caos.
Perdón, señora Pamela, pero en este país todavía quedamos chilenos que no nos tragamos esos sapos. Porque, aunque lo hemos dicho cien veces, pareciera que estamos condenados a repetirlo una vez más: cuando Piñera I inventó este organismo bueno para nada, lo hizo sólo para poner en un cargo bien remunerado a un gañán de nombre Cristián Barra, operador político de la derecha que, por capacidad y estudios, con suerte podría haber aspirado a un cargo de portero o de junior, con todo el respeto que me merecen los que trabajan en eso.
¿Qué pasó? Que durante esos cuatro años Cristiancito se forró que fue un gusto sin quemarse las pestañas ni mover una pata, sólo que Bachelet volvió en 2014 a La Moneda y, en lugar de eliminar esta estafa que se nos hace a todos los chilenos, la encontró de lo más simpática para ubicar allí a un concertacionista que, por esas injusticias de la vida, se había quedado sin pega: José Roa, director del Sernac durante Bachelet I.
Y la cueca ha seguido hasta ahora. Gabriel Boric, que bobo no es, como pelotero debe haber cachado desde hace años que Estadio Seguro no era más que un gol de media cancha que nos metíó Piñera, porque total la plata no la iba a poner él. ¡Faltaba más…! pero también se hizo el gil, porque, después de todo, siempre hay amigos a los cuales ubicar en alguna parte del aparato del Estado con plata de todos nosotros.
¿Se han preguntado ustedes, además, qué hace durante la semana esa gente que “trabaja” para Estadio Seguro? No deben ser muchos sus funcionarios, en todo caso, aunque uno nunca sabe, pero igual deben tener oficinas, teléfonos y computadores para llevar a cabo en forma eficiente su abnegada tarea. Repito la pregunta: aparte de la faramalla de visitar un estadio, previo a un partido de alto riesgo, o sea, cada tres o cuatro meses, ¿qué hace esa gente el resto del tiempo? Es la papa, viejo… ¿Cómo estaríamos, Boric, si uno de estos días te mando mi currículo para entrar a trabajar allí?
Chistes malos aparte, el fútbol ha entrado en un estado terminal. Y no se trata de ser catastrofistas o agoreros. El lumpen se lo tomó y a sus anchas, porque el flaiterío de este país sabe que, además, también estamos llenos de lumpen de cuello y corbata, disfrazados de caballeros.
Y entre bueyes no puede haber cornadas, viejo, como decía Ño Peiro, en un fundo perdido de la Región del Maule.
