«Cuando conocí a Alí y a Ken Norton, en la previa de la gran revancha»
El ex director de “El Gráfico” de Argentina nos cuenta en este fragmento de su libro “Memorias de un periodista deportivo”, la vez en que compartió con dos de las figuras excluyentes de la categoría máxima del boxeo, que, con la presencia del “Más Grande”, prácticamente monopolizó el interés mundial y mediático durante la década de los 70 del pasado siglo.
Por HECTOR VEGA ONESIME
Luego de Monzón-Benvenuti, el aprovechamiento integral de los viajes prolongó mi permanencia en el mundo del boxeo. Gracias a ello, materialicé dos objetivos de vieja data: conocer Estados Unidos y a su máxima estrella deportiva, Muhammad Alí.
La breve historia de esos idílicos avatares arrancó en Colombia a mediados de abril del `73. Independiente y San Lorenzo jugaban allí por Copa Libertadores. El intervalo en las presentaciones de ambos lo aproveché yendo a Los Angeles para ver a Ken Norton, un boxeador que saltó a la fama derrotando a Alí. Fue una victoria impregnada de morbo: la mandíbula del perdedor quedó fracturada en el segundo round, peleando en esas condiciones los 13 restantes hasta caer por puntos.

En Los Angeles encontré a algunos de los compatriotas radicados en esa ciudad que sabían de mi llegada. No imaginaba chocarme con una bienvenida tan numerosa. Fui “secuestrado” afectuosamente por quienes sabían que eran claves para que pudiera conseguir lo que iba a buscar.
El restaurante mexicano “El Torero” se convirtió en centro de operaciones. Desde allí, Juan Carlos Acosta y la barra del local (Oscar Pizarro, Hugo Pezzi, Angel Bella, Alberto Uriarte, Mario Sueyro, Miguel Correa y Juan Miguel Velásquez con su máquina fotográfica) rastrearon sin cesar el paradero de Ken Norton. “Ayer nos dijo que enseguida salía para acá”. “En su casa no responden”. “Nadie sabe dónde ubicarlo”. “Parece que partió hacia otro destino”. Las referencias contradictorias devoraban el escaso tiempo (menos de 48 horas) que disponía para encontrarlo.
Su domicilio en Los Angeles: 17423 de la avenida Keenie, en el barrio Carson.
Allí encontramos un par de veces silencio y desolación. El plazo disponible se fue agotando inexorablemente. La cadena de solidaridad que me rodeó era tenaz en su confianza. Quise renunciar a la búsqueda, pero la barra se opuso. “Hagamos el último intento”, propuso alguien que conservaba la fe intacta. Mirando el reloj acepté, “si alcanzo a tomar el vuelo a Bogotá”, condicioné.
La tarde le entregaba a la noche su ocaso cuando volvimos al barrio de casitas siamesas. “No está”, nos desalentó un negrito de unos 15 años, quien dio una pista: “Vayan al hotel, restaurante y boite Rodeway Inn, que no queda lejos de aquí. Suele ir allí”. Redada inútil: ni siquiera les resultaba familiar el nombre de Ken Norton. Como en una rutina sin esperanza, regresamos a su morada y, a la distancia, un suntuoso auto Continental modelo 73 desencadenó una expresión colectiva de júbilo.
Íbamos en dos autos repletos de pasajeros, por lo que aconsejé prudencia: “Bajemos de a uno y lentamente, evitemos asustarlo en medio de la penumbra.” Recomendación desoída. Para nuestra tranquilidad, Norton acogió a la comitiva sin sobresaltos, haciéndonos pasar a una vivienda que desnudaba la falta de un cuidado prolijo y cotidiano.
“Si usted vino desde Buenos Aires es porque estoy siendo famoso”, fue la introducción. “Mándeme su magazine con esta entrevista”, la despedida. En el medio, una charla que repasó su trayectoria humana y deportiva.
