Crónicas de Sergio Ried: Tenis con un Premio Pulitzer
No es común que un notable escritor y humorista famoso, sea fanático del tenis, ni tampoco es usual que un periodista de una lejana tierra de Sudamérica, esté entrevistándolo en su propia oficina en Washington DC.
Por SERGIO RIED / Foto: ARCHIVO
Esto ocurrió un día de agosto de 1997, entre el Premio Pulitzer estadounidense Arthur «Art» Buchwald y quien escribe estas líneas.
En aquella ocasión fui invitado a su casa, de paso al US Open, por un alto ejecutivo del Banco Interamericano de Desarrollo, que tomaba clases conmigo en el Hotel Sheraton cada vez que iba a Chile. Quería que conociera su casa en Reston, Virginia, una de las ciudades-dormitorio de quienes trabajan en el DC y que diera una clínica en su club.
Por extraña coincidencia, su esposa había sido secretaria de Art Buchwald, por lo que me ofreció conseguirme una entrevista con el famoso periodista, escritor y humorista.
JUGANDO CON UN GRANDE
A las 11 de la mañana de aquel caluroso día de agosto, nos encontrábamos con mi esposa Frieda (QEPD), en la oficina de este laureado escritor de más de treinta libros, considerado como el mayor humorista estadounidense desde Mark Twain.

Simpático, agudo y de palabra fácil, nos contó de su afición por el tenis y su fanatismo por los Washington Commanders de la National Football League (NFL) y, por supuesto, nos mostró toda la colección de sus libros.
Tras una hora de charla, le dedicó a Frieda el último de ellos «I Think I Don’t Remember» y me invitó a jugar tenis a su club indoors, a pocas cuadras de su oficina. Me consiguió la ropa más adecuada que encontró y me presentó a los dos amigos que jugarían con nosotros. Uno de ellos, famoso periodista de la cadena televisiva NBC, a quien yo veía todas las tardes en el noticiario.
Entretenido partido, matizado por chistes y bromas de mi partner Art y un frugal almuerzo en el mismo club, pusieron fin a esta inesperada y fructífera entrevista con un personaje de lujo.
Había conocido a uno de los personajes más icónicos y queridos de la literatura estadounidense.
Y Premio Pulitzer 1982.

