Crónicas de Sergio Ried: Cuidado con la mafia

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Por El Ágora
Actualizado el 16 de octubre de 2023 - 6:47 pm

De cómo fue que hice clases de tenis a la viuda de un sicario de la familia Colombo, asesinado en un restaurante con decenas de testigos.

Por SERGIO RIED / Fotos: ARCHIVO

Un lunes de abril de 1972, me encontraba en mi pro shop del hotel Sheraton de Saint Petersburg, Florida, cuando a eso de las diez de la mañana, irrumpieron dos damas en elegantes tenidas deportivas.

La rubia, que dijo llamarse Sina, me pidió clases de tenis para ambas, durante la semana que pasarían en el hotel.

Se notaba que no eran de la zona, por su elegancia y sofisticación, lo que confirmé cuando me dijeron que venían de Nueva York, por un poco de sol y para olvidar un problema que afectaba a Sina.

Compraron atuendos y zapatillas de una conocida marca italiana y me pidieron que les prestara raquetas. Volvieron media hora después y comenzó la primera clase.

Sina, ya viuda.

NO SÓLO TENIS

Finalizados los 60 minutos de clase, con más conversación que juego, quedamos para el día siguiente a la misma hora. Pero no íbamos a tener que esperar tanto para vernos de nuevo, porque esa tarde, alrededor de las siete, las encontré en el bar del hotel y me llamaron a su mesa.

Bebimos unas cervezas y ya con más confianza, Sina me contó que su marido había muerto de una manera horrorosa y por eso ella y su mejor amiga, Caroline, habían decidido hacer este viaje por Florida, con destino final en Miami.

También se mostraron muy interesadas en saber si había algún lugar entretenido en «este pueblo de viejos». Sorprendido por la pregunta les dije que sí y que tenía un amigo que era especialista en la vida nocturna de este «pueblo de viejos».

Un telefonazo y 15 minutos más tarde, mi amigo el kinesiólogo brasileño Fernando Borges, se unía a nosotros en la mesa.

Las clases de tenis y las salidas nocturnas siguieron toda la semana, con Fernando emparejado con Caroline y yo sirviéndole de  paño de lágrimas a Sina.

Hasta que llegó el viernes y la despedida, con intercambio de abrazos y números de teléfono para futuros encuentros. Que obviamente nunca iban a ser.

DESCUBRIMIENTO DE TERROR

Unas tres semanas después, paseando por el mall de Saint Petersburg, vi en la vitrina de una librería, un libro que era la novedad del mes. Se llamaba «Crazy Joe Gallo», y trataba sobre el gangster más temido y sanguinario de las mafias neoyorkinas, que había sido baleado semanas antes en el restaurante Umberto’s Clam House, de la calle Mulberry, en la «pequeña Italia» (foto principal).

Sina y su marido mafioso el día de la boda.

Hojeando el libro, leí que esa noche del 7 de abril de 1972, Joe Gallo se encontraba celebrando su cumpleaños número 43 en compañía de su madre, su hermana Carmella, su esposa Sina, con la que se había casado hacía sólo 10 días, Lisa, la hija de 10 años de su esposa y su guardaespaldas Peter “The Griek» Diapoulos y la novia de éste.

A las 04:30 de la madrugada, ingresaron al restaurante cinco individuos que ametrallaron la mesa del gángster y su familia. Joe, con cinco balas en el cuerpo, logró arrastrarse hasta la salida del local para morir al medio de la calle Mulberry. La sangre fría y la experiencia de Joe, que volcó las mesas para parapetar a su familia, no hubo otros damnificados.

En una de las fotos que ilustraban el libro, había algunas de la boda de Joe con Sina, de Sina con anteojos oscuros, llorando abrazada del féretro de su marido, y otras de mi alumna en diferentes aspectos de su vida.

Mientras avanzaba en la lectura del libro, también aumentaba mi nerviosismo, sobre todo cuando decía que la familia Colombo no descansaría hasta dar con el asesino de su sicario y que investigarían a Sina para ver si ella tenía algo que ver con el asesinato de su marido.

Desde ese momento y durante un buen tiempo anduve temeroso de ser blanco de las bandas de Joseph Profaci o Carlo Gambino, por figurar en la libreta de teléfonos de la viuda del gángster y haber salido con ella durante una semana.

Pero por suerte no fui de interés para ellos.

Hasta ahora…