El reencuentro demoró tan sólo unos meses. “La batalla de la mandíbula rota” –revancha con Alí- registró fecha y sede: septiembre de ese ´73 en Los Angeles. El hotel Marriott de la avenida Century cobijó a los púgiles. Montó instalaciones adecuadas para los entrenamientos. Sin embargo, la primera reacción de Cassius Clay (nombre del que renegaba) fue un enojo visceral: “¿Dónde está el gimnasio que me prometieron? ¿Qué es esto? ¡No quiero refrigeración! Suban mis maletas al micro. ¡Me voy!”. Y amenazó con irse a su campo de Deer Lake en Pennsylvania.
Aquel escándalo preliminar fue sucedido por el primer acto del show deportivo, si es que no consideramos un solo show lo que él hacía arriba y abajo del ring.
De acuerdo al programa minuciosamente diseñado, Alí disponía del gimnasio ese día a las 13 horas: un recinto pequeño, aunque confortable, al que exclusivamente los periodistas tuvimos acceso.
Movimientos livianos y enseguida un ademán pidiendo que nos acercáramos. Alí bajó envuelto en una bata blanca y se recostó sobre el cuadrilátero. Transpiraba. Por momentos toxinas, por momentos ingenio, por momentos alucinaciones… No se requerían preguntas. El monólogo encendido daba respuesta al más amplio repertorio. Gesticulaba e imitaba. Memoraba y vaticinaba. Tarareaba un himno o una canción popular. Repartía su mirada penetrante e inteligente, pese a que por instantes trajo a mi pensamiento aquello de “una banderita de taxi en cada mano y medio melón en la cabeza”. Su autoestima le cincelaba una perenne sonrisa irónica en el rostro. Vital, agresivo, espontáneo. Exuberante, carismático, provocador.
Observé y escuché celosamente, exigiéndole a la memoria que no dejara escapar nada. Tres frases comprueban que fui atendido:
– “Para esta vez prometo un show diferente. Alí volverá a ser el que fue. A la mariposa no se le han roto las alas. La abeja sigue zumbando”.
– “Yo creé un monstruo, un Frankenstein de este Norton. Ahora lo tendré que destruir”.
– “El boxeador más feo es Joe Frazier. El más lindo, Ray “Sugar” Robinson a los 20 años. Ya no”.
Le propuse un coloquio privado, invitación que abortó amablemente: “¿Periodista argentino? Mucho gusto, lo siento, estoy ocupado. Toda la prensa está detrás de mí. Es una manera de meterlos a ustedes en este gran desafío”. No le entendí.
A las 15 horas Ken Norton ocupó el mismo lugar. Una escena similar pero –obviamente- con contenido distinto. Sus palabras denunciaron recato y sensatez. A punto de retirarse, mostró un expresivo regocijo por la presencia de Juan Carlos Acosta y la mía. Agradeció que le haya enviado el ejemplar con su reportaje, ofreciéndose para una nueva inquietud, gentileza que no desaproveché:
– ¿Cuál es la diferencia entre las circunstancias de aquel combate y las de éste?
– Los dos hemos mejorado. Alí está en mejor estado físico, yo tengo más confianza. Alí corre más, yo tengo agresividad. Además, hay que ver cómo quedó de la mandíbula rota…

En la sala de baile del hotel se desarrolló la ceremonia del pesaje. Llegar hasta allí significó para Alí superar inconvenientes propios de su popularidad. Una multitud quiso subir al ascensor que –de acuerdo con la gráfica comparación de un periodista norteamericano- semejaba a la cubierta del Titanic cuando se hundía.
Aunque en este caso no querían bajar, la desesperación era parecida. El informe de la balanza –212 libras- despejó el temor de su entorno. Sonrió: “Llegué a estar fofo y lento por comer comidas de blanco. Hoy estoy liviano y fuerte porque como comida fresca: verdura, pollo y cerdo. No más tortas, pan ni galletas”.
