Columna de Rodrigo Araya: ¿Fin de año o fin de ciclo?
Este 31 de diciembre no sólo vamos a despedir un año: vamos a despedir un período en que el actual ciclo político, aquel que privilegia el yo por sobre el nosotros tambaleó, se inclinó, pero no mucho más.
De un modo brutal, el 11 de septiembre de 1973 marcó el fin de un ciclo político.
Desde la reforma de los Maceteros de Alessandri, pasando por la Reforma Agraria y la Ley de Juntas de Vecinos de Frei Montalba, hasta el gobierno de Allende, podemos apreciar en el país un ciclo político que apuntaba a dar mayor participación en lo público al sector popular.
Un sector que se entendía únicamente como destinatario de políticas públicas, o de la caridad de las élites e iglesias, o personaje principal de los discursos de diversos sectores políticos, comenzó a adquirir protagonismo. Por ejemplo, el voto se hizo extensivo a los analfabetos, que por primera vez votaron en la parlamentaria del ’73. O los libros de bolsillo de Quimantú que se podían comprar en los quioscos al valor de una cajetilla de cigarrillos.
Con el Golpe de Estado, este ciclo llegó a su fin.
Dejó de darse prioridad al sector popular, y el énfasis se puso en las libertades individuales. El cambio que permitió contar con más de un sindicato en una empresa, o aquel que autorizó la creación de más de una junta de vecinos en un territorio, son ejemplos de esto.
Lo que Joaquín Lavín llamó “La revolución silenciosa”, tuvo más de revolución que de silenciosa, pues tanto los quejidos que provocó el dolor infringido, como los lamentos por el nuevo ciclo, se podían escuchar sin mayor esfuerzo. Claro que para ello había que querer oír…
El triunfo de Aylwin pareció destinado a instalarse como el término de este ciclo en que el yo se imponía al nosotros. El eslogan de su campaña permitía ilusionarse con aquello: Gana la gente.
Si bien la gente es un nosotros bastante más difícil de imaginar, de definir, de delimitar que sujeto popular, al menos servía para imaginarse un cambio en la dirección del país.
El surgimiento del Fosis, es decir, de un fondo de solidaridad e inversión social, parecía la concreción de este nuevo impulso. Incluso, servicios como Indap comenzaron a privilegiar sus programas de apoyo a campesinos organizados, en desmedro de quienes optaban por el trabajo en solitario.
Sin embargo, la opción no fue favorecer que un sector social marginado pudieran acceder con legitimidad a lo público para así fortalecer la democracia. Más bien se dirigió a favorecer iniciativas que dieran empleo, como las micro y pequeñas empresas. Sin duda, fue más que el PEM y el POJH, pero menos que la Reforma Agraria y la Ley de Juntas de Vecinos. El predominio de la expresión sectores vulnerables por sobre sectores vulneralizados dan cuenta de ello.
Así que el ciclo impuesto por la Dictadura siguió vigente, con algunos sobresaltos, algunas modificaciones que parecían sugerir algún cambio, pero que no pusieron en riesgo la tendencia. Los consejos locales de salud, o las exigencias de contar con apoderados y alumnos organizados para definir cuestiones estratégicas en los establecimientos educacionales (consejos escolares) son muestras de ello.
La gran marcha del 25 de octubre de 2019, que se vivió en Santiago, pero también en tantas ciudades del país, levantó los alicaídos ánimos de quienes creemos que democratizar es aumentar las posibilidades de participar en lo público.
Los cabildos que se organizaron, las conversaciones que se produjeron, los abrazos que se dieron, parecían concretar aquello que se podía leer en varios carteles: Nos costó tanto encontrarnos, no nos soltemos.
Pero, siempre hay un pero. Que la pandemia, que la sobre interpretación que hizo la primera constituyente del significado del estallido, que la irresistible tentación que representaba la oportunidad de crear una Constitución para otros actores que no fueran las élites, que el desempeño reprobable de un par de constituyentes… y podríamos sumar.
Ese 4 de septiembre de 2022 parecía ser la fecha en que se ponía punto final al ciclo político impuesto el 11 de septiembre de 1973. Pero en realidad fue la confirmación de que la tendencia del actual está tan arraigado en nuestra ciudadanía que no es fácil detenerlo. El 61% que rechazó la propuesta constitucional es la mejor prueba de ello.
El 11 de marzo venidero asumirá un nuevo presidente de la República. El resultado de la segunda vuelta es demasiado reciente como para tener que recordarlo.
Así que este 31 de diciembre no sólo vamos a despedir un año: vamos a despedir un período en que el actual ciclo político, aquel que privilegia el yo por sobre el nosotros tambaleó, se inclinó, pero no mucho más.
Por lo tanto, la evaluación del año que se va, no puede dejar fuera esta dimensión.
En las evaluaciones personales que hacemos en esta época, podemos distinguir entre de haber sabido y nunca más. De haber sabido se usa como arrepentimiento, pero también como aprendizaje, y por lo tanto, como promesa, compromiso de que la próxima vez no incurriremos en el mismo error. El nunca más en cambio, sólo lo usamos cuando la muerte de alguien nos hace saber que ya no habrá una nueva oportunidad. Eso, en las evaluaciones personales.
Mi duda es si en las evaluaciones sociales, colectivas, nacionales, junto al de haber sabido también hay espacio para el nunca más…
RODRIGO ARAYA
Periodista de la Universidad de Chile, con estudios de posgrado en el área de Comunicación y Cultura. Desde 1996 se dedica a la docencia universitaria. Sus materias de estudio son Teoría del Periodismo, Comunicación y Cultura y Pensamiento Poscolonial. Ha publicado textos en revistas y capítulos de libros, en castellano e inglés.
