Columna de Ignacio Figueroa: Derrotas de Trump y Bolsonaro, puntos de inflexión

Se ha creado un nuevo escenario mundial, donde la alianza de los reaccionarios sabe que el tiempo de su estrategia ya no es mecánicamente efectiva, donde los algoritmos pueden ser usados por todas las partes de la contienda política.

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Por Ignacio Figueroa
Actualizado el 6 de noviembre de 2026 - 10:00 am

Trump y Flavio Bolsonaro, dos ultraderechistas derrotados en los últimos día / Foto: ARCHIVO

La avalancha de triunfos electorales de la extrema derecha en América de la mano de Donald Trump comienza a cerrar un ciclo. La victoria de Luiz Inácio Da Silva, Lula, en las elecciones brasileñas creó una nueva realidad en la geopolítica. Las fuerzas de la reacción ultraderechistas que parecían imbatibles sufrieron un revés que no estaba en sus cálculos, cambiando la dinámica después de haber instaurado en el imaginario de los pueblos que no podrían ser derrotados.

El triunfo de Lula fue celebrado por toda la izquierda en el mundo, como presagio de una realidad nueva porque ésta no es solamente la victoria del pueblo brasileño, sino que de todos quienes aún creen en la justicia, la soberanía y que los gobiernos deben tener como objetivo el bienestar de las mayorías.

La derrota de Trump en las elecciones de medio período viene a confirmar el cambio de marea. Existe una lógica poderosa en ambos procesos: la ultraderecha aprovecha las sociedades escindidas por sus brechas producto de la insatisfacción popular por decenios de políticas neoliberales que destruyeron las economías, aumentaron las diferencias sociales y precarizaron la vida.

Su problema es que cuando gobiernan no brindan soluciones que cambien la dinámica del fenómeno; ofrecen más de los mismo o solamente gobiernan a través de engaños.

La fuga de Flavio Bolsonaro a Estados Unidos tras la derrota prefiguró lo que ocurriría en las elecciones de medio término. El propio Trump prefirió no apoyar directamente al derrotado buscando no asociarse con alternativas perdedoras.

La ultraderecha, segura de sus métodos de campaña, apuesta por éxitos políticos holgados, ya que el control y la puesta en escena se han repetido minuciosamente en uno tras otro de los hitos electorales.

Esta vez la jugada no les resultó, ya que la izquierda comienza a comprender que para lograr el éxito se deben combinar una serie de elementos que van desde lo moral, los conceptos justamente elaborados, hasta las herramientas de las redes sociales para machacar con mensajes simples, pero repetidos hasta la saciedad; jugar en la cancha de los ultraderechistas en las formas, pero conservando el sentido de que lo que se ofrece es superior para el conjunto del pueblo, pasando desde su guerra a nuestra guerrilla comunicacional.

La derrota de la ultraderecha prefigura un flamante escenario, un punto de inflexión en una batalla decisiva que entrega esperanza de que se puede triunfar sobre la grosera manipulación que otorga la posesión de una cantidad enorme de recursos financieros.

Se ha creado un nuevo escenario mundial, donde la alianza de los reaccionarios sabe que el tiempo de su estrategia ya no es mecánicamente efectiva, donde los algoritmos pueden ser usados por todas las partes de la contienda política.

Una derrota popular en Brasil imponía no sólo el tutelaje absoluto del imperio sobre Latinoamérica, sino que hacía converger la geopolítica hacia la revitalización de la hegemonía con impacto directo en los propios Brics.

El remezón se siente como un movimiento telúrico mundial donde cobran sentido los conceptos que se habían construido sobre la edificación del multilateralismo: sur global, soberanía, comercio justo, pueblo, no alineados y diplomacia, en contraposición a hegemonía, tecnofeudalismo, superinteligencia, coerción, vasallaje y Escudo de las Américas.

La extrema derecha había seguido al pie de la letra la pulsión capitalista de ir siempre hacia adelante, en donde detenerse es perder y donde solamente la ganancia progresiva es el fin que se impone como la medida del éxito.

La conformación de la nueva realidad del reacomodo de las fuerzas mundiales suma nuevos hitos que van desde la desobediencia de Rusia frente a la ampliación de la OTAN; el sacrificio del pueblo palestino en el genocidio de Gaza; el triunfo de Irán sobre los Estados Unidos e Israel; el ofrecimiento de China para poner a la tecnología al servicio de los pueblos.

Desde un punto de vista subjetivo, se crea el envión capaz de cambiar el escenario en todos los países, un salto en la moral combativa que prefigura un impulso cualitativo de expectativas que pone a la defensiva al proyecto ultraderechista mundial.

La cobardía de Flavio Bolsonaro mostró el verdadero rostro de la extrema derecha que se encoge ante la adversidad, por el contrario, la resistencia de Lula y el pueblo demostraron que se puede superar cualquier escenario cuando se moviliza la conciencia de las personas y se les hace comprender que existe un abismo de diferencia entre quienes ofrecen políticas para favorecer a las mayorías en vez de privilegios para la elite y vasallaje para con el emperador.

Las protestas en Europa, el triunfo en Brasil y la derrota de Trump empiezan a conformar una nueva realidad política: el despertar de los pueblos dormidos frente al descaro de los que se deleitan con la genuflexión frente al poder. La izquierda debe ser capaz de aprovechar este cambio de rumbo político para ir superando el proyecto imperial/sionista en todas partes del orbe.

Por otra parte, el cacareado Escudo de las Américas sufre un revés de muerte al quedar fuera de su potestad el país más grande de Latinoamérica, que podrá contrarrestar o al menos morigerar la influencia estadounidense en la región.

Un derrotado Trump se convierte en solamente una caricatura del líder todopoderoso poniendo signos de interrogación a todo el entramado de la ola ultraderechista mundial, arrastrando de paso a sus acólitos en Latinoamérica.

La propuesta de Flavio Bolsonaro vulnera la más esencial lógica de una gran nación al aceptar, gustosamente, ser el patio trasero yanqui y el mejor aliado del sionismo criminal en un país satisfecho de ser una gran nación y donde la política del Estado ha sido, desde la era de Getulio Vargas, de protección de lo nacional.

La victoria de Lula y la derrota de Trump anuncian el derrumbe del proyecto de dominación del tándem imperio/sionismo y se puede comparar a otros momentos estelares que marcaron la historia, como la batalla de Stalingrado o la derrota de Estados Unidos en Vietnam, un giro radical.

Sin embargo, la lucha contra la ultraderecha continúa, pero con la certeza de que puede ser derrotada. Las lecciones deben ser aprendidas como el método propio de imponerse con la utilización de las ventajas tecnológicas, pero preferentemente, comprender que la movilización de masas es la diferencia que la extrema derecha nunca podrá alcanzar.

En momentos que los gobiernos de extrema derecha fracasan estrepitosamente se entrevé cómo se puede cambiar el rumbo de la marea, obligando a los reaccionarios a pasar desde la ofensiva permanente a posiciones defensivas.

La ultraderecha como un tiburón no puede mantenerse quieto, debe siempre depredar. Es hora de demostrar que ante todos los problemas que abundan en el mundo, como el cambio climático, las amenazas de la inteligencia artificial, la proliferación de las guerras o la inseguridad alimentaria, solamente la sensatez de los pueblos es el antídoto que podrá sacar adelante los enormes desafíos para la humanidad.

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