Retornó apurado a la suite y, al cerrar la puerta, en un suspiro profundo descargó las tensiones vividas. Se paró frente al espejo ovalado, dándose a sí mismo un gancho de derecha. Tiró la bata arriba de un sillón, le alcanzaron un pantalón negro y una camisa azul. En su cuarto éramos muy pocos quienes lo mirábamos respetuosamente. Hasta que pidió silencio:
Declamó acerca de mil cuestiones, empero, la mandíbula rota acaparó su atención:
“Yo solo pude aguantar aquel terrible dolor. Si le hubiese pasado a Norton, quién sabe dónde estaría ahora. Me siento bien. Tengo un plato de oro detrás de la mandíbula para protegerla y me hicieron un puente con tres dientes que hacía rato no tenía”.
Nos pidió paz y silencio. A las seis de la tarde del día siguiente era la pelea en el Forum de la ciudad de Inglewood, condado de Los Angeles, estado de California, en un estadio capaz de albergar 20.000 espectadores, en el que los Lakers eran locales en el básquetbol de la NBA. Quedó solo.
Se había acabado la cuenta regresiva. Pasearse por el ringside era descubrir una feria alucinante de color, vanidades y extravagancias. Frente a este collage deslumbrante, me interrogaba: ¿Cómo describir a Sammy Davis Jr., sus capas blancas, su túnica negra, sus botas, sus anteojos, sus collares…? ¿Y a Bob Foster, su traje de cuadriculados restallantes, sus zapatos con tacones, su sombrero “haciendo juego” con el traje, sus lentes oscuros…? Pasó un moreno ignoto que ha salpicado su piel en el arco iris. Pasó una morena saturada de polvo y con su melena “african look”. Pasó un yanqui rubio de flequillo y moño. Pasó una rubia con sus carnes al aire y la boquita muy pintada… Pasaron celebridades que no necesitaban de esfuerzo para ser identificadas. Como la muy señora Esther Williams y su marido, el actor argentino Fernando Lamas, quien me saludó con pronunciado acento porteño, Joe Louis, Frank Sinatra, Danny Kaye, Rocky Graziano, Andy Williams… A las 18.35, la hermana de Barbra Streisand entonó con fina voz el himno de los Estados Unidos ante la indiferencia del público.
El duelo resultó estrecho, mostrándolos en un nivel superior al anterior. El noveno round fue distinguido como el mejor del año y venció Alí por puntos en fallo dividido.

En el camarín, el ganador reposaba en una camilla. El bálsamo refrescante del alcohol deslizándose por su cuerpo, lo aliviaba. Esos masajes ahuyentaban la fatiga y el stress. El rezo de un musulmán negro sonaba como letanía. Clima propicio para sus primeras declaraciones:
– “Alá estuvo en el ring en el asalto postrero para ayudarme a ganar”.
– “Norton es el mejor de todos los que he enfrentado”.
– “¿Por qué estoy tan serio? Porque las payasadas se acabaron. Tengo familia y tres hijos”.
En las afueras lo aguardaba un puñado fervoroso de fanáticos. “Son los adulones de siempre, los que están cuando uno gana”, espetó malhumorado.
Distribuí una fugaz mirada de despedida al Forum, sumergido en la oscuridad. Cigarrillos apagados, cáscaras de maní, vasos rotos de papel…dormitaban en sus entrañas. La alegría y el color se esfumaron envueltos en la magia de Alí.
De Los Angeles a Nueva York. En la “Gran Manzana” comprobé el luminoso presente de Jorge “Aconcagua” Ahumada, un boxeador argentino que viajó al norte cargado de dudas y apoyado en la certeza de su fe. Alumno de la escuela mendocina de “Paco” Bermúdez, que llegó al gimnasio del famoso Gil Clancy como sparring, y prontamente se transformó en figura. También abordé a Emile Griffith y con él las palabras giraron exclusivamente en torno al nombre de Carlos Monzón.
